Los personajes del ya octogenario Ken Loach emergen siempre como gente lastimada, humillada, enojada contra la sociedad e instituciones burocráticas que los mantienen al filo de la navaja; sobre todo es la mezcla intolerable de malestar y vergüenza lo que los incita a pelear y los hace distintos de la víctima común… no importa lo panfletario y maniqueo que sea su discurso político, además de sus Palmas de Oro, lo que distingue a este realizador británico de otros que aún creen en la posibilidad del cine como arma de combate, es la eficacia de sus parábolas hechas con gente de carne y hueso.
Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake; Reino Unido-Francia-Bélgica, 20116), lastimó e hirió susceptibilidades dentro de gobierno y partidos políticos, porque el director arremete contra el sistema de asistencia social, organización de la que se enorgullece la Gran Bretaña; pero cuando el carpintero, viudo de 59 años, Daniel Blake (Dave Johns) requiere una pensión de desempleo después de sufrir un infarto, el centro de bienestar social le niega ayuda y le exige dedicar por lo menos 35 horas semanales a buscar empleo.
Quien lo entrevista carece de formación médica, los médicos y terapeutas que le aconsejan dejar de trabajar no informan al centro de desempleo; y para acceder al formulario de inconformidad y llenarlo, hay que hacerlo por computadora, y Daniel nunca ha usado alguna. Habrá que inventar un término para designar esta nueva forma de analfabetismo. Peor aún, el certificado médico le impide trabajar.
Aunque el resultado es el mismo, este tipo de pesadilla no es precisamente kafkiana, sino una Trampa 22: el círculo vicioso que exploró Josephe Heller en su novela es antitético al universo del autor de La metamorfosis, porque allí las instituciones seducen como el canto de las sirenas con la promesa de que hay salida y premio. Un organismo británico como el de este sistema de pensiones de desempleo promete ayuda contra la indigencia, no perder techo y comida, después de haber trabajado dignamente toda una vida. La cinta provocó el griterío de funcionarios y dirigentes, y probablemente el sistema funciona para algunos suertudos, pero Loach se interesa en aquellos, un gran número, que además de regañados nunca reciben los beneficios.
En la espera en el centro de atención, Daniel Blake conoce a una mujer joven con dos hijos menores, despachada desde Londres donde vivió un par de años en un refugio para indigentes; la amistad que nace entre éstos, el descubrimiento y el gusto de compartir cosas, se vuelve el campo donde Loach desarrolla los elementos de su escuela de realismo social. Es aquí donde prospera el humanismo que las diatribas contra el capital y la máscara de sus instituciones tenderían a aplanar en fórmulas panfletarias.
Difícil especular si Ken Loach o su guionista, el mítico Paul Laverty, han estudiado o conocen de paso los estudios sobre la sociología de la vergüenza de Vincent de Gaulejac, el estudioso de la cultura del desempleo, la rabia y humillación que provoca tener que recibir ayuda del gobierno o instituciones de caridad; pero el hecho es que en sus mejores y peores películas, los personajes de Loach permanecen en la memoria afectiva del espectador, justo por esa incómoda amalgama de enojo y vergüenza.








