Hubo “provocadores externos”: legación belga

Bruselas.- El telegrama número 86 de la embajada de Bélgica en México, fechado el 3 de octubre de 1968, apunta: 

“represión armada protestas estudiantiles han tomado ayer carácter extrema gravedad punto inquietud legítima crece al seno representaciones olímpicas que van a realizar gestiones con presidente república para plantear pregunta trascurso pacífico de los juegos punto número muertos y heridos es alto pero hasta ahora incidentes localizados y actividad de la ciudad normal punto villa olímpica y delegación belga alejada de la zona de los incidentes=groothaert.”

El telegrama forma parte de los archivos diplomáticos del Ministerio de Asuntos Exteriores de Bélgica. El expediente con el folio 15.298 –consultado por Proceso­– integra las notas informativas donde el embajador Jacques Groothaert reportó al canciller belga, Pierre Harmel, la evolución del conflicto estudiantil de 1968.

Groothaert, quien falleció en 2009, fue el representante de Bélgica en México entre 1967 y 1972.

A lo largo de 17 documentos diversos –telegramas, notas e informes–, el diplomático y empresario informó a su país sobre las protestas estudiantiles y la represión en Tlatelolco.

El contenido de la documentación cuestiona el radicalismo del movimiento estudiantil y subraya “el repudio o pasividad” de la población frente al activismo de los jóvenes. 

Por momentos las comunicaciones parecen contradecirse: se reconoce que la fuerza ejercida durante la represión del 2 de octubre fue “exagerada”, que “aterró a la opinión pública” y que tendría “consecuencias incalculables”. Pero con el paso del tiempo el mensaje enviado al gobierno belga es que se respira un ambiente de “tranquilidad” en la Ciudad de México y que el Ejército mexicano y el presidente Gustavo Díaz Ordaz actuaron con “eficacia” para someter la rebelión de los estudiantes, quienes, se asevera, fueron usados como “carne de cañón” por provocadores externos.

La primera vez que Groothaert traslada a su país la preocupación por el conflicto con los estudiantes es en una comunicación del 2 de agosto de 1968. Se refiere a la marcha del 26 de julio, reprimida por los granaderos cuando los estudiantes intentaban llegar al Zócalo. 

“La revuelta no tenía ninguna oportunidad de terminarse más que con una derrota (…) La intervención del Ejército ha sido decidida. El régimen mexicano es fuerte”, subraya el diplomático en un documento titulado “Agitación estudiantil”.

El 5 de septiembre Goothaert escribe que “el movimiento de reivindicación estudiantil parece cada vez más aislado” y opina que los jóvenes “están haciendo un mal servicio a su país poniendo en cuestionamiento el prestigio creciente que México ha obtenido por su estabilidad y su muy espectacular auge económico”.

El 25 de septiembre, el representante belga considera que la ocupación militar de Ciudad Universitaria –la semana anterior– fue “una torpeza”, y advierte a su canciller que la capital mexicana “parece peligrosamente embarcada en una espiral de violencia”. 

En el largo documento, el embajador analiza el estado de la democracia mexicana: “La vida política propiamente dicha, no es más que una caricatura; el Parlamento (el Congreso) no tiene rol ni prestigio, no es considerado; la hipocresía y la demagogia tienen rienda suelta.

“Dicho eso”, prosigue, “este régimen, en las condiciones sociológicas del México de hoy, es el menos malo, y en todo caso el mejor adaptado a la vida de una nación que todavía no está lista para pagarse el lujoso costo de una democracia de tipo auténticamente parlamentario”.

“Consecuencias incalculables”

El reporte enviado el 4 de octubre, todavía al calor de los sucesos de Tlatelolco, combina valoraciones.

“La escalada de la violencia”, se lee en el documento, “ha rebasado una nueva etapa en el transcurso de la trágica tarde del 2 de octubre. La violencia de la acción militar emprendida en el barrio de Tlatelolco, que corre el riesgo de tener consecuencias incalculables, ha sorprendido y aterrado a la opinión, sobre todo porque la calma parecía renacer y que la Ciudad de México se consagraba de nuevo a la preparación de los Juegos Olímpicos, sobre cuyo desarrollo planea actualmente una incertidumbre inquietante”.

El embajador belga relata “una acción extremadamente violenta de las fuerzas armadas” contra miles de estudiantes que se reunían “pacíficamente” en la Plaza de las Tres Culturas.

Explica que, de acuerdo con “observadores de confianza y corresponsales presentes en el terreno”, los primeros balazos salieron de los techos de los edificios circundantes. Reporta que es difícil saber si los francotiradores eran realmente provocadores. 

Después, continúa, apareció casi simultáneamente un helicóptero de la policía que lanzó una bengala, tras lo cual centenas de soldados, “que se habían concentrado silenciosamente alrededor de la plaza”, irrumpieron disparando a la masa y a los edificios donde estaban numerosos estudiantes, que respondieron también con armas de fuego.

