El alienígena llegó de alguna parte del cosmos en un aerolito, una enigmática pareja lo mantiene en una cabaña en el campo, ahí acude Verónica en busca del placer extático que otorga este monstruo fálico y tentacular; casada y con dos hijos, Alejandra soporta, a duras penas, el trabajo en la fábrica de su suegra y la brutalidad machista de Alex, su marido, quien además es amante de Ángel, su hermano. Atroz y sensual, el extraño prodigio de otro mundo despierta lo mejor y lo peor en cada quien: lo más primitivo en nosotros que nunca va a cambiar, como sentencia Verónica.
En su cuarto largometraje La región salvaje (México- Dinamarca- Francia- Alemania, 2016), Amat Escalante recurre a la fantasía para explorar los excesos de la hipocresía, de la homofobia y de la cultura machista en México, claro, porque al meteorito se le ocurrió caer en Guanajuato, el lugar de las buenas conciencias; pero la metáfora del oscuro objeto del deseo, el poder creativo o destructivo del eros, según se aproxime el ser humano, con sus miedos y prejuicios, se extiende de manera universal.
La fuerza poética de esta criatura extraterrestre, que podría surgir de cualquier lugar, sólo puede describirse como símbolo, La región salvaje no es una cinta de ciencia ficción; tampoco puede decirse que Amat Escalante incursione esta vez en el género del horror, pues todas las películas del autor de Los bastardos son, en realidad, de terror, del más espeluznante que pueda existir, el de la tortura y la injusticia. Lo que ocurre es que después de Heli (Palma de Oro 2013), para representar la crudeza de la realidad mexicana de sangre y dolor sólo quedaba la fantasía.
La película está dedicada a Andrzej Zulawski. El viscoso monstruo que engendra una pareja en Posesión (1981), estupenda fuente de metáforas, fue la inspiración Escalante. Pero por el lado realista, una simple nota de página roja –la fotografía del cadáver desnudo de un hombre, asesinado por jotito, de esas imágenes codificadas por medios sin escrúpulos que condenan a la víctima antes que al verdugo–, provocó el impulso de este realizador mexicano, el menos complaciente de la actualidad, para escribir y realizar La región salvaje. No habrá que sorprenderse si las nuevas generaciones de cineastas nacionales, liberados de la hipocresía del discurso políticamente correcto y la autocensura, recurran cada vez más a la fantasmagoría.
El monstruo había permanecido oculto en su obra, pero siempre estuvo ahí, en Sangre (2005) con el retrato de un pobre diablo capaz de cometer las peores atrocidades, o los criminales braseros manipulados por la calenturienta patrona (Los bastardos), o la droga y el crimen implacable del narco (Heli); es ese deseo que, según se le aproxime, provoca adicción y destrucción; el monstruo sucio y pegajoso salió del clóset y dio la cara.
El feto gelatinoso de Zulawski representaba, entre otras cosas, la empresa heroica de una mujer por salvaguardar la vida, y el Ello freudiano de La región salvaje expone el poder radioactivo de esa fuerza inconsciente de vida. Amat Escalante nunca se ha permitido fetichizar el acto sexual como lo explota Hollywood, pero aquí sí que fetichiza la fuente del deseo








