Señor director:
Me refiero al escrito “Claroscuros de López Obrador”, de Ernesto Villanueva aparecido en el número 2119 de Proceso. El analista comienza por atribuir hechos a Andrés Manuel López Obrador que nos constan a todos los que hemos seguido su trayectoria: no acumula riquezas y “lo anima un deseo auténtico de hacer una reforma en el diseño institucional del país tan grande como sea posible”.
Luego, afirma que el discurso de López Obrador es elemental y que le faltan formación, lecturas básicas y reflejos políticos en su interacción con los medios en “ambientes no controlados”.
Comienzo: López Obrador siempre habla y escribe sobre dos flagelos nacionales, la corrupción y la impunidad. Y le pregunto a Villanueva si esto ya se acabó en el país. Claro que no: no sólo no han bajado, sino que han aumentado, y es menester repetir ese hecho hasta el cansancio.
Critica usted a López Obrador respecto de una ausencia de formación. Sea usted más explícito: ¿qué conocimientos necesito si alguna vez quiero ser candidato a la Presidencia de la República? Pienso que sí se necesita una carrera profesional para aspirar a tan grande puesto, pero creo que lo más importante es que los aspirantes no roben y no dejen que otros roben.
Señala usted también la falta de lecturas básicas. Eso es más fácil: denos bibliografía. También escribe que López Obrador tiene un déficit de reflejos políticos en su interacción con los medios. En efecto, pero los periodistas son y deben ser acuciosos e incisivos. Tienen que irse a la yugular, pero deberían hacerlo con todos y no únicamente con López Obrador.
En su escrito usted menciona a José Cárdenas. Que sea o no mal periodista va de “asegunes” o de cómo le haya ido a cada quien en la feria. Yo tengo una muy desagradable experiencia con él. Seguramente usted recuerda que en 1986 hubo un megafraude en Chihuahua, orquestado por el PRI, que se robó la gubernatura. Entonces, el señor Cárdenas era lector de noticias en Imevisión, y al comentar lo que pasaba en aquel estado se burló del pueblo, al decir: “¿Cuál fraude? Ja, ja, ja”. Son imágenes que no se borran nunca de la memoria, señor Villanueva.
Otra pregunta: ¿De verdad es tan grande la diferencia en la formación del gobernador Arturo Núñez respecto de López Obrador?
Lo que sigue. Dice usted que Andrés Manuel se empieza a convertir menos en un líder político y más en un dirigente de una religión. He estado en algunos de sus mítines y he leído algunos de sus libros y en ninguno apela a ningún dios o religión. Es totalmente laico. Escribe usted que no acepta la contradicción y que para él todo es un acto de fe. Al respecto vuelvo a repetir que, si acabar con la corrupción y la impunidad es un acto de fe, bienvenido sea, tenemos que refundar este país en la legalidad.
Apunta usted que Andrés Manuel ha extraviado el camino; no veo dónde esté lo perdido, si lo único que busca es nuestro beneficio como país. Si en ese ínter se van a colar algunos prietitos en el arroz, nuestra responsabilidad es señalarlos y apartarlos (Carta resumida).
Atentamente:
Óscar Ramírez Sánchez
Respuesta del colaborador
Señor director:
En relación con la carta del señor Óscar Ramírez Sánchez me permito hacer las siguientes precisiones:
1. De entrada, es importante hacer una diferencia entre opiniones y hechos. Las opiniones, por su propia naturaleza, son subjetivas; los hechos, en cambio, deben ser demostrados con datos duros y tienen como propiedad ser objetivables. El texto de referencia fue de análisis, de reflexión sobre hechos. En otras ocasiones sí he realizado imputaciones de hechos en materia de corrupción e impunidad, siempre con los documentos que avalan mis dichos, como, por ejemplo, la primicia de la mermada salud del exgobernador Fausto Vallejo que, meses después, fue confirmada.
2. En modo alguno me adjudico tener la verdad agarrada de la mano; expreso –eso sí– mis puntos de vista, que son, como es entendible, sujetos a diferencias de percepción y de criterio de los lectores.
3. El presidente de Morena tiene, desde mi punto de vista, un acotado discurso político de naturaleza circular. En modo alguno podría señalar que hay menos corrupción e impunidad. Coincido en ese aspecto con el señor Ramírez.
4. Estoy convencido de que López Obrador no sólo no es tribuno –como en su momento lo fue Porfirio Muñoz Ledo o el propio Arturo Núñez, a quien hago referencia en el texto citado–, sino que tiene problemas de autocontención y entra en conflicto con sus entrevistadores. Eso se solucionaría si deja de dar entrevistas en ambientes donde no tenga la certeza de cómo y qué le van a preguntar.
5. Advierto en Andrés Manuel –y esto es mi opinión– un tufo creciente de intolerancia, una ausencia de humildad para ponerse en la posición del otro a efecto de generar un diálogo, no un monólogo, como lo ha hecho. Esos rasgos son para mí ajenos a las mejores prácticas democráticas. Y en ese tenor se inscriben mis expresiones sobre su parecido a un líder religioso. No que lo sea, por supuesto. Sino que se comporta como tal y su discurso se convierte en un dogma que no admite la crítica, aunque sea constructiva o ajena a cualquier posicionamiento partidista.
6. Aprovecho para sostener que el presidente de Morena tiene la capacidad de informar a la sociedad cómo se va a hacer el fraude electoral, después, cómo se está haciendo y, al final, cómo se hizo. Y punto. Elecciones perdidas. En 12 años, Andrés Manuel no ha podido poner en práctica una estrategia frente a hechos claros: el Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no tienen ningún compromiso de facto con la caricatura de estado de derecho que aquí existe. Responden a quienes los designaron: el PRI y sus aliados. Es ingenuo, por decir lo menos, que se exija, se pida o se invoquen valores democráticos que no forman parte del sistema cognitivo de esos consejeros y magistrados. El PRI y esos organismos son uno mismo. No van a cambiar en 2018. Y lo que Morena difunde es lo que todos sabemos: que hacen fraude, que hay evidencias al respecto que, en un país democrático, serían causales de nulidad o sanción electoral, y que se hacen elecciones de Estado. Esas expresiones no cambian la realidad, por supuesto: el PRI no tiene honor que cuidar y le importa un bledo la legitimidad. ¿Qué lecciones ha aprendido López Obrador para ganar las elecciones en 2018 en ese campo minado, ilegal e ilegítimo, pero que es el que se tiene ahora y se tendrá el año entrante?
Atentamente:
Ernesto Villanueva








