Desde la noche del jueves 7 Juchitán se ve desolado. Sus habitantes resisten, refugiados en campamentos improvisados. Desde ahí observan a las autoridades que los visitan, hacen sus promesas, se toman selfies y luego se van. La escena se ha repetido durante 10 días y hasta ahora ni siquiera han sido capaces de cuantificar los daños. Golpeados y ninguneados, los juchitecos están escribiendo su historia y lo hacen desde la tragedia; solos y en silencio.
Juchitán, Oax.– La ciudad es un inmenso campamento entre los escombros.
Desde la noche del jueves 7, en las nueve secciones –como llaman los lugareños a las colonias antiguas– cada manzana se convirtió en un campamento improvisado donde todos se cuidan, vigilan sus pertenencias y a sus animales.
Hoy, un tercio del caserío del municipio de 98 mil habitantes es inhabitable. Los afectados pasan las horas en el patio de lo que fue su vivienda; otros deambulan entre el cascajo, inmersos en el polvo que se adhiere a su piel e inunda sus pulmones. Muchos acuden a los centros de salud –unas precarias carpas–, tan dañados como ellos.
Diez días después del demoledor sismo los juchitecos miran con desconfianza a los extraños, incluidos los reporteros. Lo hacen en silencio. Tienen sus razones: la rapiña, las balaceras y el presunto robo de niños aumentan su inquietud.
El lunes 11 por la noche, desde los altavoces callejeros colocados por doquier se expandió el rumor sobre los presuntos raptos, aunque hasta ahora no se ha comprobado ninguno. Tampoco se sabe si las balaceras fueron reales. Desde entonces cunde la psicosis. Nadie quiere moverse de su entorno.
Frente a la Parroquia del Señor de Esquipulas, Felipe se convirtió en guardia vecinal. Como él, los vecinos van armados con palos, piedras y llevan un silbato que tocan cada hora. Cuando lo hacen, las calles de la Sección Séptima se llenan de los agudos sonidos que los espabilan.
En esa zona donde la inseguridad es proverbial no entran la policía ni el Ejército. Por desgracia tampoco llegan la ayuda ni los trascabos para retirar los escombros, menos aún los burócratas que acompañan al presidente Enrique Peña Nieto, a sus colaboradores y al gobernador Alejandro Murat.
Quienes sí han acudido, por lo menos a Sección Quinta, son los socorristas y activistas que el pintor Francisco Toledo envió, así como los maestros de la Sección XXII, comenta doña Enedina, quien vive en esa desolada zona.
La noche del martes 12 un todoterreno negro con placas de la Ciudad de México escolta dos camiones de caja cerrada. En el vehículo va un grupo de amigas con despensas que reparten entre los damnificados, desplegados por las calles y callejones aledaños al cruce de Insurgentes y Libertad.
Los alimentos no alcanzan. Una cuarta parte de los vecinos se resigna a retornar a sus casas con las manos vacías. La escena se repite cada que llegan las colectas ciudadanas.
Los profesores de la Sección XXII, más organizados, reparten sus despensas casa por casa para evitar esos episodios. Francisco Toledo mandó colocar 30 comedores comunitarios, repartidos en todas las secciones.
En cada manzana las mujeres también preparan comida para todos y esperan la ayuda que el miércoles 13 prometió el gobernador Murat y difundió el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio, a través de sus redes sociales.
“Show” de promesas y “selfies”
El fin de semana antepasado, horas antes de que los cinco helicópteros de la Secretaría de la Defensa aterrizaran en Santa María Xadani, una pipa descargó agua sobre el descampado. La movilización priista permitió un acceso seguro al convoy de camionetas que se internaría en esa cabecera municipal que recibía la comitiva presidencial. Iba casi todo el gabinete, así como la consorte del presidente Enrique Peña Nieto, Angélica Rivera.
Territorio vedado para él, en una semana Peña Nieto ha ido a Oaxaca el mismo número de veces que durante sus cinco años de gestión, siempre bajo un riguroso control logístico que lo aísla de la población; siempre cargado de anuncios para atender a los damnificados.
A Rivera, a quien los habitantes de la comunidad zapoteca llaman Gaviota, en alusión a la telenovela que protagonizó, le pedían tomarse una selfie con ellos.
