Señor director:
Permítame comentar la denuncia del arqueólogo Reynaldo Lemus Nieto (“El caso Cholula y la descomposición del INAH”, de Judith Amador Tello, Proceso 2160) –que suscribo en todos sus puntos– sobre lo sucedido en la zona arqueológica y ceremonial mesoamericana de las Cholulas, que culminó en el actual parque Polideportivo.
La inversión fue millonaria. Se inició con la construcción de un puente vial a menos de 500 metros de la Gran Pirámide. La corresponsal de Proceso (número 2103) en Puebla documentó las trampas, los peritos cachirules y las presiones y amenazas que ejercía el entonces gobernador Rafael Moreno Valle sobre quienes cuestionamos, desde el inicio, sus proyectos faraónicos en las Cholulas. Advertimos que eran destructivos para el patrimonio arqueológico y violatorios de la ley de monumentos que protegía la zona.
Realizamos protestas callejeras, hicimos denuncias ante los medios de comunicación e intentamos promover un amparo que resultó un engaño y una traición. De todo ello fui dejando constancia en diversos artículos en el periódico La Jornada de Oriente, desde que tomé la decisión de monitorear los hallazgos arqueológicos destruidos en un espacio donde sabíamos, desde 2005, que existía una ciudadela del posclásico, con entierros múltiples y abundantes y elaboradas ofrendas.
También invitamos a un reconocido arqueólogo de la Universidad de Calgary para sustentar nuestras denuncias; historiadores, antropólogos, cineastas y ciudadanos nos organizamos para detener el proyecto, insistiendo en las violaciones a la ley y en el despilfarro de dinero público. Sin embargo, nada iba a detener a Rafael Moreno Valle. Además, el INAH, la institución encargada de velar por el patrimonio nacional, entregaba permisos y ofrecía justificaciones para todas las destrucciones.
Más grave, aún, el INAH justificó con un supuesto “salvamento” y permisos para “adecuaciones” la apropiación y reinterpretación de un espacio mesoamericano a Polideportivo; cuando el rescatar su arquitectura y tradiciones religiosas hubiera garantizado, como explica Lemus y dicta el sentido común, no sólo un conocimiento mayor de la historia de México, sino que hubiera servido de sustento económico para todos los cholultecas (ver Las Cholulas y su patrimonio arqueológico y cultural amenazado de A. Ashwell. www.elementos.buap.mx/num102/pdf/17.pdf).
Ciudadanos cholultecas también intentaron promover los amparos para detener expropiaciones de terrenos en la zona ceremonial, y eso llevó a la cárcel, por más de un año, al abogado que interpuso la demanda, Adán Xicale, y a su hijo.
El exgobernador Rafael Moreno Valle no se tentó el corazón y también maquinó órdenes de aprehensión contra otros diez cholultecas, quienes tuvieron que esconderse o abandonar las Cholulas. Ni la ley ni nuestras publicaciones, tampoco una resistencia valiente de los ciudadanos agrupados en la organización Cholula Viva y Digna, pudo detener empalmes, destrucción de adobes y entierros mesoamericanos, excavaciones ilegales y la aplicación de cemento sobre el edificio piramidal, entre otras obras de “adecuaciones”.
La demanda de Lemus Nieto tampoco prosperó porque nadie quiso arriesgarse a un peritaje imparcial que debía denunciar la complicidad del INAH en las destrucciones de la zona ceremonial. Ese peritaje imparcial hubiera significado poner en riesgo la posibilidad de ejercer a futuro su profesión, porque sólo el INAH puede autorizarles trabajar en zona de monumentos.
En Cholula, los arqueólogos mostraron poca ética porque las instituciones del estado, encargadas de proteger el patrimonio arqueológico, les orilló a ello.
El espacio ceremonial mesoamericano cholulteca actualmente ofrece un tren turístico que sube a la altura de la cara norte del gran edificio piramidal. Hay vistas para una “selfie” desde una plaza comercial, frente a la pirámide tolteca (malamente reconstruida con cemento Tolteca).
Un Xelhua con todo y plumas de bronce, un cacique nonoalca del siglo XI, quien oficialmente “construyó” la pirámide, recibe al visitante desde la carretera federal. Se van inventando historias, han revivido supuestas y mercantiles “tradiciones” y todo es ahora “smart” o “mágico”. La ciudad sagrada se oferta por espejitos, pero eso sí, ungida como “pueblo mágico”.
Atentamente:
Antropóloga Anamaría Ashwell








