Para hacer un trámite en la Tesorería de la Ciudad de México hay que preparse psicológicamente unos días antes.
No se trata sólo de disponer de cuatro o cinco horas, sino de estar dispuesto a que todo sacrificio sea infructuoso: casi nada resulta bien a la primera cuando de diligencias gubernamentales se trata.
El símil que yo hago es como un videojuego, en el que el objetivo básico es pasar de nivel y resultar ileso.
Primero, llegar a la oficina y descubrir que no está cerrada, que no cambió de locación o que las filas no exceden de dos cuadras. Segundo, que el sujeto del módulo de información que funge como cancerbero no descubra un error en el llenado de los formularios, la ausencia de un documento, o que no decida enviarte por fotocopias de último momento, lo que implica que pierdas el turno que te llevó más de una hora conseguir.
Si has pasado esos filtros te enfrentas ahora al personal del escritorio, quien analiza minuciosamente los varios juegos de documentos que el cancerbero organizó minutos antes. Con las manos sudorosas preguntas si todo está bien, o inicias una conversación superflua para agradarle y tener la esperanza –al menos– de que tu encanto te libere de ser enviado de nuevo a la fotocopiadora, en el mejor de los casos, o a tu casa a buscar más papeles que en ningún lugar indicaba que eran necesarios para el trámite.
El momento en el que el burócrata coloca firmemente el sello, la mesa retumba y extiende con indiferencia el conjunto de hojas, puedes darte por vencedor. Ahora es sólo cuestión de esperar tres meses la resolución de tu solicitud.
Has sobrevivido. Pasaste de nivel.
Atentamente:
Doctora Leonora Esquivel








