De la doctora Martha Takane Imay

Señor director:

Esta es una réplica al artículo del doctor Ernesto Villanueva “De nuevo, la enfermedad y el poder”, que pone en tela de juicio la capacidad del doctor José Antonio de la Peña para desempeñar cargos públicos por padecer mal de Parkinson.

La enfermedad de Parkinson es una de varias enfermedades que afectan la motricidad pero pocas veces la capacidad intelectual. No es una enfermedad que “impide ejercer un cargo público”, como afirma el artículo. Para convencerse de esto basta consultar las biografías de algunos personajes a los que difícilmente se puede tildar de incompetentes y que han padecido males neurológicos, como el actor, autor y productor Michael J. Fox (Parkinson), el célebre astrofísico Stephen Hawking (esclerosis lateral amiotrófica) y el propio doctor De la Peña.

El doctor José Antonio de la Peña es uno de los matemáticos más brillantes de Iberoamérica. Durante décadas ha realizado una gran labor en pro de la ciencia en México, siempre con honestidad y eficacia ejemplar. Sus publicaciones son citadas y reconocidas mundialmente. En la actualidad sigue produciendo importantes trabajos especializados y de divulgación. Acaba de publicarse en España un libro suyo sobre el que además escribió un artículo que apareció en el periódico El País (2017/05/05). Es un personaje altamente apreciado y admirado, como lo atestigua el abundante público que asistió a su Conferencia Inaugural en El Colegio Nacional.

Los innumerables logros del doctor De la Peña tanto en su trabajo académico como en los puestos directivos que ha desempeñado atestiguan que su caso no es el ejemplo de incapacidad que el doctor Villanueva imagina, sino uno de los más claros contraejemplos. Es evidente que el articulista, sin conocer al doctor De la Peña, interpretó como desfachatez la honestidad con la que describe su enfermedad y como incapacidad para los cargos públicos las dificultades motoras que experimenta. Pero la dificultad motora no es incapacidad intelectual.

Nadie es eterno. Tarde o temprano todos acabamos siendo incompetentes o muriendo. Pretender acortar la vida útil de ciudadanos tan productivos como el doctor De la Peña por no diferenciar entre impedimento y dificultad o entre incapacidad intelectual y discapacidad motora es discriminatorio. Repruebo que se difame y discrimine a uno de sus miembros más queridos y admirados.

Atentamente:

Martha Takane Imay,

integrante de la Mesa del Colegio del Personal Académico

del Instituto de Matemáticas de la UNAM

Respuesta del colaborador

Señor director:

Me congratulo por la estima que le tienen los señores Ernesto Lupercio y Iakov Mostovoi al doctor José Antonio de la Peña, a quien no le resto mérito alguno. Pero hay que recordar que él mismo, de su puño y letra, describió la manera en que su enfermedad lo incapacitó para ejercer un cargo público, razón por la cual –por si hubiera duda– el Conacyt lo exhortó por, por decirlo de alguna manera, a dejar el cargo.

En modo alguno sustento crítica o juicio negativo a personas con alguna discapacidad. Sí estoy en contra, empero, por el bien público, de que gobiernen al país si la discapacidad los inhabilita para el cargo. Para prueba basta ver al presidente Enrique Peña Nieto y cómo le ha ido al país, y eso que es mínimamente funcional.

A los dos investigadores les aclaro que no incurro en ninguna incorrección, y mucho menos en un insulto, al referirme al científico en cuestión como Antonio de la Peña. Prescindir del primer nombre, José, no altera en absoluto la identidad de aquel. ¿O acaso estamos refiriéndonos a personas distintas?

En referencia a la opinión de la doctora Martha Takane, además de lo que ya dije, me da gusto que se genere debate sobre la enfermedad y el poder. La enfermedad de Parkinson es “neurodegenerativa y progresiva (… y) a pesar de que se había considerado como un desorden motriz, cada vez más se le identifica con demencia”, de acuerdo con el estudio “Diagnosis and management of Parkinson’s disease dementia”, del Instituto Nacional de Salud Pública de Estados Unidos (ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2658001/).

Las características de esta enfermedad son desarrolladas en el DSM-V de la Asociación Estadunidense de Psiquiatría y dan cuenta de sus estragos en quien la padece. Pero quien mejor señala su impedimento es el propio doctor De la Peña, que comparte ese dato con quien lo quiera leer (revistac2.com/vivir-con-parkinson/).

La opinión de la doctora Takane, palabras más palabras menos, fue invocada ante el Conacyt para evitar que “renunciara” el doctor De la Peña de su encargo, pero la lógica y el sentido común triunfaron y “renunció voluntariamente”, sin desdoro de sus múltiples prendas académicas y personales, pues gracias a ellas ocupó esos cargos hasta que los dejó por no tener la idoneidad física y mental para sostenerlos.

Mi conclusión es la misma: nadie con una enfermedad que lo incapacite debe ejercer un cargo público y decidir por un colectivo, o dirigir, peor aún, un estado o un país.

Atentamente:

Ernesto Villanueva