En 1989, dentro del marco del 5o. Festival del Centro Histórico en su trigésima cuarta edición, se estrenó la ópera Aura de Mario Lavista, basada en la obra del mismo nombre de Carlos Fuentes, con un libreto de Juan Tovar y la dirección escénica de Ludwik Margules, póker de reyes, más la escenografía de Alejandro Luna para hacer la quintilla irrepetible.
La ópera fue un hito y mereció elogios de la crítica; sin embargo, después de unas pocas representaciones, desapareció de los escenarios, como sucede con la mayoría de las creaciones nacionales, y es sólo hasta hoy, casi 30 años después, que vuelve a escena de la mano de quien en aquel estreno encarnara el protagónico masculino de Felipe, el tenor Alfredo Portilla.
Convertido ahora en el director del Taller de Ópera de la Escuela Nacional de Arte Teatral, Portilla trabajó arduamente con sus alumnos y consiguiéndose la complicidad de Luis Escárcega como director de escena, de Germán Tort en la dirección musical, y los pianistas Gerardo León y Svetlana Logunova, presenta una nueva versión de Aura que en verdad vale la pena ver y escuchar.
Presentándose en el Teatro Salvador Novo del Centro Nacional de las Artes, la Aura 2018 es un montaje totalmente profesional que, incluso, puede servir de ejemplo comparativo para varias puestas en escena fallidas de Bellas Artes. La sola reducción de la orquesta a dos pianos es muestra de ello. Pero también lo son la estupenda escenografía y vestuario, más toda la demás utilería y atrezzo que cumpliendo a cabalidad su cometido, evidencian la ausencia de derroche de recursos económicos y, en esa parquedad monetaria, suplida por el talento, en la escenografía se asoma, sin duda, la mano de la maestra Félida Medina.
La correcta, musical y actoralmente elección del elenco (la soprano Hilda Lizeth Cubero Villa como Aura, la mezzosoprano Libertad Romero Tenango como Consuelo, el barítono Héctor Cisneros como el general Llorente y el tenor Pepe Montañez como Felipe) habla de entrada de las buenas direcciones que se prolongan con los buenos tempi, volúmenes e intensidad que imprimió Tort a sus pianistas que obtuvieron muy buen desempeño, y el correcto acompañamiento a los cantantes quienes, a su vez, supieron cuidar sus intensidades e inflexiones ya que, prácticamente, Aura es solo recitativos y esto, de alguna manera, hace andar en la cuerda floja a los intérpretes que fácilmente, por descuido, pueden caer en el exceso o en la falta.
Aparentemente fácil, Aura no lo es por el constante peligro ya señalado. La música, claro, crea las atmósferas de esa media realidad o realidad a medias, realidad fantasmagórica que Fuentes trasmite a cabalidad en su relato y que Lavista recrea perfectamente sin que por ello su música deje de ser clara y transparente.
En cuanto a la dirección escénica, sólo pueden emitirse elogios, ya que Escárcega entendió a cabalidad esa atmósfera reinante aun antes de levantar el telón, y con una estupenda dirección de actores logró introducirnos, junto con sus actores, a esa sombría vecindad del centro de la Ciudad de México de allá por la primera mitad del pasado siglo.
Estupendo trabajo realmente, que ojalá no, como sucedió con la versión original, se pierda en la noche de los tiempos y tengan que pasar otros 30 años para volver a presentarse.








