El pasado domingo 4 falleció a los 98 años la señora Doreen Barry en su casa de Rancho Seco, en Salamanca, Guanajuato. De origen irlandés, era uno de los ejes fundamentales de la dinastía taurina de los Silveti: madre de David y Alejandro, esposa de Juan, nuera del legendario Tigre de Guanajuato y abuela de Diego. Hace alrededor de dos décadas, el cronista de toros Leonardo Páez conversó con ella en la Ciudad de México, pocos años antes del suicidio de su hijo David, ocurrido el 12 de noviembre de 2003. El resultado: una entrevista inusitada, con anécdotas desconocidas, que había permanecido inédita desde entonces.
–¿No odia usted a los toros?
–¡Claro que no! ¿Cómo voy a odiarlos si en una época hasta los he criado?
–¿No los odia ni cuando hieren a sus hijos?
–Los toros hirieron a mi suegro y a mi esposo; ahora lastiman a mis hijos y a mi nieto, pero al igual que a los demás porque no han sido suficientemente abusados; pero no por culpa del toro, ¿eh?
Habla Doreen Barry de Silveti, madre de los matadores de toros David y Alejandro, esposa del maestro Juan, nuera del legendario Tigre de Guanajuato y abuela del matador Diego, el miembro más reciente de la dinastía. Detrás de unos ojos azulísimos y del ceceo de los extranjeros que aprendieron el español en España, hay una fortaleza antigua, una inteligencia encantadora y una serenidad inalterable, rasgos de esos irlandeses en los que la obsesión va aunada a la sensibilidad: Lamport, Wilde, Yeats, Shaw, Joyce, Beckett…
–Hábleme del carácter irlandés.
–Me parece que los irlandeses estamos medio locos –comienza Doreen, meditando cada palabra en su perfecto español–, en parte tal vez porque muchos de los barcos de la Armada Invencible de Felipe II quedaron varados en las costas irlandesas luego de ser vencidos por la tempestad. No es remoto que ahí haya habido un antepasado mío. A diferencia del inglés, el irlandés es de un carácter parecido al latino: fogoso, alegre, violento, apasionado y romántico, que suele vivir el presente más que el pasado o el futuro.
–¿Será un rasgo de los pueblos conquistados o por largo tiempo invadidos?
–No lo sé. En realidad yo soy tercera generación Barry en Inglaterra, si bien el apellido formó parte de la monarquía de Irlanda. Nací en Londres pero muchos años vivimos en las afueras, en el condado de Kent, donde estudié en una escuela católica, El Sagrado Corazón, en un país protestante y a unos cuantos ki1ómetros de la hermosa catedral anglicana de Cantorbery.
–¿Fue el comienzo de sus paradojas?
–Supongo, porque de allí mis padres, que eran dip1omáticos, me llevaron a vivir a España, donde conocería a Juan Si1veti. Recuerdo que cuando anunciamos nuestro compromiso los más optimistas pronosticaban que mi matrimonio duraría a lo más tres años; sin embargo, ya llevamos casi medio siglo de casados.
(De hecho su matrimonio duró 63 años, hasta el fallecimiento de su esposo, el 24 de diciembre de 2017.)
“Química pura”
–¿Cómo conoció a Juan?
–Ava Gardner, la actriz de Hollywood, estaba hospedada en mi casa y filmando una película. Le gustaban mucho las corridas de toros y fuimos a la plaza de Las Ventas, en Madrid, donde, sin nosotras saberlo, actuaba Juan. A los pocos días hubo una recepción en mi casa y llegaron él y Carlos Arruza, pero a Juan no lo identifiqué con el que había visto torear en la plaza. Incluso le pregunté que si había ido a la corrida el domingo anterior, y divertido me contestó: “Sí, hasta toreé en ella”.
–¿No tenía ningún antecedente del matador Silveti?
–Bueno, en un documental que le hicieron a Luis Miguel Dominguín en México, había en el callejón de la plaza un pintoresco hombre con puro y sombrero de charro; después me enteraría que se trataba de mi futuro suegro.
–¿No hay demasiado contraste entre una dama inglesa y un torero mexicano?
–No cuando es un amor a primera vista –subraya Doreen–. Fue química pura o una descarga de energía eléctrica, no sé, pero nada que ver con la 1ógica o con el sentido práctico. Apasionadamente enamorada, no escuché razones de nadie, aunque ambos supiéramos que era una locura, “casi” un amor imposible. Juan sufrió una grave cornada en Linares, donde a pesar de todo cortó las orejas y el rabo. Fue entonces que decidió regresar a México y no vernos más. En realidad éramos dos mundos opuestos: mi familia en el cuerpo diplomático británico, y él mexicano, pero además ¡torero! El colmo de las profesiones para una mentalidad inglesa convencional.
–¿Pero…?
–Pero al año siguiente Juan volvió a España, donde había dejado un gran cartel. Nos vimos y decidimos casarnos. Volví a Londres, donde de nuevo residía mi familia, y les comuniqué mi decisión. Ya no nos importó nada ni nadie. A mitad de la temporada española Juan fue a Londres, solito, a casarse conmigo.
