El callado regreso de los nazis

Según las encuestas, Angela Merkel ganará las elecciones de este domingo 24 en Alemania y se mantendrá en el poder un cuarto periodo de gobierno. Al mismo tiempo, se espera que en esta jornada electoral el partido Alternativa por Alemania –xenófobo, racista, de ultraderecha– gane algunos escaños en el Parlamento federal. Los analistas coinciden: será la primera vez en más de 70 años que los nazis regresen al Bundestag.

Berlín.- “Si Alternativa por Alemania llega al Parlamento federal, será la primera vez en más de 70 años que los nazis hablen en el Bundestag”, advirtió sin reparo el jueves 14 el vicecanciller y ministro alemán de Exteriores, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, en entrevista con el portal Spiegel Online.

Según las encuestas, la actual canciller, Angela Merkel, no sólo se reelegirá para un cuarto periodo de gobierno consecutivo este domingo 24, también el partido ultraderechista, populista, antieuro y antiinmigrante, Alternativa por Alemania (AfD) entrará por primera vez al Parlamento federal (Bundestag) con una intención del voto que podría superar 12% y que lo colocaría como la tercera fuerza política más votada del país.

El último sondeo –publicado por la cadena pública ARD el jueves 14– así lo indica: pese a la polémica decisión de Merkel de abrir las puertas del país a más de 1 millón de refugiados, su partido, la Unión, sería el más votado, con 37% de los sufragios. El Socialdemócrata de Alemania (SPD) apenas alcanzaría 20% y, lo increíble, AfD tendría 12% y se ubicaría por encima del resto de los partidos políticos establecidos: la izquierda, los verdes y los liberales, que congregarían, cada uno, un máximo de 10% de la votación.

Una ultraderecha exitosa

A pesar de ser un partido de reciente creación, fundado apenas en abril de 2013, AfD ha tenido un crecimiento y éxito electoral inusitado gracias a su plataforma electoral que, aunque limitada, es clara y directa: se opone rotundamente a la acogida de refugiados –fenómeno al que sus dirigentes denominan “islamización” de Alemania– y al rescate financiero de la zona euro.

“Con la entrada de AfD al Bundestag tendremos un sistema parlamentario inclinado más a la derecha que a la izquierda y una cultura política que deberá defender más que nunca los valores básicos, como la justicia y la solidaridad, la dignidad humana, la tolerancia y la libertad”, dice a Proceso el politólogo y académico de la Universidad Libre de Berlín Gero Neugebauer.

Y es que la presencia por primera vez en décadas en el Bundestag de un partido con las características de AfD –populista, ultraconservador y xenófobo– reconfigurará, sin duda, la política alemana.

Con Neugebauer coincide el también politólogo alemán Timo Lochocki: “Por un lado preveo que el estilo racional, tranquilo y poco emocional de la política alemana cambiará. El debate parlamentario se volverá más fuerte e intenso porque este partido es retóricamente muy agresivo. Queda por saber cómo reaccionarán los otros partidos y qué tan fuerte será este cambio, pues aún hablamos de un partido pequeño.

“La segunda consecuencia es que la formación del gobierno va a ser más complicada. Todo indica que habrá seis partidos representados en el Parlamento, lo que significa que será más difícil formar una coalición de gobierno estable en caso de que no se quiera repetir la Gran Coalición (la de los dos partidos mayoritarios: la Unión y el SPD)”, explica Lochocki, también miembro de la Fundación German Marshall de Estados Unidos.

Tufo xenófobo y racista

En un inicio AfD se presentó como un partido liberal-conservador cuyo eje principal giraba en torno al tema económico y la desaparición del euro. Ahora –tras pugnas internas– se ha colocado en el extremo derecho del espectro político. Destila un tufo xenófobo y racista.

Recién creado en 2013, sus fundadores planteaban acabar con el rescate de las economías europeas en crisis, como la española o la griega, y volver al marco, la moneda nacional alemana. Con esa bandera hicieron un primer intento por ingresar al Bundestag en las elecciones de ese año, pero no les alcanzó el 4.7% de los votos que obtuvieron. Para poder ganar escaños se necesita un mínimo de 5% de los sufragios.

