Santrich, el estratega en las sombras

El próximo viernes 24 se cumplirá un año de la firma de los acuerdos que pusieron fin a 52 años de guerra entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC. Las negociaciones que se llevaron a cabo en La Habana tuvieron un personaje central: Jesús Santrich. Este estratega de la paz es un personaje sui géneris: un guerrillero ciego que luchó durante 26 años y que ama por igual la política, el arte y la vida.

BOGOTÁ.- Jesús Santrich es el único guerrillero en el mundo que ha hecho la guerra y la paz desde la más profunda de las oscuridades: la ceguera.

Hace 12 años, mientras el Ejército colombiano desarrollaba una gran ofensiva contra la insurgencia de las FARC, él perdió totalmente la vista a causa de una enfermedad degenerativa que nunca se pudo tratar bien.

Para entonces ya era el brazo derecho del comandante del Bloque Caribe de las FARC, Iván Márquez, quien hoy es el segundo hombre en la jerarquía de esa exguerrilla convertida en partido político.

A los ojos de muchos colombianos, ambos representan la línea más ortodoxa de la organización fundada hace 53 años para hacer una revolución social y agraria. Santrich, en especial, suele ser presentado por los medios colombianos como un marxista radical, lo que tiene mucho que ver con su estilo sarcástico y frontal.

“Considero que soy una persona sensata”, dice Santrich a Proceso. “Pero pienso que en Colombia no debe haber intocables y que los cambios políticos y sociales en un país con tanta pobreza y exclusión tienen que ser de raíz, estructurales. En ese sentido sí soy radical”.

Durante los 26 años que duró alzado en armas, Santrich siempre fue un guerrillero fuera de lo común. Quienes lo conocen bien dicen que se destacaba por su conocimiento de teoría militar, por su formación académica –es abogado y licenciado en educación y tiene un posgrado en historia–, su oficio político y su cultura.

También por sus habilidades artísticas. Toca saxofón, flauta y armónica, escribe cuentos y poesía y es cantautor. Además pinta al óleo paisajes del Caribe colombiano –región donde nació–, rostros indígenas y desnudos femeninos inspirados en las mujeres que han pasado por su vida. Para ello usa una técnica braille, su imaginación y los recuerdos de cuando podía ver.

Los últimos 12 años de la guerra entre el Estado colombiano y las FARC –que oficialmente terminó el 24 de noviembre de 2016 con la firma de un acuerdo de paz–, Santrich los repartió entre sus responsabilidades políticas y militares en el Bloque Caribe y su papel como integrante del equipo guerrillero que negoció el fin de las hostilidades.

Pese a que no era un comandante del Secretariado –la cúpula de las FARC–, jugó un papel central en esas negociaciones. En sus intervenciones públicas aparecía con gafas oscuras, un bastón, sandalias y una kufiyya (la pañoleta palestina) al cuello.

Siempre que hablaba ante la prensa o enviaba tuits desde La Habana, quedaban zumbando en los oídos de muchos colombianos poderosos sus declaraciones ácidas y “políticamente incorrectas” para los estándares acríticos latinoamericanos.

Ha llamado “narco y paraco (paramilitar) criminal” al expresidente Álvaro Uribe, principal adversario del proceso de paz, y ha pedido públicamente al fiscal general de Colombia, Néstor Humberto Martínez, que explique sus vínculos con empresas que financiaron el paramilitarismo.

Todo esto ha hecho de Santrich uno de los villanos favoritos de la derecha colombiana, que lo mismo lo tacha de “criminal” que pone en duda su ceguera. Él ha respondido, incluso, con una demanda por difamación a quienes lo han llamado “asesino” ya que, asegura, “no existe ninguna evidencia que sustente ese infundio”.

Pero así como sus adversarios políticos lo repudian, entre las bases de las FARC tiene una alta popularidad.