–¿Y la familia?
–Ya te podrás imaginar. Hasta la fecha, mis hermanos no tienen una sola foto de Juan o de nuestros hijos vestidos de torero. No soportan el espectáculo ni conciben esa profesión. Mis sobrinos sí guardan fotografías de sus primos como toreros, e incluso David le brindó un toro a su prima en la plaza de Huelva.
–De recién casada, ¿cómo logró adaptarse?
–Yo no quise ni pensar lo que me esperaba como esposa de un torero. Tal vez supuse –como todas– que podría cambiar a Juan un poco, aunque pronto reaccioné y dejé de intentar cualquier cambio en su personalidad. Yo acepté todo, cuantos contratiempos surgieron, y sólo me propuse una cosa: conquistarlo cada día, con temperamento irlandés, claro.
–¿Y después?
–A los siete años de casados, el de la famosa “comezón”, de plano le propuse a Juan irnos a vivir a una hacienda porque la capital incidía negativamente en nuestra relación. Yo amaba desde mi infancia el campo, así que nos fuimos a Salamanca, donde construimos nuestra casa con la ayuda de un maestro de obras y del propio Juan, que había estudiado un año de arquitectura. Primero tuvimos caballos de carrera y después toros bravos. Regresamos a la tierra de su padre y fue posible recuperar la tranquilidad que se estaba perdiendo en la capital.
–¿También en su caso fue un cambio brusco del noviazgo al matrimonio?
–Como todos. Cuando Juan me cortejó se comportó como un europeo en su trato y observó el protocolo. Al poco tiempo de estar en México me confesó: “Mira, ya me cansé. Yo como con tortillas”. Y, claro, se olvidó de protocolos, al grado de que su impuntualidad me estaba volviendo loca. En el fondo, le gustaba mi educación y manera de ser, por lo que cambió determinados hábitos para dar ejemplo a sus hijos. Quizá si hubiera tenido otra profesión el cambio no hubiese sido tan drástico. Pero en muchas cosas pudo cambiar. Incluso lo enseñé a jugar bridge, por lo que probablemente Juan sea el único torero en el mundo que lo juegue.
Doreen me ofrece un jerez y le digo:
–Salud, señora, por su vida de privilegio.
–¿De privilegio? –pregunta sorprendida–. Bueno, sí, creo que en muchos sentidos ha sido privilegiada, aunque hubiera podido ser más tranquila, ¿no?
Confianza y preocupaciones
–Platíqueme de su suegro.
–Mi suegro fue un hombre adorable, muy vivo, y conmigo nunca fue El Tigre, sino un verdadero inglés que me platicaba de Londres, de sus almacenes y de las tiendas donde había comprado sus escopetas. Alguna ocasión me llevó a comer a Teziutlán con don Manuel Ávila Camacho y doña Chole. Don Juan resultó totalmente distinto al charro impresionante que había visto en el documental de Dominguín. Como ocurre con frecuencia, la relación con mi suegra no fue tan buena, pero la personalidad de mi suegro me cautivó y él me quiso bien. A lo mejor pensó que yo venía a refrescar la sangre, ¿no?
–¿Se acostumbró a las preocupaciones?
–Bueno, yo no supe lo que era sufrir hasta que toreó mi hijo David. Con Juan como torero yo tenía una confianza ciega. Lo había visto triunfar espectacularmente en Madrid y sabía que triunfaba en México. Realmente no sufrí con su profesión. Pero cuando David me dijo que quería ser torero, empecé a saber lo que era el sufrimiento. Me sentí como culpable de haberme casado con un torero, por el ejemplo profesional que les dio a sus hijos. Yo pensé que mi influencia y educación en ellos iba a ser más fuerte, pero no fue así. Ya siendo estudiante de economía me anunció que se vestiría de luces. Entonces empecé a sufrir por lo que no había sufrido con Juan, que cuando tuvo percances los acepté con flema británica, diciendo: That’s de name of the game: son las reglas del juego. Pero ahora…
–¿Su marido como torero?
–Siempre le dije a Juan: “Posees una personalidad bastante recia y original que no demuestras en el ruedo, o que no transmites suficientemente, preocupado quizá por la técnica”. Vaya, Juan era uno en el ruedo y otro, muy distinto, fuera de él. En España, con un público más torista, la gente apreció más su personalidad torera que en México, donde creo que no la comunicó suficientemente. Siento que Juan se preocupó más de su comunión con el toro que con el público.
–Hábleme de sus hijos.
