Henri (Claude Brasseur) es un viejo gruñón, viudo desde hace décadas, quien para no estar solo decide alquilar un cuarto de su lujoso departamento en París; a regañadientes acepta a una estudiante de música, Constance (Noémi Schmidt), con la condición de seducir a Paul (Guillaume de Tonquédec), su único hijo, casado con una mujer a la que Henri detesta; la recompensa es renta gratis.
Dicho de esta manera, el argumento de La estudiante y el señor Henri (L’étudiante et Monsieur Henri; Francia, 2015) da pereza por la recurrencia de temas trillados como el del tipo amargado y solitario que termina derretido de ternura al contacto de la frescura de la joven, complejo del gigante egoísta; pero el director Ivan Calbérac, que adapta su exitosa pieza de teatro, tiene un pulso magistral para el diálogo y termina por embolsarse al público curtido con las comedias de Hollywood que abundan en este tema.
También preocupa, de entrada, que un actor de abolengo como Brasseur (su filmografía va de Renoir a Godard) encarne un papel tan estereotipado; y sin más, este ahijado de Hemingway habita la piel del cascarrabias sin ocultar su juego actoral desde el principio, un constante guiño de ojo que permite que el resto del reparto se acomode a los enredos y juegos de falsas apariencias, subterfugios propios de la comedia de boulevard en la que se inscribe, sin remilgos, el director.
Drama sentimental, La estudiante y el señor Henri maneja emociones que se sienten reales dentro de una ficción que no es exagerado calificar de morbosa; la atención la ocupa el juego de seducción al que se presta la estudiante con el casado, tímido hombre de empresa, pero el dilema moral, una forma de prostitución que resulta de la propuesta, pasa desapercibido; la simpatía va del lado del turbado cuarentón entusiasmado que cambia su manera de vestir, con un toque del ridículo, sobre todo cuando, en un constante golpe de teatro aparece la nuera, la actriz Frédéric Bel, que sigue todas la recetas del vaudeville, pretenciosa, torpe, afeada por sus lentes… ¿por qué no rescatar al buen tipo de esta brujita?
Y claro, es fácil pasar por alto el contrato de corrupción, porque justamente en el teatro de boulevard, género por excelencia de la burguesía, la de veras consolidada durante Napoleón III, el dinero es el motor de la acción, medio seguro si se maneja con precaución, para activar el sexo aburrido del hombre casado.
A Ivan Calvérac no parece interesarle mucho el dilema moral, su foco es el enredo que provoca la reacción psicológica, bien apuntada y llena de reacciones sentimentales, pero siempre agudas y verosímiles. Manejo psicológico que tampoco profundiza en la razón de fondo de la antipatía del señor Henri por su nuera, y aún menos en la posible sublimación erótica de un viejo que se vale de la situación de su hijo para acceder sexualmente a la estudiante.
En términos de técnica dramática, regalo para el público, es que el personaje mejor escrito es el de la nuera, personalidad neurótica consciente de su torpeza, que trata a toda costa de ser aceptada y defender sus intereses.