En septiembre pasado, durante el congreso constitutivo del partido político FARC –Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común y conserva las siglas que la desaparecida organización insurgente–, Santrich logró la tercera más alta votación para integrar la directiva. Sólo lo superaron Iván Márquez, su amigo del alma, y Pablo Catatumbo, considerado uno de los jefes más moderados de la exguerrilla. Hasta Rodrigo Londoño, Timochenko, el jefe máximo del nuevo partido, obtuvo menos votos que Santrich.

 

Los Jesuses

Jesús Santrich nació en el caribeño departamento de Sucre hace 51 años. Sus padres, los profesores Aura Fabiola Solarte y José María Hernández, lo bautizaron como Seuxis Paucías Hernández Solarte. Sus nombres son los de dos pintores griegos de la antigüedad. Creció con siete hermanos a quienes la mamá les leía, cuando eran pequeños, obras de la literatura colombiana y universal.

Seuxis Paucías adoptó el nombre de Jesús Santrich cuando ingresó a la guerrilla de las FARC, a principios de 1991. El Jesús Santrich original era un bioquímico, artista plástico y militante comunista que murió de dos tiros en el rostro el 17 de noviembre de 1990, en el restaurante-bar El Decanito, de la caribeña Barranquilla.

Hoy se sabe que el agente de inteligencia que lo mató se equivocó de blanco. En realidad, iba por Seuxis, quien era muy amigo de Santrich y antes del ataque había estado con él. “Yo me fui de El Decanito porque tenía otra cita, él tomó mi silla y ahí lo mataron”, recuerda.

Años después, en 2004, las mismas fuerzas que desarrollaron una guerra sucia contra la izquierda habían de matar a su hermano mayor, José Hildebrando Hernández Solarte. “Lo asesinaron porque era mi hermano. Simularon un asalto y lo mataron”, asegura.

Santrich ascendió con rapidez en la estructura de las FARC. Pronto se involucró en la organización de la estructura política clandestina de esa guerrilla y en las labores de difusión y propaganda. Fue uno de los fundadores de la cadena radial de las FARC “Voz de la Resistencia”.

A mediados de los noventa, Iván Márquez incorporó a Santrich a su círculo de consejeros de mayor confianza, y fue en esa posición donde el abogado y profesor posgraduado en historia descubrió lo que mejor sabe hacer: pensar la política y la guerra en términos estratégicos, como un jugador de ajedrez, para orientar la toma de decisiones.

–¿Usted es como el Maquiavelo de las FARC? –se le pregunta a Santrich.

–Es que lo que escribió Maquiavelo en El Príncipe (el célebre tratado sobre el poder y el ejercicio de la política) está inspirado en la vida real y se aplica a la vida política –dice Santrich muy en serio, aunque sonríe, porque él es lúdico hasta en la solemnidad–. No es que comparta lo que hace el Príncipe (las intrigas, las traiciones), sino que soy consciente de que así transcurre la política.

–¿El Príncipe es uno de sus libros de cabecera?­

–No. De cabecera yo no tengo libros, de cabecera tengo la almohada y una grabadora –ríe–, porque generalmente en la madrugada es que a mí se me ocurren las cosas, y yo de una vez grabo. Puede ser una poesía, una canción, una melodía o una reflexión. Pero sí, El Príncipe es una gran obra sobre la política, aunque me gusta más El arte de la guerra (el libro de estrategia militar del general y filósofo chino Sun Tzu).

–¿Y le gusta esa función de ser el consejero político de las FARC?

–Me gusta participar de las decisiones, y no como asesor, sino como actor.

Un cerebrito

En 2012, cuando se iniciaron los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y esa guerrilla, Santrich apareció como parte del equipo de negociadores de las FARC que encabezaba Iván Márquez.

