“La promesa”

El realizador irlandés Terry George, además de Hotel Rwanda (2004), drama sobre el genocidio de la población Tutsi, tiene a su favor ser autor del estupendo guión de En el nombre del padre (1993), historia verídica del chivo expiatorio de la policía británica de un atentado del IRA; originario de Belfast, George cuenta con experiencia en este tipo de temas, y era un candidato ideal para dirigir La promesa (The Promise; 2016, E.U.), épica sobre el genocidio armenio llevado a cabo por el tambaleante Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, hecho que el gobierno turco niega oficialmente hasta ahora.

El riesgo es que cuando Hollywood apuesta por el melodrama, aquí en forma de un triángulo amoroso, el producto final perjudica las mejores intenciones, pues si de esta manera se trata de apelar a la sensibilidad de los espectadores para despertar conciencia, habría que alcanzar proporciones tales como las de Lo que el viento se llevó. No es sorpresa que de la costosa producción de 90 millones apenas una décima parte se ha recuperado, cosa que, paradójicamente, preocupa menos a los involucrados, productores y actores que las campañas de descrédito que desbaratan la cinta antes de haberla visto.

Mikael (Oscar Isaac), estudiante de medicina, es testigo y víctima junto con su familia de las matanzas de la población armenia; entre su amistad con el hijo de un alto mando turco, se forma el triángulo con un reportero americano (Christian Bale) y su novia Ana (Charlotte Le Bon), armenia educada en Francia; antropología, estructura del poder y del ejército, más testimonios especializados extranjeros, el guión reúne así todos los ingredientes para guiar al público por los meandros del complicado tema que algunos historiadores describen como el primer genocidio del siglo XX.

Según afirma el New York Times, Daniel Gimenez Cacho, quien tiene un papel considerable en la película, buen actor mexicano y persona digna de todo crédito, fue contactado por el embajador turco para ponerlo sobre aviso de que nunca hubo tal genocidio de la población armenia; aunque nunca deje de escandalizar, en México casi a nadie le sorprende que el gobierno niegue hechos reales; a nivel popular, el desmentido oficial funciona como prueba.

El problema de La promesa no es la verosimilitud, sino el empleo de una fórmula tan gastada, y el peligro es que un asunto importante, relativamente nuevo en el cine, se llegue a banalizar con la explotación del esquema del Blockbuster, algo que desgraciadamente ocurre con el tema del holocausto para el cual el público se halla prácticamente vacunado, a menos que alguien se atreva a romper el esquema como lo hizo El hijo de Saúl.

Por lo pronto, lo mejor de La promesa es la controversia que ha causado, de otra manera pasaría sin pena ni gloria esta épica bien producida, emotiva a ratos; vale recordar que este millonario intento de denuncia tiene como antecedente Ararat (2002), excelente trabajo de Atom Egoyan, también vituperado hasta el cansancio, que prueba cómo una película hecha con pocos recursos, pero honesta y bien pensada, funciona bien y va ocupando su lugar de referencia a través de los años.