“Bajo la arena” en la Muestra

Los daneses no sólo fueron buenos samaritanos durante y después de la Segunda Guerra Mundial, comenta el realizador Martin Zandvliet; los pescadores de esa nacionalidad ganaron buenas sumas de dinero ayudando a escapar judíos hacia Suecia, como también el gobierno utilizó prisioneros alemanes, principalmente entre aquellos adolescentes que Hitler implicó en los últimos días de la guerra, para limpiar las playas de minas explosivas sembradas por los nazis.

Bajo la arena (Under Sandet; Dinamarca-Alemania, 2016) cuenta el dramático episodio de un grupo de jóvenes obligados a permanecer, en calidad de esclavos, buscando y desactivando minas a mano limpia, bajo las órdenes del sargento Carl Ramussen (Rolland Moller); el programa se convierte en una forma de exterminio lento y de venganza sobre estos soldados, apenas salidos de la infancia, sin noción de su lugar en la catástrofe alemana.

Luego de un breve y eficaz entrenamiento, que instala el ambiente burocrático y despiadado del mando militar, los prisioneros, a rastras sobre la arena, se concentran en detectar, desenterrar y desactivar las minas; un paso en falso, o simplemente porque sopló el viento, hace que estallen las bombas y despedacen al muchacho. Si el suspenso en la composición de las secuencias, la cámara captando en detalle el movimiento de manos y dedos temblorosos, sugieren una técnica de thriller, el juego infernal de esta forma de ruleta rusa convierte este tercer trabajo de Zandvliet en una película de horror.

Rodada en locaciones históricas, las playas danesas, donde al final de la ocupación se establecieron campamentos con condiciones muy precarias para refugiados y prisioneros, Bajo la arena desentierra esta vieja mina que algunos preferirían mantener olvidada; la línea moral de la historia –las víctimas pueden convertirse en victimarios– está marcada con rojo y no permite que el sentido escape en otras direcciones. Aparte del thriller y el horror, el director, autor también del guion, recurre a otros esquemas de género para sostener la claridad de su propósito; drama de aprendizaje con el resentido sargento que gradualmente descubre que el enemigo tiene rostro y corazón, o aprendizaje de vida para que estos adolescentes, que sueñan con el regreso al hogar y un futuro digno, enfrenten la dura realidad; la explotación emocional resulta inevitable.

Por fortuna, Bajo la arena se salva del síndrome La sociedad de los poetas muertos gracias al trabajo de dirección de actores; al límite cero de su rol, estos adolescentes se someten a una presión física y emocional extrema, sin distancia con sus personajes, ahí donde actores más maduros tendrían que recurrir a trucos y clichés. Carl Ramussen, expresidiario convertido en estupendo actor, es lo más alejado del sobreactuado Robin Williams; su conversión nunca es segura, y aunque los chicos saben que puede aniquilarlos de un momento a otro, lo viven como lo más próximo a una figura paterna capaz de guiarlos en medio del caos.

Las escenas de explosiones, temidas y esperadas a cada momento, ocurren sin efectos especiales o regodeos estilizados, la sorpresa depende del lugar que va ocupar la cámara y de la reacción de los otros alrededor; lo tenebroso del tema contrasta con la precisión de las tomas, la mayoría bajo la luz del sol con el horizonte limpio de las playas, metáfora simple pero eficaz sobre el apetito vital de estos jóvenes.