Estrenada en el Teatro Imperial (vaya nombrecito) en 1864, Stiffelio, la buena ópera de Giuseppe Verdi, desapareció de los escenarios mexicanos, lo cual no es de extrañar porque la verdad es que también desapareció de todos los escenarios del mundo. Hasta muy recientemente regresó, como en la Staatsoper de Berlín donde, hay que decirlo, fue cantada por el barítono mexicano Alfredo Daza, quien también lo hizo aquí en las dos únicas funciones que se ofrecieron en Bellas Artes.
Efectivamente, ciento cincuenta y cuatro años hubieron de pasar para que Stiffelio se pudiera ver en México, por lo que perfectamente puede hablarse de que se trató de un estreno. Esto es positivo. Lo que ya no lo es tanto es que únicamente se presentaron dos funciones y no con toda la parafernalia propia de una representación operística –que es parte de eso que la hace espectacular y única– sino, así se publicitó, era una versión semi-escenificada.
Pese a ello, y esto es en abono de sus creadores, las representaciones de Stiffelio no estuvieron nada mal, y yo diría que quizás involuntariamente las autoridades operáticas encontraron un buen camino para presentar algo digno sin los grandes costos que, necesariamente, se requieren para un montaje en toda forma de una ópera cualquiera.
El buen resultado escénico hay que atribuírselo en primer lugar a la directora Daniela Parra, y luego al responsable de iluminación, Rafael Mendoza y al vestuario de Estela Fagoaga, quienes lograron crear los ambientes adecuados a todos los momentos y resolver atinadamente los diferentes espacios en los que se desarrollan las acciones.
En cuanto a lo musical, marchó bien la cosa con un elenco mexicano en su totalidad encabezado por el tenor Luis Chapa (Stiffelio), la verdad poco conocido aquí pero con una buena carrera internacional; la soprano Violeta Dávalos (Lina, esposa de Stiffelio), respondiendo con su calidad de siempre tanto en el canto como en lo actoral y, claro, tan guapa como siempre también; y el ya mencionado barítono Alfredo Daza (Stankar, padre de Lina y por lo tanto suegro de Stiffelio) que demostró el por qué fue escogido para el estreno en Alemania.
Buen desempeño tuvo el coro que aquí, como en los primeros tiempos de la ópera, tiene una importante participación, resolviendo con atingencia cada uno de sus momentos, y el que actuó, una vez más, bajo la dirección huésped de Pablo Varela.
Al frente de la orquesta estuvo el único extranjero invitado a la fiesta, el alemán Félix Krieger, quien aunque joven posee ya larga experiencia, y que en su haber cuenta con haber iniciado su carrera como director asistente nada menos que de Claudio Abbado, y con esa misma calidad actuado en el Festival de Bayreuth bajo la dirección de Daniele Gatti. Pese a estas credenciales y el haber dirigido el estreno berlinés de Stiffelio, hubo breves momentos en que se le escaparon los niveles y afectó el poder escuchar a los cantantes; empero, fuera de eso, los cuidó la mayor parte del tiempo y su dirección fue correcta, manejando atinadamente cada pasaje musical otorgándoles las intensidades y matices pertinentes.








