Bueno como él solo para acuñar grandes frases, o etiquetas como “la cortina de hierro”, Winston Churchill, de abrigo, bastón y sombrero, aficionado al puro en todo momento, y a la pintura en sus ratos de ocio, ocupa un lugar legendario en la historia del siglo XX. Entre otras cosas por su resistencia contra Hitler y su papel en el Desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía. Natural o fabricado, el estilo de este estadísta británico, leal a la corona y a la grandeza colonial, es quizá demasiado fácil de imitar en el cine y la televisión. ¿Cuántos actores no lo han encarnado?
Parafraseando uno de esos apotegmas famosos, Churchill (Reino Unido, 2017), al veterano actor escocés Brian Coz le habrá costado “sangre, sudor y lágrimas” darle un tanto de sustancia a esa forma ya tan incrustada en la mente del público; en este sentido, su retrato, avivado por gestos faciales de alto comandante atormentado por la culpa de enviar a la muerte a miles de soldados, es irreproachable, sobre todo si se toman en cuenta las trabas del guión escrito por la historiadora Axel von Tunzelmann, quien para humanizar al icono no evita caer en el sentimentalismo.
Además de la buena interpretación de Brian Cox, este “biopic” –dirigido por un director que gusta de acomodarse con temas históricos (Un pasado imborrable, 2013)–, el australiano Jonathan Teplitzky se salva más por su ambición que por su logro.
La dimensión en que se mira este Churchill pocos días y horas antes de que se lleve a cabo la Operación Overlord (nombre clave del Día D), es trágica; aquejado por su tendencia depresiva (su black dog), en la reunión con el comandante supremo de las fuerzas aliadas, Ike Eisenhower (John Slatery) y Montgomery, el mariscal británico, el primer ministro se muestra pesimista y reticente debido al costo de recursos materiales y humanos; peor aún, en este momento culminante de la historia del siglo XX, detrás de su gran personaje, Churchill se halla en plena decadencia, explosivo, errático y subido en copas. En el micrófono, a la hora de dar su discurso, el gran hombre tendrá que elevarse a la altura de la circunstancia.
Así, no faltarían ingredientes de los dramas históricos de Shakespeare, la melancolía y la culpa de Enrique IV, la decadencia del rey Juan, a la vez que la aventura y la osadía de Enrique V. Pero el guion de esta brillante historiadora se embrolla con sentimientos maternales que se reflejan en la abnegada esposa de Churchill (Miranda Richardson) y en la aguantadora secretaria. El experimento de colocar a un personaje trágico en una situación melodramática, falla.
Hay que apostar ahora a la interpretación del camaleónico Gary Oldman en La hora más oscura, que se estrenará hacia finales del año, supuestamente con una postura más crítica hacia Churchill, héroe considerado en una encuesta de la BBC como la figura histórica más importante de su país.








