Borrado del mapa político de Quintana Roo durante varios años, el empresario Gregorio Sánchez Martínez –Greg, como se le conoce popularmente en esa entidad– enfrentó en 2010 todo el poder del Estado cuando se encontraba en campaña por la gubernatura bajo las siglas PRD-PT-Convergencia –faltaba un mes para las elecciones y su popularidad iba en ascenso. El gobierno de Felipe Calderón lo encarceló achacándole un catálogo de cargos, entre ellos lavado de dinero y narcotráfico. En el libro Injusticia protegida, que Ediciones Proceso lanza a la circulación esta semana, el ya exonerado expresidente municipal de Cancún relata en forma novelada los pormenores de lo que denuncia como una fabricación de delitos dirigida a evitar a toda costa que se convirtiera en gobernador del estado. Aquí se ofrecen fragmentos sustanciales del volumen.
Era de noche y ordenó a la guardia que no lo siguiera. Tomó un taxi sin saber primero dónde ir. Le gustaba a veces saberse un ser anónimo que podía disfrutar de la ciudad por la ventanilla. Iba por avenida Palenque, dobló por Cobá y le dijo al taxista que lo llevara al mirador de Playa Delfines.
En el camino Greg abrió la ventanilla y sintió el sopor del manglar a las siete de la noche, miró las luces que se filtraban por los árboles del otro lado de la laguna Nichupté y en 10 minutos estaba en el centro de la Zona Hotelera. El chofer se detuvo ante el rojo, puso el freno de mano, se acomodó en el asiento y se peinó con un cepillo. Greg vio cómo los turistas se apuraban a cruzar el semáforo. Cerró los ojos para que el viento pudiera meterse más adentro y despejar los problemas. Tenía que decidir qué haría si cumplían la promesa de meterlo preso. Nada, se respondió. Simplemente defenderse, luchar…
Esa noche fatídica en la familia nadie pudo dormir tranquilo. Esperaban que les confirmaran de un momento a otro la crónica de una detención anunciada. Greg se dirigió al teniente Fuentes y a Catedral y les ordenó que no opusieran resistencia cuando llegara el momento. Armó una maleta con un par de tenis, unos pants, una chamarra, un cepillo de dientes y una playera. Estaba listo.
Un puñado de hombres tenía en sus manos las decisiones, los cálculos perfectos, los acuerdos. “Es cuestión de horas”, le había dicho su abogado. Tal vez días, con suerte. La PGR estaba buscando por todos los medios que Greg quedara preso. No importaban las formas, la inminencia de las elecciones, los procesos democráticos y judiciales; tenía que estar fuera de la elección.
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La conferencia de prensa a la que convocó Greg el 25 de mayo de 2010 en la Ciudad de México giró en torno a los cambios hechos a la Constitución de Quintana Roo para frenar su avance como candidato, pero nadie pudo explicar que un juez había negado una orden de aprehensión, que el gobierno federal buscaba a costa de todo apresar a un candidato a la gubernatura a poco más de un mes de las elecciones.
Niurka, Greg y su secretario privado Christian llegaron al aeropuerto internacional de Cancún cerca de las nueve de la noche. El muchacho se detuvo un momento para ordenar los papeles que traía y se sintió seguro al volver a poner los pies en la tierra; las turbulencias del avión le hicieron pensar que todo podía acabar ahí. Estaba encendiendo los celulares y el radio cuando se dio la vuelta y alcanzó a ver un movimiento inusual: policías a los que ya no les importaba disimular su presencia y que ya los esperaban para cerrarles el paso. El corazón comenzó a bombear más a prisa, con el ritmo de una presa acorralada…
Los dedos temblorosos empezaron una frenética media hora de llamadas. A Jesús Ortega, presidente del PRD. “Vamos a responder con todo. Vente a México para que afinemos la estrategia”, le prometió a Niurka, esposa de Greg. La noticia empezó a salpicarse por las redes sociales, y los medios no tardaron en llegar.
Una última llamada al asistente del secretario de Gobernación. Nadie contesta. No había más tiempo y la despedida era inevitable. Le dio un beso breve pero intenso a Niurka y la tomó por la cintura para acariciarle el vientre.