Entonces muchos observadores y analistas políticos pronosticaron el fin del partido, pero un factor no previsto no sólo lo sacó a flote, sino que lo hizo crecer: la llegada masiva de refugiados a Alemania durante 2015 y el descontrol que ello trajo a las administraciones locales de los distintos lands (estados), que no se daban abasto para enfrentar el reto que implicó acoger a cerca de 1 millón de personas, lo que generó miedo, desconfianza y enojo en una parte de la población.

La situación fue aprovechada por grupos de corte xenófobo y racista, cuya cara más visible fue el movimiento Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente, surgido en la ciudad oriental de Dresden. Semana tras semana, cientos de inconformes se manifestaban contra la política de Merkel y la presencia de los refugiados en suelo alemán. Llegaron a ser miles.

En ese contexto, AfD encontró no sólo la columna vertebral de lo que sería su plataforma electoral, sino un amplio nicho de electores que, enojados e inconformes, se fueron uniendo al partido a medida que éste viraba más y más a la derecha.

Al tiempo que el partido cosechaba pequeños éxitos electorales en algunos parlamentos regionales, la disputa por el control interno de éste comenzó entre sus alas moderada y radical. La última terminó imponiéndose en su congreso nacional en julio de 2015 y comenzó con ello una nueva etapa para AfD.

El abierto y poco disimulado discurso de miedo ante la presencia de inmigrantes y refugiados en el país se fortaleció luego de lamentables sucesos, como el ocurrido 31 de diciembre de 2015, durante los festejos por la llegada del Año Nuevo en la ciudad de Colonia, cuando cientos de mujeres fueron robadas y violadas por hordas de hombres, muchos de los cuales fueron identificados por las autoridades como solicitantes de asilo. A ello se sumó la serie de ataques terroristas en Francia, Bélgica, Inglaterra, España y la propia Alemania, protagonizados también por ­refugiados.

Así, en menos de dos años AfD logró lo impensable: incrustarse en 13 de los 16 parlamentos estatales. En algunos casos –como en Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania– son la segunda fuerza ­política.

Polémicas y provocaciones

Aunque niegan ser un partido de extrema derecha y corte neonazi, el coqueteo de AfD con estas tendencias es permanente.

Pareciera que una de las tácticas de la fórmula de su éxito es la polémica y provocación con propuestas y expresiones que comulgan con estas corrientes.

Dos ejemplos: Alexander Gauland, una de las dos cabezas de la lista de candidatos de AfD, protagonizó un escándalo el año pasado al hablar de la estrella de futbol y seleccionado nacional Jérome Boateng, de origen ghanés. No dudó de sus cualidades deportivas, pero aseguró que nadie lo querría tener como vecino (por su origen extranjero y su color de piel).

Más aún, a sólo unos días de la elección, la prensa alemana reveló unas declaraciones hechas por Gauland en un mitin a principios de este mes, en las que asegura que los alemanes tienen derecho a estar orgullosos de los logros obtenidos por los soldados en ambas guerras mundiales. Eso incluye, por supuesto, a los nazis.

En tanto, su compañera de fórmula, la economista Alice Weidel, tampoco se ha librado de la polémica. Los medios alemanes revelaron también el contenido de un correo electrónico que habría escrito ella en febrero de 2013 en el que utiliza un lenguaje racista que recuerda al utilizado por los nacionalsocialistas hace más de 70 años. De “cerdos”, “marionetas de los poderes triunfadores de la Segunda Guerra Mundial” y de “enemigos de la Constitución”, califica la política a los miembros del gobierno de Merkel.

Si bien no se puede calificar a todos los seguidores de AfD como extremistas de derecha ni neonazis, la realidad es que una gran parte de ellos se acerca mucho a esta tendencia.

Los votantes del partido son una mezcla heterogénea con posturas que van desde la economía liberal y el populismo que quiere acabar con las élites políticas, hasta nacionales conservadores o ciudadanos simplemente indignados y molestos con las decisiones políticas y el fracaso de éstas. Pero también existen los de extrema derecha.

“No podemos afirmar que los votantes de AfD sean de derecha extrema; al contrario, la mayoría son populistas de derecha, aunque dentro de las cabezas del partido sí hay algunos que se pueden catalogar de extremistas o enemigos de la Constitución”, explica Lochocki.

