“El sacrificio del ciervo sagrado”

La familia de Steven (Colin Farrell), brillante cardiólogo casado con oftalmóloga (Nicole Kidman) y dos hijos, se ve perfecta, pero su mundo se descompone cuando el cirujano lleva a casa a su protegido, Martin (Barry Keoghan), adolescente de 16 años, y se ve obligado a realizar un sacrificio aterrador.

En El sacrificio del ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, Irlanda-Reino Unido-E.U., 2017), la especialidad médica no es adorno del personaje. El director griego Yorgos Lanthimos sugiere que es destino; por eso arranca con una cirujía a corazón abierto, palpitando, manos que suturan, boca y ojos que se destapan, la trama se teje alrededor de esos órganos.

Y si se toma en cuenta el modelo que inspira al director, junto con su acostumbrado guionista Efthymis Filippou (la tragedia griega Ifigenia en Aulis), esos órganos, símbolos de conocimiento y acción, representarían objetos sagrados; no reconocerlos o no saber utilizarlos acarrea desgracia.

Para compensar la gravedad del tema, Lanthimos compone diálogos de pura banalidad, preguntas que apelan al destino (como “por qué a nosotros”) suenan sin emoción, casi con desgano; los espacios, el hospital y la mansion familiar se sienten fríos y ascépticos… quizá la idea es sugerir el palacio de los atridas. Los pocos golpes de color los provoca el rojo (corazón, ojos que lloran sangre, o una simple puerta).

La pretensión es grande: tomar como punto de partida una tragedia antigua, o incluso una obra de Shakespeare, y traerla o asociarla a un contexto moderno, corre siempre el riesgo de caer en lo artificial, de forzar el sentido. Lo único que justifica al director en su ambición trágica, es la falta de ilusión, tema presente en su trabajo anterior (La langosta o Diente de perro), así como su gusto por la distopia social o su visión de la familia como laboratorio donde se fermentan las perversiones; pero apenas el pesimismo y la raíz griega comparte con Eurípides. El trágico lograba que la rueda del destino se moviese por la acción humana; Lanthinos tiene que recurrir a lo extraño, a la paranoia del mal de ojo.

Temas fundamentals como la ambición y el poder, el sacrificio casi como razón de Estado, claves en la última Ifigenia del gran trágico, no funcionan aquí. En realidad, el punto de partida de El sacrificio del ciervo… se halla en Passolini (Teorema), Haneke (Funny Games) o en Kubrik (El resplandor); a manera de demonio, el personaje carismático penetra en el seno de la familia modelo y activa el veneno que ya estaba allí, el incesto latente, la claustrofobia, y la violencia del padre devorador.

Yorgos Lanthinos es un director brillante que decidió posicionarse fuera de su tierra natal, su fuerte es el humor negro y la falta de respeto a convenciones y tabúes; un director que hace preguntas y da pistas falsas.