A quien haya seguido la carrera de Hirokazu Koreeda no le sorprenderá la dimensión metafísica que El tercer asesinato (Sandome no satsujin; Japón, 2017) explora en un mero thriller judicial; en años recientes, la espontaneidad y poca afectación de sus dramas familiares (Nuestra pequeña hermana, 2015) hacía que la crítica lo definiera como un compuesto entre Ozu y Ken Loach; la verdad es que desde 1995, año de su primera cinta, Maborosi (o Nadie sabe, 2004), el director nipón no ha dejado de indagar sobre el sentido de la vida y la opacidad que lo oculta.
Visto así, este largometraje, programado por la Muestra Internacional (64), explica el desasosiego que un drama con final feliz, como De tal padre tal hijo, suscita en el espectador: frente a temas centrales de la cultura japonesa, sangre, destino e identidad, la sociedad recurre a meras convenciones, como la ley, la buena educación y el respeto a la autoridad.
La misión del abogado Shigemori (Masaharu Fukuyama) no es defender la inocencia de Misumi (Koji Yakusho), su cliente, asesino ya confeso, sino salvarlo de la pena de muerte; el problema es que el acusado cambia su versión constantemente, y el abogado se pierde en un laberinto de razones y motivos, la verdad escapa a través de esa porosa realidad.
En El tercer asesinato, más que en ningún otro trabajo, Koreeda exhibe la disociación entre las convenciones del sistema jurídico, la verdad que se construye en el espacio legal, arreglos e intereses, y el entendimiento de lo que significa el hecho humano. En vez de aclarar, el director se sirve de las convenciones del género (suspenso, pistas, vueltas de cuerda, revelaciones) para constatar la dificultad de juzgar las acciones de un ser humano.
Aunque rebelde contra el sistema de poder, el abuso de los ricos, exitosos y supuestamente bien intencionados, el asesino conoce las reglas y es consciente de su desventaja; pero donde no puede capitular es en prestarse a ser entendido y explicado. Misumi recuerda a los mejores personajes de Dostoievski, aquellos que cambian a cada paso, aquellos que contradicen con cada pensamiento lo que los demás afirman de ellos.
Koreeda contrapone diferentes perspectivas: la del padre del abogado, un juez que 30 años atrás evitó condenar a Misumi a la pena de muerte y por salvarlo le echó 30 años de prisión; ahora el prestigiado juez confiesa sentirse arrepentido, pues de otra manera no habría cometido este último crimen; su premisa apunta al destino y a la posibilidad de cambiarlo. Poco a poco la perspectiva se acomoda en un solo eje, el de la confrontación entre el acusado y el defensor; la cámara pasa de un rostro a otro, sobre-impone el reflejo de los rostros sobre la barrera de vidrio que los separa, los mira de perfil, o explora la mirada donde el representante de la justicia descubre su propio abismo.
Del paisaje nevado de Hokkaido, a los claro oscuros del juzgado, y de la prisión, el hombre, dañado por su propia condición, busca el sentido más allá de la certeza que imponen las instituciones.








