“Picasso & Rivera” en el Palacio de Bellas Artes

Integrada por espléndidas obras de Pablo Picasso, Diego Rivera y el México Prehispánico, la exhibición Picasso & Rivera. Conversaciones a través del tiempo es una provocadora propuesta curatorial que permite realizar distintas lecturas sobre el concepto, el tipo de exposición y las actitudes museísticas ante la interpretación de sus propias colecciones.

Organizada entre el Museo del Palacio de Bellas Artes y Los Ángeles County Museum of Art (LACMA), la muestra explora el protagonismo que tuvieron las estéticas de la antigüedad greco-romana y prehispánica en la construcción de algunas estéticas modernistas de Picasso y Diego Rivera, respectivamente. Atractiva y didáctica en las narrativas visuales que abordan este planteamiento, la exposición, en su emplazamiento museográfico, establece comparaciones constantes –e innecesarias– entre ambos artistas que evidencian la superioridad creativa de Pablo Picasso.

Nacido en Málaga, España, sólo cinco años antes que Rivera (1886, Guanajuato, México), Picasso sobresalió por una audaz y cambiante exploración formal que se evidencia desde los autorretratos que inician la exhibición. Realizados en 1906, el del mexicano, a pesar de su excelente factura, se sustenta en un realismo convencional que contrasta con la innovadora y contundente síntesis formal e introspectiva del malagueño.

Dividida en cuatro secciones que abordan los estudios de piezas greco-romanas que hicieron los artistas durante sus años formativos (1894-1903), los años cubistas en Paris (1911-1915) y el desarrollo de lenguajes propios a partir de la reinterpretación de estéticas clásicas y prehispánicas (1921-1950), la exposición se impone por la calidad y belleza de las piezas.

Realizadas entre 1903 y 1937, entre las obras de Picasso destacan, además de la pintura del periodo azul Retrato de Sebastia Juñer Vidal (1903), las obras de su época neoclásica –el dibujo monumental La fuente (1921) y las pinturas La gran bañista (1921) y La flauta de Pan (1923)– y los espléndidos y discretamente eróticos grabados con minotauros de la serie Suite Vollard (1933-1937). De Diego Rivera sobresalen el cubismo de La niña de los abanicos (1913) y las apropiaciones de composiciones prehispánicas vinculadas con reinterpretaciones renacentistas: Día de las flores (1925) y su comparación con exquisitas esculturas mexicas de Chalchiuhtlicue (ca. 1200-1521). De una gran delicadeza en sus relieves y volúmenes, las piezas prehispánicas se imponen con esculturas en piedra y barro entre las que resalta el espléndido Mono con vaina de cacao del Golfo de México (900-1521). Sin tanta espectacularidad como las prehispánicas, entre las obras antiguas greco-romanas destaca la frágil y pequeñísima Venus en cristal de roca (100-1 a. C).

Concebida curatorialmente por Diana Magaloni, Michael Govan y Juan Coronel Rivera, la muestra provoca diálogos interculturales en los que la aceptación o el rechazo de la tesis planteada se diluyen ante el inevitable disfrute del arte.