La Filarmónica de Viena y Dudamel

Hace muchos años, en la década de los ochenta, vino esta agrupación, y nos tocó la suerte de escucharla en la Sala Nezahualcóyotl bajo la dirección de Carlos Kleiber (quien por cierto hablaba muy bien el español por haber vivido durante su infancia muchos años en Argentina) y el violinista Itzhak Perlman.

Ahora tenemos la suerte de volver a escucharla, esta vez bajo la batuta del joven director venezolano Gustavo Dudamel (1981), quien la había dirigido en 2007. Su carrera ha sido meteórica y llena de logros y triunfos; fue violinista concertino de la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela, y con ella visitó por primera vez el Palacio de Bellas Artes en 1996. Tenía 15 años; volvió años después al mismo recinto, dirigiendo la Simón Bolívar.

Dudamel es el director latinoamericano más joven en conducir la orquesta de Viena y desde 2009 es director titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles.

Lo vimos en Bellas Artes dirigir la noche del día  2 en un largo programa, sin concesiones: La segunda sinfonía del compositor norteamericano Charles Ives (1874-1954), la cuarta sinfonía de Tchaikovsky (1840 1893), y todavía como pieza de regalo, el vals de El lago de los cisnes del propio Tchaikovsky.

La sinfonía de Ives venían de tocarla en Estados Unidos como parte de su gira por América; se trata de una obra fácil de escuchar, que se estrenó en Nueva York en 1950, poco antes de la muerte del autor, quien no pudo asistir al estreno por problemas de salud. Una oportunidad de oro para escuchar esta nada fácil obra que obviamente se escapa del repertorio más trillado; podría considerarse música de varguardia, aunque se mueve en el límite entre conservador y moderno. Charles Ives es un gran compositor y hay que escucharlo, si en vivo, mejor.

Aquí la de Viena demostró que es una agrupación de lujo, de las verdaderamente grandes del mundo, pero demostró también que a Dudamel los intérpretes lo quieren, les cae bien, lo respetan y lo siguen alegremente. Los vemos sonreír durante la ejecución y su interpretación es de primera. Cuando un director, sea quien fuere, no se gana desde el primer ensayo el respeto y la colaboración de una orquesta, las cosas no irán bien. Y para que la Orquesta Filarmónica de Viena, tan emblemática y con tanta tradición haya formado un lazo de amistad y trabajo con el joven Dudamel, es porque reconocen en él méritos musicales sobresalientes.

Esta orquesta, durante toda la vida, estuvo constituida por sólo hombres y fueron muy reacios a aceptar mujeres en sus filas; hoy pudimos constatar con agrado que esos tiempos de discriminación ya terminaron, pues tiene, entre sus atriles, a 10 mujeres, algunas en puestos principales como Sophie Dartigalongue en el fagot y Karin Bonelli en la flauta, quienes tocaron con gran sonido, absoluta precisión y musicalidad. Como se podrán imaginar, ganarse un puesto de primer atril en esta orquesta no debe ser nada fácil, se ha de tener un muy elevado nivel y estas chicas lo demostraron con creces el Bellas Artes.

La cuarta Sinfonía de Tchaikovsky comienza con una especie de fanfarria, “fortíssimo”, a cargo de los metales y los fagots, que inmediatamente es imitada por los alientos madera; el impacto producido por la belleza del sonido de los alientos de esta orquesta es algo muy difícil de describir con palabras, y el público que abarrotaba Bellas Artes se quedó boquiabierto: aquello no era de este mundo, y eso que nos ha tocado la suerte de escuchar en este recinto a celebérrimas orquestas. Pero la de Viena se cuece aparte.

Todo el programa: las dos sinfonías y el encore, los dirigió Dudamel de memoria y de una manera por demás brillante, logrando de los músicos lo mejor de sí.

Sin duda, ha sido uno de los mejores conciertos que hemos podido escuchar en la vida. No sé de quién o quiénes es el acierto de traerlos a nuestro máximo recinto, pero a nombre del tan bocabajeado pueblo mexicano, muchas gracias.