Protagonista notorio de la escena emergente de prácticas irreverentes y neoconceptuales que se desarrolló entre 1988 y 1993 en la Ciudad de México, Carlos Jaurena presenta, en el Museo de Arte de la SHCP, Antiguo Palacio del Arzobispado –en el Centro Histórico de la capital del país–, una contundente exhibición que destaca principalmente por la propuesta pictórica.
Conocido desde los últimos años de la década de los ochenta, tanto por sus participaciones performáticas con el grupo El Sindicato del Terror, como por la creación de los espacios alternativos El Ghetto en la Colonia Obrera y El Departamento en la Escandón –ambos en la CDMX–, Jaurena sobresalió en la década noventera con la creación de un arte-objeto basado en cajas de mediano formato que, invadidas con numerosas piezas encontradas en la cotidianeidad urbana –martillos, fotografías, juguetes, monederos, mochilas, banderas–, referían a vivencias pasadas y presentes del artista.
Configuradas a partir de un personaje que existía en la caja como retrato u objeto hallado, las cajas eran contenedores de un diálogo entre el personaje y el significado o evocación de los objetos. Con un énfasis evidente en ellos, las cajas, aun cuando podían estar intervenidas con colores, no centraban su atención en la propuesta pictórica.
Su desempeño como funcionario gubernamental de 2000 a 2013 –dirigió la Galería José María Velasco y el Ex Teresa Arte Actual, ambos pertenecientes al Instituto Nacional de Bellas Artes– le obligó a detener su producción, y a partir de 2014 la recuperó desarrollando un discurso más limpio y directo en el que sobresalen: la reducción en el uso de objetos, el protagonismo narrativo de la intervención pictórica, y la conversión de las cajas en escenarios y de las imágenes en escenas.
Concebida por el director del recinto, el artista Rafael Pérez y Pérez, como una gran instalación que, en dos pequeños espacios, despliega la diversidad de géneros que ha realizado Jaurena, la exposición Un hombre con pasado resume en su título la propuesta curatorial. Apasionado del cine, obsesivamente ordenado, afectivo y autodidacta, el artista considera que su experiencia de vida es la esencia de su desarrollo creativo y, por lo mismo, la muestra presenta circunstancias que remiten a su pasado y su presente.
Trabajada a partir de narrativas pictóricas que se expanden entre soportes bidimensionales y objetuales, la exposición sobresale por las expresivas, psicologistas y tenebrosas atmósferas cromáticas que convierten las escenas en inquietantes realidades surreales. Emparentadas con la estética del cine negro de los años 40 y 50 –especialmente con el de Juan Orol–, sus pinturas conjugan reflexiones personales con narraciones que, a través de textos y objetos pintados o agregados, son reconstruidas fácilmente por el espectador.
Potente en su realización sobre telas y láminas, sugerente como escenografía en las cajas y absurda en los objetos artesanales, la pictoricidad en las obras de Carlos Jaurena se impone opacando, inclusive, a la historia que se cuenta.








