Su etimología nos viene del latín y no guarda misterio alguno. Los romanos le llamaban “célibe” a toda persona soltera. Con el término “celibato” se referían a la soltería. Al paso de los siglos, nuestro idioma se enriqueció al diferenciar el sentido de ambos sonidos y grafías. Con eso se amplió el inventario de nuestros vocablos. Cuando se utiliza el concepto de celibato casi siempre lo restringimos al ámbito exclusivo de los sacerdotes. Hay quienes lo emplean también para las señoras monjas, aunque no es tan usual. Los solteros no clérigos difícilmente son señalados con esta designación lingüística.
Es una creencia muy extendida que este estado de soltería, dentro de la dinámica católica, es requisito ineludible para todos los sacerdotes. Sin embargo hay que aclarar algunas partidas del caso para su mejor comprensión. Nuestro público utiliza como indisociable al estado sacerdotal la calidad de célibe y la supone establecida desde la fundación misma del cristianismo. Para reforzar el cuadro, la narrativa generalizada de sus orígenes hace correr la figuración de que Jesús, el fundador, fue soltero hasta el día de su muerte y sus seguidores más cercanos, también llamados apóstoles observaron esta regla de conducta.
Dentro del enjuague de las reconstrucciones, aparece de cuando en vez la afirmación de que algunos de estos discípulos, cercanos al maestro fundador, eran casados. Para revertir o descalificar el cuadro se arenga con que “los que eran casados” pusieron en vilo su compromiso y se dedicaron a la nueva tarea que les encomendaba su maestro. Resulta complicado elaborar cuadros históricos para estas afirmaciones. No tiene sentido trabajar en tales parcelas, con tan escasas o nulas evidencias. El imaginario colectivo reconstruyó, para retratar a los apóstoles, a un equipo de solterones fieles a su maestro, el soltero mayor. A su derredor había muchas mujeres, pero todos ellos abjuraron del ejercicio de su sexualidad a pesar de la cercanía de esas mujeres piadosas que no los dejaban ni a sol ni a sombra. Con tales cuadros transita la piedad popular.
Este público acrítico se va de espaldas al enterarse de que la disciplina de tal soltería clerical fue implantada dentro de la normativa el año de 1123 en el concilio de Letrán. O sea que se trata de una medida extendida, ineludible para los señores curas, pero que no viene de la época de la fundación de esta religión. Al descubrírsele esta temporalidad, se le descubre su origen “meramente humano”. Es normal entonces que el celibato sea puesto en tela de juicio, no sólo por aquellos a quienes afecta directamente, sino por todo un público que atiende en su fuero interno el juicio de la conducta sexual de sus clérigos.
Hay más aspectos adosados a este punto. El celibato es una norma disciplinaria impuesta por la curia romana, vale decir pues al catolicismo. No aplica a todos los cristianos. Ni los sacerdotes ortodoxos, que pertenecen al rito cristiano oriental, ni los ministros del protestantismo están obligados a someterse a tal norma. Los ministros protestantes pueden casarse y ejercer su oficio sacerdotal. Lo mismo aplica a los clérigos orientales. La soltería clerical es variante católica y cada vez más cuestionada.
Ya dentro del encuadre católico, hay que distinguir otra variable. El clero católico posee dos formatos para sus sacerdotes. Unos son los seculares y otros los regulares. Los seculares son los que atienden al gran público, a la vida de la calle, al tráfago cotidiano. Obedecen a un obispo, dentro de una diócesis, y reconocen como autoridad suprema al obispo de Roma, que es el papa. En cambio, los regulares se incorporan a este oficio inscritos a una orden religiosa. Ésta se rige por una norma estricta, a la que se le asigna el terminajo latino de regula (la regla, los estatutos). De ahí su nombre de regulares. Éstos se obligan a obedecer en primera instancia a los superiores de su congregación y por encima de ellos también al papa, por supuesto.
Dentro de la práctica cotidiana, los regulares son los que juran o profesan el voto de permanecer célibes. Este juramento tiene un alcance mayor al del mero compromiso de la soltería. Son tres estos votos religiosos: el de la pobreza, el de la castidad y el de la obediencia, tres parcelas de conducta bien definida. El que atañe a lo del celibato es el de la castidad. ¿Podría darse el caso de que un religioso, juramentado de observar la castidad, se casara? Sí, siempre y cuando mantuviera dentro de su matrimonio el juramento hecho de guardar castidad en su conducta sexual.
Esta conducta se escucha medio difícil de observar, pero no se desecha como imposible. De hecho, dentro otra vez de la imaginería tradicional, se pinta a José, el esposo de María, la mamá de Jesús, como al patrono de los esposos castos. Claro que también se pinta a María como al ejemplo vivo de una mujer casta. Tan casta que no sólo nunca accedió a los encantos del tráfico sexual. Es cierto que se embarazó y hasta dio a luz, pero “sin conocer varón”. No se exige racionalidad a estos cuadros tradicionales. Se invocan tan sólo para ahuyentar a los escépticos, que a todo le ponen peros, y con el fin de esclarecer la afirmación de que todo es posible dentro de las consejas dictadas por la credulidad.
Para que quede más clara esta distinción entre lo elevado como juramento y lo instituido como mera costumbre, va la respuesta que dio Felipe Arizmendi, el obispo de Chiapas, a Rodrigo Vera (Proceso 2110): “El celibato siempre ha sido opcional, no obligatorio. Yo decidí no casarme para consagrar mi vida en su totalidad a Dios y al servicio del pueblo. Nadie me obligó a renunciar al matrimonio”. Son hábiles los clérigos en esto de la retórica. Por supuesto que casarse o seguirle de solterito es una opción, no sólo para todo clérigo (antes de ingresar al orden sacerdotal), sino para todo soltero. Habían de responder más bien si están dispuestos a ejercer el ministerio sacerdotal sin detrimento del estado de matrimonio. Esta es una disyunción establecida hace un milenio y vigente hasta nuestros días. ¿Estarían dispuestos a dinamitarla?
Dentro del ambiente de los señores curas, para entender mejor la diferencia entre seculares y regulares, se decía que los regulares juraban observar la castidad, pero quienes cumplían tal voto eran los seculares. Con la exageración propia que genera el abordaje de estos puntos, hasta hace poco considerados tabú, conviene que los señores de la curia le hinquen el diente y revisen cuanto haya de analizarse sobre este particular. La doble moral, la vida marital oculta, los escándalos de pedofilia y todo lo que esta insana práctica de celibato acarrea, pasarían a ventilarse de una vez por todas. Es asunto del que podría por fin obtenerse alguna ganancia ideológica colectiva. Ojalá no se posponga más, como hasta ahora ha sido la rutina entre ellos.