Y las selfies se multiplicaron, lo mismo con Rosario Robles, la encargada de repartir las despensas, con José Narro, el secretario de Salud, y con Murat.
Dos horas –no tres, como indicaron los comunicados oficiales– bastaron para que Osorio Chong realizara su transmisión en vivo. En ese lapso Rivera, enfundada en su conjunto negro y botas, convivió con la gente y Peña Nieto lanzó “de manera respetuosa” un mensaje a los medios de comunicación:
“Si bien es cierto que recogen los testimonios, las necesidades que hay en la población, yo les quiero pedir en forma respetuosa a los medios de comunicación que se incorporen a esta labor de solidaridad, mayor conciencia de los daños y las afectaciones que hay en estas dos entidades (Oaxaca y Chiapas) y que, más que volvernos señaladores y críticos de lo que falta, seamos parte todos de la solución.”
Durante la semana pasada, las pasarelas de funcionarios dejaron en evidencia que, más allá de los llamados a la solidaridad, no había ninguna estrategia.
El martes 12, el titular de Educación Pública, Aurelio Nuño, anunció que se reconstruirá el emblemático Centro Escolar de Juchitán, que sucumbió ante el sismo. Aunque hay cerca de 500 escuelas dañadas en la región, Nuño convocó a conferencia de prensa para anunciar la reconstrucción de ese centro.
Antes del anuncio el funcionario federal posó ante los trascabos y anunció que la tarde de ese martes 12 comenzaría la demolición del inmueble. Fue puro show, pues las máquinas sólo encendieron sus motores para el evento, lo que irritó a los juchitecos.
Al cierre de edición Nuño no sabía cuándo serán reparadas las escuelas dañadas. Y en la Base Área de Ixtepec, Murat anunció que levantaría un censo para evaluar los daños, incluido el número de viviendas afectadas y los daños a la infraestructura. En cuatro días se conocerán los resultados, dijo.
Sin embargo, no fue sino hasta el viernes 15 cuando los burócratas asignados por Murat comenzaron a recorrer las calles de las nueve secciones juchitecas.
Hasta ese día se desconocía la cifra de muertos. Murat afirma que fueron 76, pero no indicó los lugares. Consultado al respecto, el coordinador de Comunicación Social del gobierno estatal, Alfonso Martínez, tampoco supo responder.
El horario de Dios y Jehová
Si alguien se propusiera buscar símbolos para ilustrar el desastre istmeño, los encontraría todos: desde la famosa imagen del hombre que levantó de entre los escombros del ayuntamiento la bandera nacional, pasando por la fractura al templo del Señor de los Milagros, las cúpulas y campanarios rotos, las cadenas inspiradas en el cambaceo que acentúan la pobreza…
Los istmeños suelen desdeñar el horario de verano que, dicen, se impone con fines energéticos. Cuando se le pregunta la hora a alguno de ellos, menciona el horario de verano y el de Dios.
El 7 de septiembre a las 22:38 horas, horario de Dios, la casa de Jehová –un cargador de 29 años y numerosa familia– se sacudió con furia. Con su esposa, madre, hermanos, cuñadas, sobrinos e hijas –20 personas en total–, Jehová se refugió al lado del chiquero.
Desde ahí, abrazados, vieron caer su vivienda. Lograron salir por un hueco de la maltrecha fachada.
–¿Por qué no se fueron al albergue? –se les pregunta.
–Porque mi suegra tiene dos cochinos y, para evitar que se los robaran, nos quedamos con ella –responde la esposa de Jehová.
Ahora la familia se queda en un jacal de cartón y tablas. Jehová está desempleado, como miles de istmeños.
Los oficiales de la Fuerzas Armadas, integrados al Plan DN-III y su equivalente en la Marina se desesperan. Hacinados en los jardines del Instituto Tecnológico de Juchitán, un mando operativo de Marina, el capitán Armando Segura, afirma que desde el sábado 9, cuando terminó el rescate, intentan convencer a la población de que vaya a los albergues. Nadie les hace caso.
En cada barrio se observan pilas de electrodomésticos, ropa, equipos de cómputo, pero sobre todo imágenes de los santos que adornaban los altares caseros.