Desde antes de que se iniciaran las negociaciones de paz se sabía que Márquez y Santrich eran escépticos de la voluntad de paz del gobierno y que, por encima de estar interesados en hacer gestos amistosos frente al país para tratar de remontar la baja popularidad de esa guerrilla –menos de 10%, según todas las encuestas–, pretendían dejar en claro que la negociación no sería un acto de rendición.

En el discurso de instalación de los diálogos, que se realizó en Oslo el 18 de octubre de 2012, Iván Márquez dijo: “Hoy hemos venido a desenmascarar a ese asesino metafísico que es el mercado, a denunciar la criminalidad del capital financiero, a sentar al neoliberalismo en el banquillo de los acusados como verdugo de pueblos y fabricador de muerte”.

Ese discurso tenía toda la mano de Santrich, hasta en sus referencias literarias (venimos “desde el trópico remoto, desde el Macondo de la injusticia”).

Ese 18 de octubre de 2012, millones de colombianos vieron por televisión por primera vez a Santrich. Usaba lentes oscuros, saco negro y bufanda. Parecía un pianista de jazz extraviado en una convención política. Tenía 46 años.

Al terminar el acto, el ya para entonces integrante del Estado Mayor de las FARC caminaba hacia la salida abrazado por Márquez cuando un reportero español los abordó. Les preguntó si pedirían perdón a los militares y policías que retuvieron durante años en la selva. Le dijeron que no, porque habían sido capturados en combate. El reportero insistió.

–Se cometen también errores, en todas partes –dijo Márquez.

–¿Están preparados para pedir perdón si se hace una cuestión innegociable? –preguntó el reportero.

–¿Usted qué dice, Santrich? –reviró Márquez a su amigo mientras le daba una palmada en la espalda.

Y Santrich respondió sonriendo y entonando el bolero del cubano Osvaldo Farrés: “Quizás, quizás, quizás”.

Esa fue la única de las respuestas del guerrillero que apareció en todos los noticiarios colombianos. Fue interpretada como una burla a las miles de víctimas de las FARC. Hasta en el interior de esa insurgencia criticaron al mordaz guerrillero.

Cinco años después muchos colombianos aún identifican a Santrich por ese episodio y lo perciben como un provocador irremediable. Quienes lo conocen bien dicen que esa imagen es producto de su estilo sarcástico y de la edición que hicieron los medios del “Quizás, quizás, quizás”.

–¿Fue un error político utilizar esa frase?

–No. Esa frase del bolero me gusta muchísimo y la repetiría mil veces. Pero yo nunca la dije en el sentido en que la presentó la televisión. Nosotros siempre hemos hablado desde la orilla de las víctimas y tenemos víctimas. Eso fue una manipulación mediática.

En La Habana, sede de los diálogos de paz, Santrich fue un negociador difícil para los delegados del gobierno, quienes lo recuerdan como un interlocutor hosco y burlón, pero a la vez riguroso y muy estudioso de los temas que se trataban en la mesa.

Sus apuntes de humor negro, en medio de tensos debates, hicieron fama entre sus interlocutores, quienes comentaban en privado que en ocasiones no lo soportaban. También se distinguía por su memoria fotográfica. Aún hoy, se sabe línea por línea el acuerdo de paz, cuya versión final tiene 309 páginas.

El actual ministro colombiano del Interior, Guillermo Rivera, viajó a La Habana en 2013, cuando era legislador, y luego de reunirse con la delegación guerrillera regresó con la impresión de que Santrich era “el cerebro” de las FARC.

–¿Siempre ha sido cerebrito? –se le pregunta al exguerrillero.

–Me gusta más el vino que los libros –dice con una carcajada–, pero sí estudio mucho. Todos los días estudio algo.

 

Elogio de la ceguera

La ceguera de Santrich no fue algo que ocurrió de súbito. Fue un proceso lento, que había comenzado a finales de los ochenta, cuando estudiaba derecho y educación en la Universidad del Atlántico en Barranquilla.

