“La chica desconocida”

Dedicada a su profesión, Jenny Davin (Adèle Haenel) sigue al pie de la letra su propio código moral, por eso sermonea a Julien (Olivier Bonnaud), el practicante a su cargo, alterado por el ataque de epilepsia de un paciente, pues un médico tiene que controlar sus emociones. Por lo mismo, le impide que abra la puerta después de hora, “pues si estás cansado no puedes dar un buen diagnóstico”.

Pero el reglamento se le desbarata cuando se entera por la policía que la persona que había tocado apareció muerta, en circunstancias misteriosas, con un golpe en la cabeza. Ahora Jenny se dedica obsesivamente a indagar quién era esa inmigrante de origen africano, y por qué murió.

La chica desconocida (La fille inconnue; Bélgica-Francia, 2016) lleva el sello de los Dardenne, un cine que se reconoce de inmediato en cuanto a ritmo ansioso y encuadres apresurados; claro que esta pareja de hermanos belgas se afilia mejor con las fábulas naturalistas de los británicos Ken Loach o Mike Leigh que con el humor alucinante de los hermanos Coen.

En el caso de los Dardenne, el naturalismo, la predilección por integrar a sus protagonistas al entorno, explicarlo y desnudar su realidad social, es menos una exigencia teórica que el resultado de una práctica, los 60 documentales que rodaron antes de darse a conocer en Cannes con dos Palmas de Oro y otros premios de jurado. Rasgos distintivos son la cámara al hombro pegada como sombra, o la falta de música en varios de sus filmes, no por dogma sino por necesidad de concentración y respeto a sus sujetos.

Lo de la premura de los encuadres, de apariencia casi improvisada, resulta de la urgencia con la que van sus héroes o heroínas en lo general, por alcanzar su meta; Jenny tiene que descubrir la identidad de esa inmigrante para que por lo menos sea enterrada con su verdadero nombre, la angustia proviene de la culpa por no haber respondido al llamado en su momento; años atrás, la protagonista de Rosetta (1999) se apresuraba para obtener un empleo aunque el precio fuera un crimen, hasta la penúltima cinta, donde el personaje de Marion Cotillard en Dos días y una noche (2015) va tocando en cada puerta de sus colegas para salvar su empleo.

En esa realidad de penuria social, ya nada marginal, sin garantías, donde las instituciones van de mal en peor, la pequeña misión en la que el personaje apuesta su alma equivale a tratar de reparar su parte de universo.

La metáfora de cerrar la puerta al inmigrante, expuesto a condiciones de explotación y de esclavitud, de dejarlo morir sin nombre y sin historia, se extiende a esa parte de la Europa supuestamente comprometida con el bienestar social pero ineficaz en su respuesta; por eso Jenny se hace consciente y se vale de su profesión para indagar en la comunidad de sus pacientes, donde descubre cosas temibles. Dramáticamente, Jenny es un personaje que existe por su papel de médico, y por el problema de conciencia, en cuanto a su vida personal y motivaciones, ella también es una desconocida.

En La chica desconocida el esquema de cine de detective es una falsa pista, por eso parece flojo; el thriller aquí representa la mera búsqueda de la verdad y la responsabilidad que implica encontrarla, el médico equivale al sacerdote que, como en Mi pecado me condena (I confess, 1953), de Hitchcock, se halla atado al secreto de confesión.