El analista explica la diferencia entre ambas corrientes: “La extrema derecha es totalmente antidemocrática, quiere terminar con ella (la democracia); en cambio los populistas van contra los partidos establecidos, pero dentro de un marco democrático y no buscan salir de él”.

–¿Cómo se le puede explicar al mundo el ingreso de un partido como AfD en el Bundestag?

–Por un lado, la gente piensa que el país ha gastado demasiado dinero en la eurozona y que además ha recibido a muchos refugiados. Y por el otro, y aún más importante, esa misma gente tiene la certeza de que la preocupación que eso les genera no es tomada en cuenta ni considerada por los partidos políticos establecidos. Cuando la canciller Merkel señala que su política en la eurozona y con los refugiados es la correcta, hay muchos ciudadanos que se preguntan: “¿Y quién se ocupa de nosotros?”, señala Lochocki.

Y agrega: “No se puede olvidar que estos dos temas –la política económica europea y migratoria– han sido decisiones políticas trascendentales para el país, sólo comparables quizá con la reunificación alemana. Alemania ha invertido mucho dinero en la eurozona y también acogió a muchos inmigrantes. Que eso haya sido políticamente correcto, puede ser. Pero mucha gente se sintió afectada con ello y les ha tomado tiempo entender lo que pasa. Tienen miedo de perder sus ingresos –porque piensan que el dinero se va fuera– y de perder su cultura, por tanto ­inmigrante.

“Tenían la esperanza de que los grandes partidos los tranquilizaran con explicaciones que nunca llegaron. La única respuesta de los grandes partidos es: la eurozona tiene que ser estable, no hay alternativa, y Alemania tiene que estabilizarla con su poder. Eso ha rebasado a muchos electores que no entienden por qué sus grandes preocupaciones no han sido tomadas en serio.”

Pese a todo, otro mandato

A pesar del enojo de un sector de la población y el crecimiento exponencial de AfD, lo curioso es que la canciller Merkel sigue, según las encuestas, firme para un cuarto periodo de gobierno.

Cuando a finales de enero de este año Martin Schulz fue designado candidato del SPD para arrebatarle el puesto a Merkel, los medios pensaron que estaban frente a un fenómeno que, como bola de nieve, crecería y sería la avalancha que acabaría con los 12 años de gobierno de la canciller.

Incluso días después de su elección como candidato, las encuestas llegaron a colocarlo por encima de Merkel para el caso de una elección en la que se eligiera por voto directo al nuevo canciller.

Pero las expectativas fueron muchas y muy altas. A menos de que suceda una situación extraordinaria, Schulz no podrá evitar que la Unión triunfe este domingo 24.

El nuevo triunfo de la que es considerada la mujer más poderosa del mundo se basará, sin embargo, no sólo en la incapacidad de su principal contrincante en imponerse y convencer al electorado. Hay una serie de factores, internacionales y nacionales, que la mantienen firme y hacen que muchos alemanes la consideren la persona idónea para seguir gobernando una de las potencias mundiales.

“Es una mujer que ha acumulado ya 12 años de experiencia política, que tiene bien controlado a su partido y sin rivales en él, que domina las reglas, que sabe esperar y confía porque sabe que Alemania es un país política y económicamente estable”, asegura Neugebauer.

Además, el complejo y difícil contexto internacional suma a su causa y la dota de un halo de liderazgo y fortaleza dentro y fuera de Alemania.

“Merkel sabe dar la impresión de que crisis como la de los refugiados la tiene dominada; con su serenidad también proyecta que personajes como Donald Trump no la impresionan o situaciones como el Brexit no la hacen sentir insegura”, ­señala.

Ese pragmatismo de Merkel es el que, si nada ocurre, la mantendrá cuatro años más a la cabeza de Alemania. Luego de este domingo 24 su problema será buscar los consensos para formar una coalición de gobierno estable. Las posibilidades: un gobierno tripartita acompañada de los verdes y liberales, o repetir la Gran Coalición en compañía de los socialistas. Lo que sí queda excluido de entrada es una sociedad con AfD.