Este septiembre, el ambiente no era propicio para el buen ánimo en la Asamblea General ordinaria de las Naciones Unidas. A diferencia del año pasado, esta vez no había novedades como el debut del secretario general, Antonio Guterres; no se esperaba la primera aparición del presidente Donald Trump; no había documentos de enorme trascendencia que comenzaban a ponerse en marcha, como la Agenda de Desarrollo 20-30; no ganaban el premio Nobel de la Paz los promotores del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares que acababa de firmarse; seguía vivo el acuerdo sobre el programa nuclear de Irán y nuevas iniciativas para la reforma de la ONU proporcionaban aires de esperanza.
Este año, el contexto carece de noticias atractivas. Con excepción del Pacto Mundial sobre Migración que se ha venido trabajando y será presentado el mes entrante en Marruecos, no están sobre la mesa documentos nuevos que capturen la imaginación. Las reformas caminan lentamente y el escepticismo ante la reforma imposible del Consejo de Seguridad disminuye las expectativas sobre su posible contribución a la solución de los temas difíciles que se encuentran en su agenda, como es el caso de Siria.
Ahora bien, lo que realmente paraliza el entusiasmo por Naciones Unidas es el grado en que las iniciativas individuales, contrarias a cualquier anhelo de acción concertada bajo los auspicios de la ONU, dominan el comportamiento de algunos países poderosos. El caso más destacado y preocupante es el de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump.
El presidente más inesperado que haya tenido ese país ha derrumbado sistemáticamente las causas y los ideales enarbolados por las Naciones Unidas: abandonó el Acuerdo de París sobre cambio climático, no ha participado en los trabajos para el Protocolo Mundial sobre Migración, se ha salido de la UNESCO, se niega a participar en el Consejo de Derechos Humanos, ha condenado los trabajos de la Corte Penal Internacional, ha suspendido las contribuciones de Estados Unidos a programas auspiciados por la ONU en regiones particularmente necesitadas como Palestina. La lista puede ser más larga; parte de su profunda convicción sobre el comportamiento más deseable a seguir en la política internacional, el cual tiene consternados a numerosos observadores.
La siguiente frase de su discurso ilustra bien sus puntos de vista respecto a Naciones Unidas: “Nunca someteremos la soberanía de Estados Unidos a una burocracia global, que no ha sido elegida y no rinde cuentas. América se gobierna por sus ciudadanos. Rechazamos la ideología del globalismo y abrazamos la doctrina del patriotismo”.
Esa y otras afirmaciones permiten sostener que el discurso de Trump en la 73 Asamblea General quedará en los anales de los documentos más perniciosos para los fines que persigue Naciones Unidas: la acción concertada para promover la paz y la solución de problemas globales, algunos que han venido adquiriendo fuerza en los últimos tiempos, como el cambio climático.
Elementos centrales de su mensaje fueron la exaltación del nacionalismo y la defensa de la soberanía. A nombre de ello defendió con vigor la guerra comercial que conduce contra China y colocó en el centro de atención la condena a los fines destructivos que, según él, conduce el régimen de Irán. Se refirió con entusiasmo a regímenes cuyo récord en materia de derechos humanos es muy condenable, como Arabia Saudita; alabó los éxitos obtenidos mediante su acercamiento a Kim Yong-un; finalmente, anunció la reducción de las contribuciones financieras a las labores de la ONU para apoyar, exclusivamente, aquellas que a su juicio son las más exitosas.
No puede pasar desapercibido el efecto negativo que tiene para la economía y la paz mundial desconocer los procedimientos para cuestiones comerciales que sigue la Organización Mundial de Comercio o, en otro orden de cosas, el hecho de que el proyecto para limitar el programa nuclear de Irán y la normalización de relaciones con ese país fue suscrito por el Consejo de Seguridad y es perfectamente válido para China, Francia, Reino Unido, Rusia, Alemania e Irán. El aislamiento de Estados Unidos en éste y muchos otros temas es evidente.
La posición de Trump tiene, pues, consecuencias adversas para el tradicional liderazgo mundial de Estados Unidos en el mundo. Al momento de escribir este artículo, nadie se ha sumado a las visiones y valores defendidos por él. En cambio, hubo una respuesta muy interesante y bien articulada proveniente del presidente de Francia, Emmanuel Macron, cuyo discurso fue la antítesis de la posición de Trump.
Poco después de que éste pidiera “rechazar la doctrina de la globalización y abrazar el patriotismo”, el presidente francés llamó a construir un orden mundial basado en el multilateralismo. Desde su punto de vista, “el universalismo no sólo es compatible con la soberanía, sino que es un requisito para combatir las desigualdades que la lastran”.
Refiriéndose a un tema que le es muy cercano, como es el Acuerdo de París sobre cambio climático, abandonado por Trump, Macron afirmó que dicho instrumento sigue intacto y llamó a redoblar los esfuerzos mundiales para alcanzar sus objetivos.
No vale la pena detenernos en el discurso del presidente Peña Nieto, un documento de despedida carente de sustancia. Sin embargo, no es tarde para utilizar de esta Asamblea General todo aquello que pueda orientar la posición internacional del gobierno que tomará posesión el próximo 1 de diciembre. Es evidente que la ONU sigue siendo el espacio donde se toma el pulso de la situación internacional, donde se identifican los aliados necesarios para cualquier proyecto de gobierno y se asumen las tendencias que mejor convienen a los intereses de México.
Sin duda, la filosofía que inspira un gobierno de izquierda no es la de Trump sino la de Macron y muchos otros que coincidirán y enriquecerán sus puntos de vista. El seguimiento del debate general de este año es asignatura obligatoria para quienes posicionarán a México en la 74 Asamblea. Esperamos que, como en los mejores años de la diplomacia mexicana, sea un discurso que deje huella.








