Aunque se trata de una historia que da miedo pensar, A Ghost Story (E.U., 2017) no es una película de terror; de fantasmas sí. El pavor que provoca no depende de apariciones viscosas, o sustos a incautos aterrados, sino de estar en el lugar del fantasma, no bajo su piel, porque no tiene ninguna, sino bajo una sábana parecida.
David Lowery (1980) saturó su infancia con Poltergeist y la avalancha de películas gore; muy pronto empezó a escribir y dirigir cine en serio, de bajo presupuesto, que de Sundance siguieron el éxito comercial y los efectos especiales (Peter y el dragón, con Disney). Como le obsesionaba la imagen de juegos de fantasmas con sábana, para hacer Ghost se escondió con su equipo de producción en una casa a punto de demolición, más por vergüenza que por táctica de mercadotecnia.
En el suburbio de alguna ciudad tejana, un músico y compositor, C (Ben Affleck) vive con su esposa M (Rooney Mara) en una relación tan cercana que tiende a la fusión. Cuando C muere en un accidente, M queda desconsolada; el fantasma de C, una sábana con agujeros en forma de ojos, permanece observando a su viuda mientras ella elabora el duelo sin notar, conscientemente, su presencia.
La táctica publicitaria suscitó la expectativa de un remake de la melosa Ghost, ícono en la generación de los 90; nada más alejado de aquella sensiblería, dicho sin ánimo de ofender, pues el trecho que separa la vida y la muerte en A Ghost Story se hace imposible de franquear; Lowery convierte la pueril imagen del fantasma ensabanado en un laberinto de emociones, desconsuelo y pesadumbre, que no se ven pero que el espectador percibe bien. El espectro de C es pura congoja, como si la falta de un cerebro físico lo incapacitara para razonar, lo convirtiera en padecimiento puro.
A Ghost Story apunta lugares comunes del género, como la puerta de luz que se abre y que el espíritu no está preparado para cruzar, o la necesidad de comunicar con los vivos; pero al igual que en la obra del taiwanés Tsing Ming-liang o del tailandés Weeserathakul, Lowery hace depender la noción de tiempo y espacio de la intensidad de la emoción: el afecto se vuelve ley de gravedad que sujeta al espectro en el lugar de la pérdida. Así, la casa donde C vivió con su mujer es la única dimensión posible donde puede estar, o penar, mejor dicho.
En la casa vecina aparece otro fantasma que espera y ya olvidó a quién; la presencia de otra alma en pena ayuda a subrayar la pesadumbre que cada uno carga y a explicar, un tanto, lo que la cámara, casi siempre fija, sólo ve desde fuera. Una vez condicionados al afecto, tiempo y espacio se convierten en una especie de plasma que fluye hacia el pasado o hacia el futuro.
Por medio de cambios de luz, música y sonidos, movimientos precisos que definen al fantasma, dentro de un formato académico que alarga la forma y concentra los contenidos de la imagen, A Ghost Story consigue que eso que habita bajo la sábana transmita una fuerza real, como ocurre dentro del teatro No del Japón; en vez de desparramar recursos para asustar y sorprender al público, David Lowery emplea su creatividad para cautivarlo y hacerle sentir el desconsuelo de la separación, la soledad de la muerte.








