Con motivo del doctorado Honoris Causa otorgado por la UNAM al escritor cubano Leonardo Padura el año pasado, la televisión universitaria entrevistó al autor de El hombre que amaba a los perros, novela sobre el exilio y posterior asesinato en México de León Trotsky.
La semana pasada la conversación sostenida en 2017 entre Roberto Fiesco y Padura en el programa Cinema 20.1, se retransmitió por TV UNAM. El conductor se muestra emocionado por tener la oportunidad de charlar con un escritor al que admira –lo dice al aire varias veces–, y transmite al espectador ese mismo sentimiento. Conversan sobre la formación cinematográfica de Padura, de las obras de las cuales se nutrió en su infancia y juventud. Admite que sus novelas están influidas por el cine, llenas de imágenes.
Durante el programa se habla también de las vicisitudes de trasladar una obra literaria a los productos audiovisuales. En ese entonces ya Netflix había realizado cuatro episodios de una serie policiaca, situada en la capital cubana, basada justamente en la zaga desarrollada por Padura, cuyo protagonista es Mario Conde, policía detective.
El escritor se muestra satisfecho respecto de la realización por cuanto considera que su personaje principal está bien caracterizado, “es un cubano normal, con los rasgos de un policía habanero”. Sin embargo, asegura que son muchas las dificultades del tránsito pues se trata de lenguajes distintos: uno apela a la imaginación del lector, el otro a darle credibilidad a las imágenes, a los diálogos, al intérprete.
Cuatro estaciones en La Habana, que así se titula la serie referida, sigue apareciendo en el catálogo de Netflix. Producida por la OTT con actores, director, locaciones cubanas, es un ejemplo de la alta calidad con la cual la empresa, con presencia internacional, explota los valores locales, la cultura de un país, una historia concreta apoyada en un guión, que a su vez abreva de una obra literaria para lanzarla al mundo.
La serie atrapa al espectador. En ella encontramos una fotografía impecable, fruto de la observación cuidadosa de los distintos ángulos de una ciudad bella y entrañable, panorámicas de día, de noche, paseos por las calles escasamente iluminadas de La Habana. No hace falta armar sets, las propias construcciones sirven de marco, las nuevas o aquellas muy deterioradas. La pátina del tiempo, detenido en sus escaleras ruinosas, en sus fachadas despintadas, las baña, rescatándolas de lo inservible, evita que desaparezcan. Muestran contrastes sociales, nunca parecidos a los abismos entre habitantes de algunas naciones capitalistas.
Se alude a temas sensibles como cierta hipocresía en algunos mandos superiores, los cuales resultaron más ortodoxos que la ortodoxia; la corrupción de otros con el fin de enriquecerse, la venta al menudeo de droga. Sin embargo el Conde, –como le llaman sus amigos– va al fondo del asunto, desentraña misterios, resuelve asesinatos, los culpables son detenidos. En suma, prevalece la justicia por sobre la impunidad, la ética por encima de la ideología.
Cuatro estaciones en La Habana no escapa a las dosis prescritas para el éxito masivo de una serie: romance y sexo. Entre la policía el habla es coloquial, reconforta la ausencia de violencia en el ejercicio de su actividad.








