Aura (1962) es quizá la más conocida novela de Carlos Fuentes (1928- 2012), considerada como una obra fundamental de la narrativa mexicana; un prodigio de novela fantástica. Lectura obligada, en las escuelas solía recomendarse su lectura (tal vez todavía). Llegó a agotarse en todas las librerías cuando Carlos Abascal, entonces secretario de Gobernación en el sexenio de Fox, se quejó con la directora de la escuela de su hija de que le habían dejado leer esa novela “indecente e impropia”. A la maestra de literatura, Georgina Rábago (graduada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM) la despidieron en el acto, y se volvió famosa. Fuertes declaró que a raíz del desafortunado evento, su obra se volvió un suceso editorial.
En 1986 el compositor Mario Lavista decidió escribir una ópera basado en ella. El estreno fue en Bellas Artes el 12 de abril de 1989, y su grabación en vivo está disponible bajo el sello discográfico Tempus-Conaculta.
Después del estreno, Aura cayó en el olvido, como era de esperarse en un país como el nuestro, donde se reponen Carmen, Traviata, Trovador, hasta la náusea, a despecho de las obras de nuestros autores.
Ahora en 2018, casi 30 años después, hemos sido testigos de un hecho insólito: Aura se repuso en dos producciones independientes, ambas por iniciativa de los directores escénicos, y la ópera oficial no volvió a interesarle. La primera, en marzo, con dirección escénica de Luis Escárcega en el Teatro Salvador Novo, acompañada a dos pianos (hay planes de reponer esta versión en noviembre ya con orquesta). La segunda el 22 y 23 de septiembre, brillantemente escenificada por Ragnar Conde con la Orquesta Filarmónica Mexiquense, bajo la dirección de su titular Gabriela Díaz Alatriste, quien resolvió muy acertadamente esta difícil partitura, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris con Producción de Escenia Ensamble A. C.
El elenco de esta última estuvo encabezado por Carla López-Speziale, quien personificó a la anciana doña Consuelo; canto seguro, sosegado, y un desempeño escénico impecable, producto de la amplia experiencia y madurez artística.
Aura, la etérea sobrina de doña Consuelo, la chica vestida de verde, fue encarnada por Alejandra Sandoval, que actuó y cantó de maravilla; esta ópera no presenta muchas dificultades canoras al estilo tradicional, su dificultad es de otra índole, es musical, es de oído, de llevar bien la cuenta de los compases irregulares, de tomar bien el tono cuando quizá ningún instrumento de la orquesta te está ayudando, te está duplicando, como en las óperas tradicionales, y Alejandra Sandoval solucionó estos escollos de su personaje como toda una profesional.
En las puestas escénicas de Ragnar Conde vemos salir a los cantantes a actuar, a encarnar un personaje, a representarlo, y además cantan y hacen música; la veracidad escénica es completamente alcanzada gracias al intenso trabajo de ensayos y a un compromiso que se evidencia en cada uno de los participantes, un entusiasmo que emana del propio Conde y que se traduce en un trabajo de excelencia.
Alonso Sicairos-León, tenor, cantó a Felipe Montero con una técnica segura, buena emisión y desempeño escénico.
Carlos López cantó el personaje de Llorente muy bien, así como los extras y figurantes. La escenografía, de Oscar Altamirano, y el vestuario, de Gabriel Ancira.








