“La librería”

A finales de la década de los cincuenta, Florence Green (Emily Mortimer), recién viuda, decide abrir una tienda de libros en un pueblo tranquilo cerca del mar, para lo cual adquiere una casa abandonada, contrata a una pequeña empleada como ayudante, y entabla amistad con Edmund (Bill Nighty), un hombre dedicado a leer que detesta a la gente del lugar. Cuando el sueño de un retiro idílico, alimentado por el propósito de convidar poesía y literatura a la comunidad parece completo, entra en escena la señora Violet Gamart (Patricia Clarson), la acaudalada patrona de la comunidad que tiene otros planes para la vieja casa.

Con un título en español de cuento latinoamericano, De libros, amores y otros males (The Bookshop; España-Gran Bretaña-Alemania, 2017), en esta adaptación de la novela de Penélope Fitzgerald, dirigida por la catalana Isabel Coixet, sobresale la participación de mujeres tanto en la elaboración de la cinta como al interior de la historia.

El enfrentamiento al prejuicio social y la maledicencia disfrazados de buenas maneras es, en sí, una lucha de poder solapada; demasiado para las buenas conciencias es la actitud bienintencionada de Florence que promueve Lolita, o la poesía del melancólico Philip Larkin, o las novelas del enojado Kingsley Amis, ahora clásicos respetados pero demasiado incómodos, en su momento, para la sociedad británica de posguerra; elocuente la imagen de Edmund, fanático de Bradbury, leyendo Farenheit 451.

Aunque Coixet hace una ensalada de acentos regionales, demasiado para un pueblo aislado y conservador de los cincuenta, y demasiado para la crítica británica actual acostumbrada al naturalismo de Ken Loach, sí fue capaz de evocar la nostalgia de la época con tonos mate y mucho gris, y su mirada de fuereña, no inglesa, trasmite la excentricidad de esa sociedad que quisiera pasar desapercibida.

No es la primera vez que la directora se hace cargo de una producción de lengua inglesa; en La librería da muestra de la madurez de su estilo basado en la cuidadosa composición de sus escenas con una realidad que habla a los sentidos, como las secuencias de Florence acariciando y oliendo las páginas de los libros, no a la manera del cine de época que tanto explota el cine británico, y que veces parece digno del museo de cera de Madame Tussaud, sino resultado de una carrera de documentalista y crítica social.

En su apariencia simple y de mensaje explícito, La librería se apoya en una forma de arqueología de tres perspectivas sociales diferentes respecto al rol de la mujer en la cultura; la novela de Penelope Fitzgerald, escrita en 1978, escudriña la sociedad británica y su interés por educar a las clases trabajadoras en la posguerra, su mirada que ya nada conserva de la pasión de los escritores enojados de los cincuenta es simplemente descarnada; Coixet aborda el tema en contexto del separatismo catalán del que siempre se ha desmarcado, y sobre todo de la lucha de reivindicación femenina, el llamado MeToo, una especie de posfeminismo menos teórico y más a flor de piel.

Penelope Fitzgerald es una excelente escritora poco leída en español.