“Niños chocolate”

Tres niños arrancados de sus familias para trabajar en las fincas del cacao en África. Apenas 9, 10 y 13 años. Niños como los de nuestro país, que son explotados en el campo y en las ciudades. En Niños chocolate, de Jaime Chabaud, dirigida por Alberto Lomnitz, son niños que trabajan contra su voluntad, separados de sus familias y esclavizados para iniciar la cadena productiva del chocolate.

Cómo pensar que algo tan dulce y delicioso puede estar cargado de tanto dolor; cómo el chocolate pasa por manos infantiles que ni siquiera conocen su sabor. Ellos sólo trabajan, separan el cacao bueno y malo, cargan costales y  tienen poco tiempo para ser niños.

Niños chocolate es una obra enternecedora y al mismo tiempo crítica. La historia la cuentan tres niños: Kuwame de 13 años, interpretado por Fabrina Melón, que fue vendido por sus padres; Fatao de 10, que da vida Teté Espinosa, y fue robado mientras jugaba con sus compañeros de escuela; y Niaaba de 9, interpretada por Marisol Castillo, a la que su tío subió en una moto para cruzar la frontera y la vendió a los esclavistas sin permiso de sus padres.

La presencia externa de un periodista comprometido, interpretado por Alejandro Morales, contribuye a mostrar cómo se quiere ocultar esta verdad.   Los personajes son encarnados con sensibilidad por los actores y transmiten  sentimientos y verdades involucrando totalmente al espectador. Junto a ellos, dos músicos ambientan la obra con música africana a partir de percusiones y distintos instrumentos. Eduardo Castellanos y Guillermo Siliceo son dirigidos sonoramente por Leonardo Soqui, del cual es la música original.

Niños chocolate tiene una narrativa fragmentada, con varias historias que se entrelazan. El autor juega con el tiempo y el espacio, va y viene de la narración a la acción, se ancla en un suceso –como la huida de los niños y su persecución por Papá Gyan, para ir al pasado o a los anhelos de los infantes–. Los personajes hablan al público sobre su vida, la vida de sus compañeritos, o la del capataz que los tiene atemorizados. Las líneas anecdóticas se van desarrollando fluidamente. La historia del periodista y la relación que entabla con Niaaba, la niña más pequeña, va cobrando relevancia hasta establecerse como eje de cierre: Thomas intenta reunirla con su madre, enfrenta peligros por denunciar lo que ve, añora a su familia perdida, y en su ausencia sorprende el reencuentro final.

La estructura dramática de Niños chocolate es dinámica, y es de admirar la libertad que el autor tiene en su escritura, al igual que la creatividad del director para dar vida a este universo.

Las narraciones que hacen los personajes de lo que les pasa o de lo que ven, las dimensiona Alberto Lomnitz a través de múltiples imágenes; de acciones sugerentes y de momentos estáticos o en movimiento; de situaciones lúdicas y entrañables que dan, como resultado, una propuesta teatral bella y de mucha poesía.

La propuesta estética se logra también gracias al estupendo diseño de escenografía de Edyta Rzewuska, la iluminación de Patricia Gutiérrez y el vestuario de Estela Fagoaga.

Niños chocolate se presenta en el Foro Sor Juana de la UNAM.