–David y Alejandro se llevan sólo 14 meses. Se quieren entrañablemente, pero desde pequeños compiten mucho entre sí. Ya en preparatoria Alejandro decidió cambiar de escuela. Cuando David me comunicó que quería ser torero e interrumpió sus estudios de economía, sólo pude decirle: “¡Qué tonto!”. Jamás imaginé que ese pudiera ser su destino. “Te diviertes tanto en las tientas –le insistí–; ¿para qué quieres ser profesional?”. Supuse, equivocadamente, que era un pasatiempo, no una obsesión. A Alex, en cambio, le dije: “Tú termina tu carrera y así te vas a poder comprar todas las corridas que quieras”. Fue una exageración, claro, pero sirvió de acicate para que hiciera su tesis profesional como arquitecto. Alejandro es completamente distinto a David, de un temperamento más irritable, drástico. Creo que siempre quiso ser torero; de su padre heredó la vocación y de su abuelo el deseo de que Juan fuera arquitecto. Desde chico ha sido muy creativo y con los pies más en el suelo que su hermano David. Vaya, más realista y con una bravura y una casta verdaderamente irlandesas. Creo que es el único caso en que alguien primero ha sido apoderado –lo fue de Mauricio Portillo– y luego matador de toros.
–¿A qué edad se viste Alejandro de luces por primera vez?
–Ya profesionista, casado y con dos hijos, lo hace a los 27 años. Afortunadamente su mujer, Verónica, viene de una familia muy taurina, por lo que Alex tuvo todo el apoyo de ella. De nueva cuenta el calvario de la esposa del torero: sola los días de fiesta, tal vez rezando y esperando el fatídico telefonazo. El día que Alejandro les agarre la muerte a los toros, México va a tener otra figura de los ruedos. Él es un individualista con sus propias ideas; no hay influencias de su abuelo ni de su padre ni de su hermano. Es realmente una personalidad aparte.
La imposible jubilación
–¿Y David?
–David es de un carácter tenaz. Le gustan los retos. Está firmemente convencido de que tiene un mensaje personal que dar al mundo, expresado por medio de los toros. Creo que es, en el mejor sentido de la palabra, un místico, y ese misticismo lo transmite dentro y fuera del ruedo. Es un católico ferviente pero espiritualizado, no mocho, que vive realmente cerca de Dios; por eso no le teme a la muerte ni al dolor o, mejor dicho, le ofrece sus dolores a Dios y eso le permite soportarlos. Al mismo tiempo, David es un ser humano alegre y bromista que en una reunión lo mismo toca la guitarra que canta, toma sus copas, juega cartas, fuma y suelta mentadas si se ofrece. Él y su esposa Laura se conocen desde chicos y con sus hijos forman un matrimonio muy bonito.
–¿No ha sufrido David demasiados percances?
–En su caso creo que ya sólo queda el humor negro. Cuando me preguntan respondo: “Lleva seis operaciones en la pierna derecha, pero sólo una en la izquierda”. Después de dos semanas de conva1ecencia, pasó su primer día sin dolor. Su voz era optimista y retadora, y yo tenía la esperanza de que diera por terminada su carrera taurina. Cuando hablé con él después de lo de Cadereyta me dijo: “Tengo para cinco o seis meses”. “Entonces tienes tiempo para pensarlo”, le dije. “¿Pensar qué, mamá?” “Bueno, reflexionar sobre tu carrera”, respondí. “¡No hay nada que reflexionar sobre ella, sólo recuperarme para volver a torear!”, contestó irritado. Recuerdo cómo se enojó su tío Emilio O. Rabasa cuando David le dijo que quería ser torero: “¿Cómo que torero? El país necesita economistas como tú, no toreros”.
–Ante tanta terquedad, usted ¿qué dice?
–En el fondo yo comulgo con una filosofía menos materialista que permita seguir la vocación personal a costa de todo.
–¿De todo?
–No hay de otra cuando realmente se tiene vocación. Una vez David me reprochó el que yo hubiera intentado sobreprotegerlos. En realidad era un deseo inconsciente de separarlos del ambiente taurino, que me parece bastante nocivo en general. Pero ya ves de qué me valió.
–¿Su actitud ante el dolor de sus hijos?
–Al verlos sufrir, sufro tanto como ellos, porque los hijos son parte de tu ser. Ahora, yo tengo fe en Dios, en San Judas Tadeo, en San Martín de Porres, en nuestra señora de Guadalupe y en la virgen de Lourdes. Rezo mucho, pero soy fatalista; lo que haya de suceder, sucederá. Sin embargo, al mismo tiempo soy optimista. No puedo darme el lujo de instalarme en la tristeza. Siempre veo el vaso medio lleno. Y, claro, la voluntad, que mueve montañas junto con la fe. La ocasión anterior David, siguiendo un doloroso tratamiento que él decidió duplicar, logró caminar en la mitad del tiempo que los especialistas habían estimado. El doctor Charles Johnson, una eminencia en rodilla, me comentó: “He hecho caminar a tenistas, beisbolistas, atletas. ¿Por qué no voy a hacer caminar a un torero?”.
Cuando me despedí de Doreen Barry no tuve claro si había conversado con una filósofa, un ama de casa pensante o con un ser humano en el que la maternidad no suprimió el coraje ni la lucidez.