Los secretarios de Estado y el gobernador Murat piden a diario a las organizaciones civiles que entreguen sus acopios a las Fuerzas Armadas. Los juchitecos se indignan. Dicen que los soldados no entran, que los políticos capitalizan todo para las campañas electorales.
Y ponen ejemplos: la alcaldesa Gloria Sánchez y su personal sólo reparten despensas en sus bastiones. Ella rechazó la acusación. A su vez, operadores del secretario del ayuntamiento, Óscar Cruz López –dirigente histórico y cacique del PRD–, fueron sorprendidos cuando descargaban dos camiones con despensas en su casa.
Los sobresaltos
Las réplicas se reproducen con mayor o menor intensidad, sacudiendo los fracturados muros de viviendas semihabitables o aquellas tan cuarteadas que nadie quiere pisar y contemplan desde afuera.
Un sismo de 5.4 grados vuelve a sacudir la tierra zapoteca y Sonia Castillo se levanta angustiada. Aprisiona con fuerza a su bebé. La noche del sismo murió su marido Ignacio Chávez López; mientras habla de las dificultades con que enfrenta la tragedia, el sismo pone a todos en alerta. Y, como Sonia, el territorio istmeño vive en el horror por las réplicas y nuevos registros sísmicos.
Más tarde, en la pantalla que funciona en un callejón de la Sexta Sección, los vecinos se angustian el miércoles 13 ante una noticia: hay alerta por la llegada del huracán Max que podría afectar el Istmo. Juchitán, simétrico su trazo urbano, suele ver convertidas sus calles en avenidas de agua, por el declive de la urbe y por lo desbordamiento del río Perros que lo atraviesa en parte.
Los apagones se multiplican. A veces son prolongados y los murmullos pronto alimentan la psicosis. El día del sismo, dice un taquero de la Central Camionera la noche del jueves 14, también se fue la luz y era como esta hora, las 22:00 horas, horario de Dios.
La Comisión Federal de Electricidad informó que había una línea de transmisión, procedente de Guerrero, afectada por el huracán. Finalmente, cuando la hora del sismo llegó a una semana de distancia, la energía eléctrica estaba
reestablecida.
El registro asistencial de Murat
Una semana después del sismo comenzaron los chubascos. Las calles se anegaron. En el Centro de Salud de la Quinta Sección de Juchitán, en las improvisadas carpas dos médicos de guardia muestran su preocupación por el probable aumento de pacientes. Cada uno atiende a 60 personas y no se dan abasto.
Los días posteriores al sismo, los juchitecos empezaron a descombrar con sus manos los predios donde estuvieron sus casas. Unos buscaban sus tesoros familiares; otros lo hacían para matar el tedio.
Don Ernesto –un anciano que sintió morir cuando abrazaba un árbol de mango en su corral– montó su “albergue” en la vía pública, con una serie de toldos. Apenas terminó de sacar los escombros, se fue al Foro Ecológico Juchiteco, el lugar donde la gente pide ayuda y que se agilice el censo. Ya ha ido tres veces.
En las secciones recorridas por Proceso todos asumen que el censo prometido por Murat es un sólo registro asistencial. Por eso en cada barrio ruegan a los encargados de llenar formatos que pasen por sus viviendas dañadas.
La respuesta de los empleados gubernamentales en campo y en el Foro Ecológico es que deben esperar en sus domicilios, que debe haber alguien siempre ahí para que llene el formulario.
Fue el viernes 15 por la mañana cuando Murat y su comitiva arribaron a la Primera Sección, flanqueados por el Ejército. Comenzaron a entregar despensas y a “explicar” el proceso de censo. Pidieron a los damnificados no desesperarse.
La alcaldesa Gloria Sánchez dijo que apenas llegaban a 50% del registro y, para justificar que nada tenía que repartir, aseguró que los gobiernos estatal y federal nada han dado al ayuntamiento.
A unas calles del recorrido de Murat se observa una fachada que parece estable. Se observa un montículo de escombros encima del cual destacan dos esculturas cercenadas conocidas como Tanguyú, la representación en barro de la mujer juchiteca en traje típico.
Teresa Molina, una anciana zapoteca, dice que son sus reliquias, las heredó de sus abuelas y las colocó así. Dice sentirse orgullosa porque con su casa destruida –nada más la fachada se salvó– quiere decir que las juchitecas se levantan solas de entre los escombros.