“Noté que se me cerraba el campo visual –recuerda–, por un problema genético que se llama Síndrome de Leber (una neuropatía óptica hereditaria que afecta la retina y puede producir ceguera). Fue algo progresivo, como cuando va atardeciendo y el sol se va ocultando y de pronto es de noche.”

Quedó ciego en los años más duros de la guerra, cuando el entonces presidente Álvaro Uribe, con todo el respaldo militar de Estados Unidos, había desatado una fuerte ofensiva contra las FARC. Las diezmó.

–¿Cómo es ser un guerrillero invidente?

–Es que en la vida guerrillera se anda mucho en lo oscuro, en la noche y sin linterna, para pasar inadvertido. Uno se acostumbra a eso. Y hay un factor muy importante, que es la solidaridad de la gente. En la guerrilla siempre hay alguien que te tiende la mano y que te presta el hombro para avanzar.

Para Santrich, las nuevas tecnologías fueron como una tabla de salvación en un momento crítico de su vida. Su Mac portátil se convirtió en su nueva puerta al mundo, en especial desde que comenzaron a perfeccionarse los programas informáticos de reconocimiento de voz. Aunque aprendió a leer y a escribir en braille, ya casi no usa ese sistema táctil.

“Lo único que hoy hago en braille es pintar y a veces escribo, para que no se me olvide. Ahora leo digitalmente. Es que el VoiceOver (el programa de Mac que permite manejar una laptop o un teléfono inteligente con la voz) es magnífico. El VoiceOver me lee lo que quiero o le dicto lo que quiero escribir.”

–¿Lee mucho con esa modalidad?

–Sí, porque hay audiolibros del tema que usted quiera, y también hay compañeros y compañeras que me leen libros. Aunque yo no pueda leer ni ver, me gusta tener un libro en las manos porque esa es una sensación especial, sobre todo cuando el libro está recién salido de la imprenta.

–Usted sigue pintando óleos. ¿Cómo lo hace?

–Yo hago el dibujo en braille, con puntillas, marcando con puntos las siluetas o el paisaje. Luego pinto siguiendo los bordes, a puro tacto. Uso una paleta de colores que me preparan por tonalidades, de menos a más, y así me voy guiando, con imaginación.

Sus pinturas se expusieron en agosto en Bogotá junto a las de otros artistas de las FARC. También presentó su segundo libro, Una prosa de amor para ella, una colección de poemas, relatos, ensayos e ilustraciones hechas por él mismo. En 2008, en plena guerra, había publicado Cuentos y diez relatos tayronas.

En los días de receso de los diálogos de paz en La Habana, Santrich salía por las noches a bares y discotecas de la capital cubana para distraerse del trajín de las negociaciones. Tocaba el saxofón o la flauta, bebía unas copas de vino blanco o del trago que hubiera disponible y, según una fuente cercana a esas incursiones nocturnas –quien pidió la reserva de su nombre–, conquistaba a las cubanas más bellas del lugar.

–¿Cómo le hacía?

–Pues uno le pregunta a los amigos las coordenadas de la geografía erótica en el terreno –dice sonriendo–. Pero hay que buscar buenos amigos, porque algunos lo meten a uno en barrancos terribles.

Santrich es un invidente desparpajado y gozador de la vida, cuyo centro de gravedad está en el arte, la literatura y la música. Le parecen obras sublimes los autorretratos de Rembrandt, Ulises de James Joyce y la Novena Sinfonía de Beethoven.

También le gustan los boleros, los vallenatos y las rancheras, y además de vino blanco toma aguardiente, ron, tequila, chirrinche y lo que caiga, porque piensa que “no hay tragos malos, sino unos mejores que otros”.

–¿Es compatible la bohemia con la revolución?

–¡Claro! Un revolucionario no puede ser un espíritu triste. Al contrario, tiene que poner a volar las alas de la creación y la imaginación hacia el arcoíris de la utopía. Si un revolucionario no hace eso, no sería capaz de promover cambios.