Buenos Aires.- La crispación está latente. Cualquier tema de la agenda política puede desatar una escalada verbal imprevista. No hay disenso calmo entre aquel que opina que el gobierno debe usar la fuerza pública para disolver piquetes y el que cree que hay que ofrecer a los manifestantes una solución viable.
El debate político es un componente esencial en la vida cotidiana de los argentinos. En los últimos años, sin embargo, la polarización discursiva ha llevado a un distanciamiento entre parientes, amigos, compañeros de trabajo, parejas. Este clima de división en la sociedad argentina tiene nombre. En la prensa y en la calle se habla de “la grieta”. Ésta se alimenta de un sector social que apoya de manera implícita o directa al gobierno de Mauricio Macri y de otro que defiende lo hecho por Néstor y Cristina Kirchner. Los primeros acusan a los segundos de ser corruptos y vivir a expensas del Estado. Los segundos acusan a los primeros de ser corruptos y gobernar para los ricos. Ambos se ven a sí mismos como representantes del futuro en su lucha contra el pasado.
“La grieta” vive en los medios. En muchos programas de periodismo político se privilegian elementos que añaden combustible al fuego. El formato que se asume es el de los reality shows del espectáculo. Confrontación, interrupción, agravio. El análisis se disuelve en el impacto del momento.
Las redes sociales y los foros de opinión están plagados de fervor acrítico para el sector propio y mensajes insultantes para el ajeno. Se acusa al actual gobierno de operar campañas sucias como antes se acusaba al saliente. La palabra troll es una de las preferidas entre los comentaristas virtuales. Se usa a modo de epíteto. Reduce a compromiso pagado el posicionamiento ideológico del otro.
La división salpica incluso la figura de Francisco. El Papa argentino –que recibió a Cristina Kirchner distendido y a Mauricio Macri con gesto adusto–, envió un rosario a la dirigente social Milagro Sala, encarcelada de manera arbitraria en la provincia de Jujuy. Francisco ya visitó México, Cuba, Brasil, Ecuador, Bolivia y Paraguay. El año próximo estará en Chile y Perú. Ha vuelto a descartar un viaje a Argentina. Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de las Academias Pontificias en el Vaticano, asume que Francisco no visita su país natal para no avivar las divisiones. “Supongo que es la explicación: no va para no ampliar esa grieta. Estará esperando el momento adecuado”, dijo a Clarín el 2 de julio.
Raíces
Quienes apoyan al actual gobierno acusan al kirchnerismo de haber generado “la grieta”. De hecho Ernesto Laclau, un filósofo de culto, defendía la necesidad de que un gobierno populista estableciera como forma de gobierno un permanente estado de confrontación.
“La grieta” tuvo su momento más candente con “la crisis del campo”. Apenas asumido su primer mandato, en diciembre de 2007, Cristina Kirchner intentó aumentar los impuestos sobre la extraordinaria renta del sector agrícola. Los productores desabastecieron a las ciudades. Los grandes medios, hasta entonces condescendientes con el kirchnerismo, empezaron a demonizarlo. Acusaban a la expresidenta de promover el personalismo, el lenguaje bélico, el clima de epopeya para cautivar a sus simpatizantes. Al día de hoy estos medios no ahorran esfuerzos para lograr que Cristina Kirchner sea encarcelada.
“No creo que ‘la grieta’ sea una oposición entre neoliberalismo y populismo. Ninguna de esas dos etiquetas me parecen claras en su distinción. ‘La grieta’ no designa una división contemporánea sino que más bien reedita contrastes antiguos”, dice a Proceso Marcelo Leiras, director del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de San Andrés.
“Uno de ellos es la distinción entre peronismo y antiperonismo, que es en realidad una disputa por la distribución del ingreso, y que las políticas con aspiración redistributiva que llevó adelante el Frente para la Victoria (kirchnerismo) reeditó”, sostiene.
La segunda oposición se da, a su juicio, entre los partidarios y los opositores a la última dictadura. La decidida impugnación de esta etapa por parte del kirchnerismo generó un rechazo visceral entre quienes tienen una postura favorable o simplemente distinta. “Es una posición que no se articula en público, porque no hay un discurso que permita defender la experiencia de la dictadura”, dice Marcelo Leiras.
“Pero se revela en las discusiones acerca del castigo por las violaciones a los derechos humanos. Hay gente que cree que la represión en algún sentido fue necesaria, y que el castigo a quienes la llevaron adelante es injusto, o que debería equilibrarse, de algún modo, con el castigo a quienes participaron de organizaciones revolucionarias armadas. Y todo eso me parece que no expresa otra cosa que cierto favor respecto a la experiencia de la dictadura”, agrega.
La historia argentina está atravesada desde sus inicios por las grandes divisiones. A la Independencia le siguieron décadas de lucha entre quienes querían un país federal y quienes apoyaban el centralismo de Buenos Aires. Entonces se consideraba que la llave de la gobernabilidad era la aniquilación del contrincante. El máximo líder popular del siglo XX, Juan Perón, fue proscrito 18 años. La dictadura superó la crueldad pasada. Hoy la discrepancia se canaliza a través del voto y de la discusión política.
“Unir a los argentinos”. Este fue uno de los tres objetivos prioritarios que Mauricio Macri se fijó durante la campaña electoral que lo llevó a la Presidencia en 2015. Muchos suponían que la salida de Cristina Kirchner del poder atenuaría la crispación en el debate público. No ha sido el caso. De cara a las elecciones legislativas de octubre, la polarización se presenta como un elemento importante dentro de las estrategias políticas del gobierno y de la oposición kirchnerista.
“Es un recurso político histórico para licuar el medio término y blindar a los respectivos públicos. En la profundización de ‘la grieta’, las identidades políticas quedan más marcadas y son más inmunes a la recepción de mensajes políticos adversos”, dice a Proceso el consultor político Carlos Fara, director de Carlos Fara & Asociados. “’La grieta’ se activa agitando prejuicios históricos, que se van realimentando a partir de la interpretación de hechos concretos, de modo que cada coyuntura puede servir a que se recree de manera constante”, explica.
“Es constitutivo de la política asignar amigos y enemigos. Es el modo en que uno define la posición propia, los apoyos y los contrastes”, explica Leiras. “El que lo hace de un modo tal que refuerce más la posición de los propios y neutralice a los contrarios es el que se impone”, dice. “En ese sentido el Frente para la Victoria (kirchnerismo) siempre ha sido muy eficaz. Y lo que no consigue hacer Cambiemos (oficialismo) es proponer un modo distinto de leer las divisiones sociales. Esto lo debilita y lo hace dependiente de las definiciones políticas de Cristina Fernández, que siguen siendo las dominantes, al menos en la organización del discurso respecto de la política”, enfatiza.
Las elecciones de los últimos años muestran, sin embargo, que “la grieta” no tiene un correlato expreso a la hora de votar. El consultor Fara cree que su incidencia en las elecciones venideras no será determinante: “Porque es una elección legislativa, donde se tiende a una despolarización, porque la mayoría no quiere ‘la grieta’, porque el gobierno ha dejado de alentarla, y porque Cristina hace campaña sin que ella misma sea el foco, lo cual distiende un poco el escenario”, opina. l








