“Nuestro tiempo”

A Juan, poeta famoso, le habría gustado la idea de mantener una relación abierta en su matrimonio; cuando nota el ligue entre Esther, su mujer, con Phil, el entrenador de caballos, la anima para explorar su deseo; en cuanto la cosa pasa al acto y a ella parece gustarle más de lo esperado, entonces el poeta vaquero pierde control sobre sus pulsiones, e inseguridad, celos y envidia se enseñorean de él, como aguijoneadores de toros y caballos, de esos que corren por su rancho.

En Nuestro tiempo (México-Francia-Alemania-Dinamarca-Suecia, 2018), el engranaje de complicados cablecitos azules y rojos del mecanismo de esta pareja, laboratorio de instintos y emociones que Carlos Reygadas escenifica a base de luz y sonido, por así decirlo, sugiere una forma de continuidad con la de Post tenebras lux (2012); y si ésta suponía temas autobiográficos, ahora la interpretación de los roles principales a cargo del mismo Reygadas, su esposa Natalia López, además de sus hijos, el autorretrato de su propia relación de pareja parecería insoslayable, pero basta con salir en la película, representar un papel y contar una historia para que la ficción se establezca; todo queda en la mera pantalla, la vida real del director es ya sólo material de utilería.

Antes de entrar de lleno en la vida del rancho, la relación de familia y pareja, imágenes de grupos de niños, y adolescentes de diferentes edades, chapotean en las aguas un tanto lodosas de un lago, con el horizonte montañoso como tela de fondo; secuencias éstas inconexas, como el partido de rugby de su cinta anterior, con las que el director parecería limpiar la memoria de su archivo mental, y que en realidad transmiten la sensación de la sustancia con la que trabaja, el caldo de cultivo del deseo que fermenta las relaciones entre un individuo y otro. El realizador advierte, quizá sin proponérselo, que es más fácil seguir chapoteando que salir de esa sopa.

La exploración del machismo es sólo una línea del experimento en el que se adentra Nuestro tiempo, como las secuencias de Juan tragando camote mientras Esther, su mujer, y Phil, están desnudos en la cama, o el recurso a imágenes como la del toro desbaratando a una mula, o el desenvuelto poeta rastreando los mensajes del celular, o el masoquismo de espiar a su cónyuge mientras hace el amor con otro. Si todo esto apunta con escopeta de caza al macho alfa, más aún delata la inadecuación entre el discurso y la realidad del deseo. Claro, Reygadas expone la incapacidad masculina para entender y respetar el deseo femenino, pero ¿Esther sería capaz de reaccionar de manera diferente si estuviera en el lugar de Juan?

Si del experimento sobre celos, amor, respeto, luz y oscuridad sale a la superficie la escoria del machismo, la figura, la verdadera sal que se precipita en el compuesto de Nuestro tiempo, es la de un hombre desgarrado entre su credo de libertad en el amor y la primacía del instinto, tratando de encontrar su lugar frente al poder femenino.

Desde que comenzó con Japón (2001), el cine de Carlos Reygadas mantiene la capacidad para mostrar sin tapujos eso que nadie querría ver; entre otros recursos de su lenguaje visual, sus largas tomas obligan al espectador a pasar del voyerismo a la actitud contemplativa.