Junto con la fundación Japón en México, la Cineteca Nacional organiza una retrospectiva sobre Mikio Naruse, con once películas de su etapa parlante realizadas durante las décadas de los cincuenta y sesenta, hasta su muerte en 1967.
El director trabajó incansablemente durante 37 años, ensayó varios géneros pero se especializó en el llamado “shoshimin eiga”, el cine interesado en mostrar el aspecto cotidiano de la vida urbana, de gente común; ahí el artista encontró la materia prima de su obra, el clima de la posguerra, la derrota, la ocupación y el precio de la reconstrucción.
Cualquier estudio o comentario sobre Mikio Naruse insiste sobre dos temas: el primero, el descubrimiento tardío en Occidente –obnubilado con la gran triada de Kurosawa, Ozu y Mizoguchi–, que leía los dramas domésticos de Naruse como poco exóticos y cercanos al Hollywood de entonces, dramas que por su parte los distribuidores japoneses consideraban demasiado sombríos para exportación.
El otro tema es definirlo como el cineasta japonés de la mujer: Geishas, esposas, madres, trabajadoras, vendedoras, mujeres que asumen que para sobrevivir hay que desafiar las condiciones materiales y sociales, y luchar por sus propios ideales, aunque nada garantice el éxito. En Cuando una mujer sube la escalera (1960), Keikosan (Hideko Takamine) detesta beber y fingir contento con los clientes, pero cada día sube con empeño las escaleras que conducen al bar que regentea; una esposa frustrada (Setsuko Hara) debe asumir la incapacidad de su marido para apreciarla y entenderla en El almuerzo (Meshi, 1951)); de las geishas que han perdido su primor, una trabaja de limpiadora, otra de portera, otra es prestamista, en Crisantemos tardíos (Bangiku, 1954).
En la obra de Fumiko Hayashi y en su guionista Yoko Mizuki, Naruse descubre la voz y la fuerza inteligente para narrar sus historias; Hayashi (1903-1951)), cuya autobiografía sirve de base para Crónica de una trotamundos (Horoki, 1962), fue una mujer ejemplar que se impuso como novelista después de trabajar desde vendedora ambulante hasta hostess en un bar.
En los años de la posguerra, se hicieron cientos de melodramas para consumo de mujeres que ya salían a trabajar y podían pagar sus boletos; valiéndose de las mejores divas y actrices de su momento. Naruse, asalariado de los estudios de cine (Shochiku y Toho), teje dramas, liberados del maniqueismo de buenos y malos, donde expone el malestar y la desilusión de las promesas de democracia y progreso.
Verdaderos tapices tejidos donde nada escapa a la realidad y a las condiciones económicas del momento, las películas de este maestro del cine se admiran por su ritmo fluido, de costuras invisibles; su lenguaje cinematográfico funciona como un caleidoscopio que organiza varios puntos de vista en uno solo produciendo en el espectador el efecto de estar simultáneamente dentro y fuera de la pantalla