Un tiroteo “de una gran intensidad se desencadenó durante una hora, sembrando el pánico y causando numerosas víctimas”, señala el reporte.

Groothaert comenta que él mismo estaba siguiendo por radio la transmisión “en directo” del corresponsal de la cadena estadunidense CBS, quien se refirió a lo que sucedía en Tlatelolco como una “verdadera masacre”.

Opina el diplomático: “Toda la ‘operación’ del 2 de octubre da la apariencia de haber sido una trampa. La manifestación estudiantil estaba anunciada. ¿No era más simple haberla dispersado a tiempo en lugar de rodear la plaza con 4 o 5 mil soldados que tenían claramente la orden de ‘ir a fondo’?”.

Sin embargo, en su análisis también cuestiona a los manifestantes: “No podemos más que deplorar la ceguera trágica de tantos estudiantes mexicanos que han ganado una especie de fervor místico y reformador y que se rehúsan a ver o admitir que su incontestable coraje es cínicamente utilizado –en ausencia de un programa constructivo de reformas de su parte– por intereses extranjeros”.

Contrario a sus consideraciones anteriores, el representante belga advierte que “por sangrientos que hayan sido, los enfrentamientos entre las fuerzas armadas y los agitadores han guardado un carácter limitado”.

Su reporte minimiza lo ocurrido: “El país está tranquilo, e incluso en la Ciudad de México la inmensa mayoría de los habitantes no está nada afectada por los acontecimientos. Los preparativos olímpicos están en marcha, miles de deportistas extranjeros se instalaron en la Villa Olímpica, donde reina un ambiente de fiesta”.

Consciente de su visión contradictoria, Groothaert argumenta: “No es una paradoja menor que el espectáculo de esta inmensa ciudad engalanada, decorada con palomas olímpicas de la paz y las declaraciones de amistad y de fraternidad, invadida de visitantes, aparezca a los ojos del mundo como una capital desgarrada por la revuelta y la violencia”.

Su remate es insólito: “La inmensa mayoría del pueblo mexicano no parece reaccionar a los hechos de Tlatelolco. La violencia y la ‘fiesta’ no son incompatibles en México”.

“Gestos de respeto”

El 11 de octubre, un día antes de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos, el representante belga informa: “Desde los hechos dramáticos del 2 de octubre, la calma ha regresado completamente a la Ciudad de México. Las fuerzas del orden parecen tener la situación bajo control y sin desplazamiento militar visible en una ciudad donde la actividad preolímpica está en pleno apogeo. El movimiento de reivindicación estudiantil parece un poco desamparado y en todo caso muy debilitado por la detención de numerosos dirigentes”.

En el expediente le sigue una nota fechada el 30 de octubre, tres días después de finalizada la justa olímpica. El diplomático se muestra indignado porque “cierta prensa internacional se ha enfocado en dar una imagen alarmante y deformada de la situación que prevalece en la Ciudad de México”.

Groothaert ofrece su testimonio personal para desmentir tal cobertura. Cuenta que el mismo día de los incidentes de Tlatelolco llegó a la Ciudad de México el gran duque Juan de Luxemburgo, a quien recogió en el aeropuerto, donde todo ocurrió con normalidad.

El 17 de octubre Díaz Ordaz invitó a desayunar al duque y a su esposa, Josefina Carlota, así como a Groothaert y a los embajadores de Luxemburgo y Holanda. 

“Al término de una reunión en Palacio Nacional”, relata, “el presidente Díaz Ordaz invitó al gran duque a tomar asiento en su automóvil para ir al desayuno, que tendría lugar en la residencia presidencial de Los Pinos. Se me pidió –siempre como intérprete– que acompañara a los dos jefes de Estado. No había ningún policía con nosotros, ni escolta de motociclistas.”

Continúa: “El vehículo presidencial circuló en el tráfico, muy intenso a esa hora, deteniéndose con las ventanas abiertas en los innumerables semáforos rojos de Paseo de la Reforma. Los conductores y pasajeros de los automóviles que circulaban al lado del automóvil presidencial reconocían al jefe de Estado mexicano y le dirigían unánimemente señales afectuosas de respeto, a las que el señor Díaz Ordaz respondía sonriendo”.

El embajador belga prosigue: “Ningún gesto de hostilidad, ninguna precaución policiaca aparente, a lo largo de un trayecto de media hora a través del centro de la ciudad. Esta no es la imagen de un país próximo a la guerra civil ni de una población víctima de una represión tiránica”. 

La conclusión a la que llega es confusa: “Los hechos que han ensangrentado a la plaza de Tlatelolco el 2 de octubre han sido suficientemente graves. Aun así, es necesario tener cuidado de generalizar y es prudente ‘mantener la cordura’”­.