Niurka solicitó el apoyo de la primera dama del país. En los mensajes le pedía que la ayudara a que se hiciera justicia con su esposo, que abogara porque las leyes se aplicaran y no porque se rompieran. Mensajes no contestados, ignorados, borrados. Porque, como era de esperarse, Margarita Zavala apoyó abiertamente o con su silencio las corruptelas e injusticias perpetradas durante el gobierno de su marido.
Un golpe tan grande para un presidente municipal con fuero y que, además, era el candidato a la gubernatura del estado. No podía ser arrestado así como así. Ellos lo sabían y dejaron que sucediera… ¡La complicidad!
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Como presidente municipal de Cancún, Greg había dado espacio en su gabinete a personajes de todos los partidos. Y el problema para el PRI no era tanto el hecho de haber perdido el municipio, sino haber dejado la puerta abierta para la pérdida de la gubernatura.
Por esos días el Congreso del estado le dio entrada a una propuesta legislativa (la modificación al artículo 80 constitucional) con un claro objetivo: dejar fuera de la carrera a los avecindados. El proyecto decía que para aspirar a la gubernatura el candidato debía tener 25 años de residencia en el estado. La reforma dejaba fuera al alcalde de Cancún y por eso el periodista Panchito Medina la denominó Ley anti Greg. Con oposición y todo, había que empezar a gobernar…
Gobierno en tu Colonia fue el programa más exitoso durante la gestión de Greg (2008-2011). Todas las semanas se realizaban audiencias públicas. En la fila había tres mil ciudadanos cada miércoles y por eso el programa se amplió también a los sábados.
Esperaban hablar directamente con el presidente municipal, y ahí tenían que estar todos los directores con su equipo de trabajo. No había de otra: si no era así, el alcalde ajusticiaba al faltista con actas administrativas y, lo peor, la advertencia del despido. Todos estaban obligados a servir con viento, lluvia o calores infernales.
Siempre parado, Greg atendía a veces hasta las cinco de la tarde. “Esto se acaba cuando se va la última persona”, decía. A todos saludaba de mano. Acaso la prueba más grande de humildad para un político es abrazar a los pobres, indigentes incluso, colmados de problemas; y no sólo eso, sino convencerlos de que el abrazo es genuino, verdadero, de corazón. Él lo hacía sin problemas.
Pedían un medicamento, una despensa. El equipo de Greg les regalaba árboles para reforestar, anulaba cobros excesivos de grúas. Funcionarios eran denunciados a punta de dedo en el mismo lugar.
La popularidad comenzó a crecer.
Esos y muchos otros logros de Greg y su gabinete generaron una tensión muy grande en el sector privado y la clase política.
Desde luego, para los gobiernos federal y de la entidad estos logros no eran motivo de reconocimiento sino de celo político, toda vez que Greg se erigía como un serio contrincante que representaba una amenaza muy grande para aquellos.
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El abogado Gonzalo Aguilar Zinser había agendado una reunión con Gregorio Sánchez, quien debía traer al bufete una copia de las declaraciones de los testigos. “Quiero que hagamos un resumen ejecutivo”, había planteado el litigante desde su despacho en la colonia Roma. “Si tenemos que salir a dar declaraciones a la prensa, tenemos que ser certeros y concisos. No salimos de aquí hasta terminar”, dijo.
Greg llegó puntual, con el rostro desencajado. Saludó con vehemencia y estricto respeto al abogado en el que había depositado toda su confianza y con quien se iría buena parte de su patrimonio.
—Sin lugar a dudas este juez, Carlos Elorza Amores, pasará a la historia como uno de los más corruptos de la historia. Lo acaba de decir el senador Carlos Navarrete. Es un juez a modo, un juez que todo lo que la procuraduría le pide se lo concede, como en el Michoacanazo. Es una vergüenza para las instituciones —arrancó Greg para describir a su adversario.
—Vámonos con calma, Greg. Yo sé que estás ansioso pero vamos a analizar todas las piezas de este rompecabezas. A nosotros nos asiste la verdad, y con eso ya tenemos ganada la mitad del partido.
—No entiendo cómo sucede esto: si un juez desechó el expediente se supone que deben apelar, no enviar el mismo expediente a otro juez. Elorza es una vergüenza para México. Nosotros tenemos la copia de la primera negativa de la orden de aprehensión del juez Sexto de Toluca.
