Otro monumento a Jorge Marín

Indiferente ante los retos artísticos y las responsabilidades políticas y económicas que definen actualmente al arte público contemporáneo, el gobierno de la Ciudad de México, encabezado por Miguel Ángel Mancera (CDMX, 1966), no sólo ha promovido exhibiciones temporales tan descaradamente mediocres como las recientes de José Sacal y Rodrigo de la Sierra en la Alameda Central, sino que ha permitido la presencia y adquisición de esculturas permanentes que, si bien son eficaces como escenografías fotográficas, carecen de valores artísticos.

No dignifican a la Ciudad de México como urbe creativa a nivel nacional ni internacional. En concreto, me refiero a la evidente y discrecional preferencia por el escultor Jorge Marín.

Nacido en 1963 en Uruapan, Michoacán, Jorge Marín  ha desarrollado una poética sensualista, simplista y efectista que se basa en la recreación de la imaginería veneciana renacentista vinculada con las aves. Seguros de que la peste era transmitida por los pájaros, los venecianos crearon una iconografía en la que sobresalen las máscaras con picos de aves –también conocidas como máscaras de la peste–, que utilizaban los médicos encargados de combatir la enfermedad. Con una cuidadosa factura que sin ningún riesgo creativo se refiere a lo ya conocido y admirado, Jorge Marín impactó en un nicho de espectadores y compradores conservadores que se conforman con la apariencia de lo nuevo de lo viejo.

Ignorado –y con justa razón– por las principales instituciones museísticas del gobierno federal, Jorge Marín encontró en la ignorancia artística de los gobiernos de la CDMX de Marcelo Ebrard (2006-2012) y Miguel Ángel Mancera (diciembre de 2012 a la fecha), el apoyo para su proyección legitimatoria nacional e internacional.

Si bien el beneficio de utilizar el espacio público como galería lo obtuvo en 2010 –exhibición temporal Alas de la ciudad en la zona museística del Paseo de la Reforma–, su invasión de la CDMX con obras permanentes se ha desarrollado durante el gobierno de Mancera: Ángel de la seguridad social en el cruce de Paseo de la Reforma y Burdeos en 2013; Alas de México en el cruce del Museo de Antropología y Paseo de la Reforma en 2014; Perseidas y Archivaldo en el Aeropuerto de la Ciudad de México en 2015; y Alas de paz que, desde el pasado mes de julio se exhibe en la Plaza Juárez, contrastando por su mediocridad con el espléndido relieve en mosaico que realizó David Alfaro Siqueiros en 1953 para la fábrica Automotriz Chrysler.

Realizada en 2016 con deshecho de armamento obtenido de las armas recabadas y destruidas en el programa “Por tu familia, desarme voluntario”, la escultura es una ambigua y pésima propuesta que oscila entre el enaltecimiento de las armas y la referencia visual al trono de hierro de la famosa serie televisiva Juego de tronos.

Sumamente diferente de los espléndidos proyectos que desde 2008 ha realizado el mexicano Pedro Reyes con armas decomisadas –en los que el concepto artístico se basa en la transformación del uso de las armas–, la propuesta de Jorge Marín no puede ocultar la ausencia de un concepto de valor artístico que rebase tanto la banalidad escenográfica como el irresponsable apoyo que ha obtenido del jefe de Gobierno.