“Detroit”

Cinco días parecen pocos para la devastación que produjo la rebelión de Detroit, Estados Unidos, en 1967: muertos, heridos, edificios y tiendas quemados o dañados, disturbios que se extendieron a otros estados. La mecha se prendió con una simple redada de un grupo de personas que celebraban el regreso de Vietnam de un par de amigos, pero lo inquietante es la fuerza del estallido, la fragilidad de esa cuerda que el racismo mantiene tan tensa, y que aún medio siglo después, en esta era de la trompada, el presidente americano actual insiste en pulsar.

Katheryn Bigelow concentra su atención en un episodio del conflicto, el incidente del Motel Algiers donde un grupo de músicos sufrió tortura policíaca y tres de ellos perdieron la vida; saldo pequeño que la realizadora de Detroit (E.U., 2017) escenifica con tal maestría que termina resonando tan devastador como una gran batalla.

El realismo de las secuencias, con cambios de ritmo de lento a vertiginoso, la violencia en una vorágine que engulle a blancos y negros, proviene de la combinación de un academismo formal con escuela documental; tomas cerradas y abiertas, empleo simultáneo de varias cámaras o una cámara al hombro. Y si de estilo documental se trata, en el caso de Bigelow hay que hablar de documental de guerra, de ahí la inmediatez de la cámara como personaje dentro del drama. La violencia en el cine de la directora de La noche más oscura (sobre la misión para capturar a Bin Laden) nunca es espectáculo, es dolorosa y fatal; el equivalente mexicano sería Amat Escalante.

El grupo de músicos afroamericanos, decepcionados por la cancelación de su concierto de jazz con pretexto de los disturbios, decide pasar una buena noche con un par de chavas en el hotel; un disparo con una pistola de juguete invoca a los demonios, la policía irrumpe la fiesta; Krauss (Will Poulter), uno de los policías blancos, viene ya caliente con una atrocidad que acaba de cometer, y al policía negro, Dismukes (John Boyega), apenas lo toleran gracias a su uniforme. Los policías se enfurecen más cuando descubren que las mujeres blancas juegan con los negros. El apocalipsis desatado funciona como metáfora, propiamente una sinécdoque del conflicto mayor en la ciudad de Detroit, y de toda la dinámica del racismo.

En una serie abismal de escenificaciones, la realizadora consigue atrapar a su público, hacerle perder piso y afectarlo por completo: el primer espectáculo, el del grupo de jóvenes músicos que hubiera seguido el camino del éxito, queda anulado en segundos, y el teatro se convierte en espacio de soledad, de sueños frustrados. Viene luego la escenificación de un negro jugando el papel de un blanco que le dispara a otro negro, el público son dos chicas blancas aterradas. Acto seguido, los policías blancos escenifican crímenes para torturar a los negros.

Tales figuras de construcción tendrían, normalmente, que ayudar al público a distanciarse del horror de la acción, pero Bigelow revierte la función y la retórica conduce a un callejón sin salida donde el policía negro no entiende el juego, el rechazo a negar la realidad de una de las víctimas conduce a la muerte, y el mensaje que queda es el del estado permanente de negación.

Detroit es una película que hay que tomar muy en serio porque, más allá de la gravedad del tema, innova en la forma de contar y de llegar a la raíz de un mal, el del racismo y la brutalidad policíaca, y que el cine de acción explota celebrando la violencia o con mero sentimentalismo.