Susana Sierra (1942-2017)

Creadora de un sutil y original lenguaje pictórico que en el límite entre la abstracción informal y la figuración cosmológica fusionó el pensamiento artístico con el conocimiento científico y la conciencia espiritual, la espléndida pintora  Susana Sierra murió en la madrugada del pasado miércoles 12 de abril, después de unos días de agudos problemas respiratorios que le ocasionaron los materiales que utilizaba al pintar.

Elogiada como una “pintoraza” por Rufino Tamayo, y considerada durante los ochenta como uno de los más destacados pintores jóvenes mexicanos por la emblemática crítica de arte Raquel Tibol, Susana Sierra, a pesar de las numerosas exposiciones que tuvo en esa década, murió sin tener ni una exposición museística de revisión de trayectoria ni una publicación antológica  que permitiera conocer, evaluar y difundir su relevante creación.

Tanto por su vida como por su obra, Susana Sierra es una creadora apasionante. Nacida en 1942 en la Ciudad de México, después de vivir en los años sesenta como una esposa perteneciente a lo que ahora se conoce como “socialité”, la artista optó en los setenta por una vida dedicada a la pintura, la espiritualidad y la investigación sobre el origen y devenir del ser y el universo. Convencida de que ambos tienen una existencia común y unitaria que se manifiesta en dimensiones tangibles e intangibles, la pintora, además de hurgar en las imágenes que obtenía a través de la meditación, se introdujo en el estudio de la física teórica y cuántica  para crear universos pictóricos en los que el tiempo, el espacio, la energía y la materia se fusionan en seductoras composiciones de múltiples transparencias y atmósferas lumínicas, que oscilan entre referencias cosmológicas y visualizaciones meditativas.

Sutiles y etéreas a pesar de la contundencia matérica y cromática,  sus obras, como lo indica el título de las series, remiten a símbolos, códigos, aerolitos, campos energéticos, piedras espaciales, filamentos y sustancias sutiles. Con una misteriosa audacia que utiliza el color –rojos, azules, negros, blancos, verdes, grises– como soporte y sujeto de imagen, la artista convierte la composición en una impronta que, en el lindero entre la memoria, la imaginación y la evocación científica, presenta, o sugiere, el comportamiento y transmutación de la materia evidenciando sus calidades sutiles, densas y vibratorias. Trabajadas en telas y papeles que se enciman con pliegues, chorreados, luminiscencias y gestos sin perder su identidad matérica, sus pinturas se imponen como metáforas de realidades que aunque parecen intangibles, son científica y espiritualmente tangibles.

Aunque hubiera sido más disfrutable que la tuviera en vida, Susana Sierra merece una exposición museística que permita recorrer los tránsitos de su trayectoria. Su ausencia se puede transmutar en una presencia pictórica que nos recuerde que, en la posverdad, el arte contemporáneo mexicano todavía cuenta con algunas verdades.