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Gregorio Sánchez llegó a la PGR el lunes 3 de mayo, poco antes de las 10 de la mañana, como lo había acordado con el secretario de Gobernación. Llevaba consigo toda la documentación original que respaldaba el origen de su patrimonio: cómo lo había obtenido, la herencia que le dejó su padre al morir. Todo en dos copias notariadas: una para dejar a las autoridades, otra para tener el acuse de recibido. Anunció que tenía una cita con el procurador, pero inmediatamente le dijeron que no estaba, que lo iba a atender Marisela Morales, subprocuradora de la SIEDO, como en media hora.
Pasó a una oficina donde le notificaron que la subprocuradora había salido. “Lo va a atender el director de área de lavado de dinero y falsificación de moneda”, le explicaron. Desde la negativa de ser recibido por el procurador sospechó que algo no andaba bien. Todo lo contrario. De una de las oficinas salió un muchacho con traje que lo saludó con una amabilidad que, de entrada, levantaba sospechas por su evidente falsía.
—¿Cómo está, candidato? No todos los días uno tiene la oportunidad de tener a un candidato a gobernador en esta oficina —dijo.
Se sentó pesadamente en su silla y ordenó lo que tenía en el escritorio mientras comenzaba la charla. Delgado y de baja estatura, la silla de gran tamaño le dificultaba que sus pies llegaran con solvencia al suelo. Estaba pálido por las horas de oficina.
—Ya estamos a punto de iniciar la campaña, justamente el día 6.
—El señor procurador se disculpa, pero tengo instrucciones de atenderlo. Usted sabrá de qué se trata.
—Efectivamente, vengo a aclarar la situación de mi patrimonio…
No terminó de decirlo cuando el joven se inclinó y marcó a su secretaria para que enviara al Ministerio Público.
—¿Y cómo va a ser esto? —preguntó Greg, ya desconcertado.
—En calidad de testigo. Usted ahora va a aclarar las cosas ante el Ministerio Público.
—Pero no vine con abogados. El señor secretario de Gobernación me dijo que era en plan de cuates, y tengo toda la disposición de aclarar el origen de mi patrimonio…
Así es. Usted va a declarar en calidad de testigo. Perfecto.
Aunque no era lo que habían acordado, el joven funcionario lo hizo pasar a un cubículo donde le comenzaron a tomar los datos generales: nombre, lugar y fecha de nacimiento…
—Bueno, señor Sánchez. Se abrió una averiguación previa porque hubo una denuncia anónima y un periodicazo de La Jornada y otro periódico que dijeron que lavaba dinero.
—¿Cómo?
—Sí. Se abrió una averiguación a pedido de la Secretaría de Hacienda, porque sus declaraciones no coinciden. Ha habido movimientos bancarios en los últimos cinco años por 1 millón y medio de dólares y 21 millones de pesos mexicanos —dijo mientras enseñaba los movimientos con total seguridad y con una seriedad que antes no había asomado.
—Son mías todas las cuentas y todos los movimientos. Pero le voy a aclarar por qué no coinciden. En la ley tributaria (que se modificó después de 2000), cuando vendías una propiedad estabas exento de Impuesto Sobre la Renta. La ley te facultaba a declararla o no. Ahora estás obligado por el lavado de dinero. Hay muchas cosas que vendí que estoy libre de ese impuesto y donde no estoy obligado a declarar.
—Lo escucho.
—Le anticipo que nos vamos a llevar varias horas, pero aquí traigo originales y copias. Les voy a dejar las copias, para ir cotejando.
El funcionario lo condujo a otra oficina donde estaba un hombre calvo que cotejaba documentos con el entrecejo fruncido al momento de pararse a saludarlo.
—Oiga, quiero saber qué está pasando porque no es a lo que vine. Yo vine a una cita con el procurador y ahora…
—Fíjese que ya lo consulté al más alto nivel, y si quiere esperar, no tenemos problemas. De todas las acusaciones que hay en su contra, necesitamos abrirle una averiguación previa y que declare como indiciado.
—Un momento, el secretario de Gobernación me habló a mi celular; y si declaro necesito que mis abogados estén aquí.
—Tenemos abogados de oficio…
—Disculpe, pero yo tengo mis abogados.
Eran casi las dos y media y Greg confirmó que no iba a declarar, amparado en la Constitución. Negó las acusaciones y dejó asentado que iba a presentar su declaración por escrito.
Tomó los originales de su documentación y ni bien puso un pie en la calle, se dio cuenta que todo había sido una trampa del gobierno federal encabezado por Felipe Calderón.








