La electrizante puesta en escena de Travesía del legendario grupo Barro Rojo nos lleva por el sinuoso camino al infierno a través de la Bestia, monstruo terrible que devora a sus vástagos en el peregrinar por la búsqueda de la vida, movimiento perpetuo del ser humano para encontrar su subsistencia.
Aquí en ese tiempo-espacio, 14 jóvenes bailarines, la nueva generación de Barro, se enfrentan y confrontan en un ámbito poético fragmentado en historias penetrantes de dolor y soledad, plagadas con violencia estúpidamente humanas. La visión de los coreógrafos es trágica y brutal, danza-teatro plagada de un expresionismo onírico que nos remite a una reflexión sobre la realidad sin concesiones. Aplastante situación que obliga al hombre a buscar su ciego destino sin futuro, sólo un duro presente y un pasado que bloquea los sentimientos experimentados, no hay litigio ante él.
Barro Rojo nos arroja un grito de dolor e indignación que nos devela la paradoja vivida en la noche de festejo en Bellas Artes. Memoria viva de una trayectoria vibrante de emociones estéticas en el camino al festejo por sus 35 largos años de existencia y resistencia.
Con sus constantes golpeteos, Travesía nos azota la conciencia y nos recuerda que el arte tiene un sentido y conlleva un compromiso con su contexto cultural y, claro está, con su ideología y su proyecto político-artístico. La danza recobra su lenguaje esencial en este montaje, el movimiento y el trazo concuerda con la capacidad expresiva de los 14 jóvenes intérpretes; así, Barro Rojo se revitaliza con radiante vigor y renovada energía; los coreógrafos, sin ninguna concesión de moda, Laura Rocha, Francisco Illescas y Miguel Gamero, sostienen este trabajo en su dramaturgia.
En ella, fundamentan una concatenación de historias planteadas a través de imágenes yuxtapuestas, llenas de escalofriantes metáforas, como la fatídica imagen del túnel que asemeja una tumba, espacio vacío sin retorno, sin tiempo, impregnado de absurda resignación sin sentido: ahí la esperanza fenece quieta en su condición histórica, provocada por un sistema depredador que consume a sus pobladores, que los aplasta con la bella y escalofriante imagen donde el universo se desmorona ante nuestros ojos.
La desnudez del teatro y los reflectores nos convocan a ese caos con la fascinante iluminación de Javier Rodríguez y las delirantes atmósferas sonoras de Philip Wesley. En este periplo hay personajes que recorren la Travesía, encarnación del vivo rencor de los expulsados, de los vomitados por ese hoyo negro que es la significación real de nuestro entorno social y político, país que dejó de existir porque todos fuimos cómplices, culpables de la confusión apática.
La alucinante imagen del muro desnudo del teatro de Bellas Artes fue pintado con la sangre de los que allí quedaron en el intento del sueño americano, de aquellos que no pudieron escalar ese modo de vida al maligno progreso del consumo; con ellos perdimos la historia, la cultura y la lengua, y no ganamos la perversa ilusión de alguna vez ser gringos, miembros del primer mundo. Ahí, en ese espacio creado por el “big brother”, todos somos víctimas de una espiral violenta, lo único que nos dejan es el recuerdo de la deslumbrante belleza onírica de la invocación de nuestra cultura chamánica, ritualizada por la evocación final de la Danza del Venado, confrontación contemporánea de la paradoja tradición-modernidad.
En este resquicio mítico, atisbamos un pequeño rayo de luz y esperanza, en ese delicado rayo viajan a través del tiempo los 35 largos años modelando el Barro Rojo de la vida…








