Joe Castleman (Jonathan Pryce), aclamado escritor, y Joan (Glenn Close), su mujer, no logran conciliar el sueño por tanta incertidumbre: Al fin llega la llamada teléfónica, Joe tendrá que viajar a Estocolmo porque va a recibir el Premio Nobel.
La devota esposa celebra y aplaude, modelo de la gran mujer detrás de todo gran hombre, siempre con una palabra dulce para aplacar los excesos de su cónyugue, pero se nota que algo la corroe por dentro.
En realidad, La buena esposa (The Wife; Suecia-Gran Bretaña-Estados Unidos, 2017) es un drama conyugal que se anuncia como drama literario; la dirección del sueco Bjorg Runge no arriesga ni el menor movimiento de cámara que pudiera sugerir el acto de la escritura o del proceso creative: Éxito y literatura quedan como meros emblemas de un manejo de poder en la sociedad patriarcal, donde una mujer tiene pocas o nulas posibilidades de destacar. Lo ilustra con certeza la imagen de Joe roedeado de señores de la Academia hablando de temas importantes, mientras a la señora Castleman se le organiza un día de compras.
Por si hubiese duda, hay una secuencia retrospective: en 1956, cuando Joe, maestro de escritura creativa, se divorcia de su primera mujer para casarse con su alumna, no sin antes descalificar su cuento; y por si alguien no entendió el mensaje, una escritora de segunda le advierte a la joven Joan que abandone la escritura, así los hombres la bloquearán y nunca le darán el reconocimiento adecuado.
Aunque se sitúa al inicio de los años noventa, el tema suena a obra de tesis y oportunismo de los productores en tiempos de los escándalos del MeToo; Meg Wolitzer, autora de la novela (2003) en la que se basa la cinta, lleva una carrera sólida, con mucho que mostrar desde el punto de vista femenino, pero se nota que no pudo resistir la seducción del glamour que implicaba trasladar la acción de Helsinki a Estocolmo; el premio ficticio de Finlandia, menos aparatoso, permite que la novela explore mejor la relación de poder dentro de la pareja, decepción de la esposa por un hombre al que ha ofrendado todo; ahí no queda más que sarcasmo e ironía.
Por el afán de hacerlo más verósimil para que el público idintifique situaciones y lugares, el Nobel de Literatura funciona como una hipérbole, una exageración que pone en riesgo la credibilidad de vueltas de tuerca y revelaciones. La buena esposa (lo de buena, en español, fue el tiro de gracia) es muestra de un cine ambicioso que intenta borrar fronteras entre el comercial y el llamado cine serio, menos condenscendiente.
Glenn Close rescata y justifica ver la película de manera contenida, deja ver destellos de frustración e ira contenida por décadas; a través de los ojos de la actríz, el espectador asiste al derrumbe de un ídolo y al encuentro de una mujer consigo misma. Jonathan Pryce entiende que su personaje, reducido a la caricatura del narcisista, tiene que delatarse vulnerable y apoyarse por completo: es su mujer, por lo mismo, cada vez que la cámara abandona la presencia de Glen Close, el drama pierde su substancia.








