Si se viese al espejo, este país ya no se reconocería. Quizá para eso está el cine. Una de las metáforas del documental de Tatiana Huezo, La tempestad (México, 2016), que organizan el relato de estas dos mujeres laceradas por la corrupción y la impunidad, es la de un rostro deformado por su doloroso viacrucis, tanto que no ha tenido tiempo para contemplar su propia imagen.
Miriam cuenta su desventura: junto con un grupo de compañeros, en el aeropuerto de Cancún donde trabaja, es apresada y acusada de narcotráfico; el abogado que le asignan no pierde el tiempo, anuncia llanamente que los servicios policiacos deben dar resultados, por eso se requieren pagadores; lo peor viene después, cuando es trasladada a Matamoros, entregada ahí por la propia policía a una prisión a cargo del cártel; en esta institución de autogobierno –término que suena a conquista y liberación–, tendrá que pagar una cuota de 5 mil dólares para no ser ejecutada, luego son quinientos dólares semanales. El lugar es un infierno, una especie de República Islámica pero sin Dios, donde el poder que se adora es el de la muerte.
La voz en off de Miriam acompaña el trayecto en autobús de regreso a su lugar, el rostro de ella no se identifica; a cambio, los rostros de los pasajeros habitan la pantalla, cualquiera de ellos o de ellas podría ser quien cuenta su historia, mientras afuera transcurre la vida de un bello territorio, del paisaje de su gente que trabaja y busca cumplir su propósito. Retenes constantes, comandos policiacos, patrullas e interrogatorios sugieren zona de guerra, poco a poco se desvanecen y el panorama es la inmensidad, mezcla de soledad y sensación de desperdicio de tanto esplendor; los signos de la tempestad oscurecen el cielo.
El viaje se intercala de repente con los personajes de un circo, un grupo de mujeres acróbatas que entrenan a las nuevas generaciones; pronto esa escala que parecía ofrecer un alivio, se torna en congoja cuando Adela, payaso profesional, narra el calvario que viven ella y su familia después de que su hija desapareció a manos de policías y narcos.
A diferencia del documental clásico, la realizadora no permite entrevistas directas, la empatía del espectador se logra entre la voz de las víctimas y la mirada por la ventana de un país resplandeciente; Tatiana Huezo dirige con mano de pintora y de músico el flujo de sus imágenes disociadas, en apariencia, de las voces que narran; pero es esta misma técnica de disociación la que integra el significado de La tempestad, el flujo de vida, alma y cuerpo del México dislocado. Predominan imágenes de mujeres porque la historia la cuentan dos de ellas, y porque son ellas, mujeres y madres, quienes saben lo que cuesta y duele un hijo, desde el parto. Y todo sin melodrama. Lo fascinante de este documental es que se vale más la risa que del llanto.
La tempestad camina y encuentra a cada paso, más inconsciente que conscientemente, como todo poeta, sus metáforas; Tatiana Huezo posee el don extraordinario de manejar una retórica de metonimias y sinécdoques, de fragmento y fragmentos que sugieren un todo. Hace recordar el cine de Margarite Duras, sólo que lo que en India Song (1975), por ejemplo, trataba del aburrimiento de la burguesía de entonces, ahora trata de la supervivencia de una nación, de principio a fin, de Matamoros a Cancún.








