“Sieranevada” en la Muestra

La 62 Muestra Internacional de la Cineteca incluye Sieranevada (Rumania-Francia-Bosnia-Croacia-Maedonia), el último largometraje de Cristi Puiu, director rumano asociado al renacimiento del cine en su país; este trabajo se agrega a la lista de seis películas prometidas por Puiu a partir de La muerte de señor Lazarescu (2005), en honor a Eric Rohmer y sus seis Cuentos morales.

De las bondades y deleite del maestro Rohmer el proyecto no tiene más que el número, porque las historias de Cristi Puiu son como pasteles de sosa caustica, admirables por su arte pero que dejan cicatrices; la sociedad rumana, el Estado y sus instituciones, el mundo actual, apenas caben en las casi tres horas que duran sus películas. En vez de la épica del Señor Lazarescu rechazado de hospital en hospital mientras empeoraba su salud, Sieranevada (sic) concentra a toda una familia en un departamento para conmemorar la muerte del padre de familia; historia reciente, comunismo, Iglesia, Walt Disney y el shopping componen la salsa de este guiso.

La risa, aunque de efecto retardado, está presente de principio a fin, por algo la reunión familiar ocurre justo tres días después del atentado terrorista a las oficinas en París de Charlie Hebdo, revista de humor ácido que no respeta credo ni género; Lary (Mimi Branescu) acude con su esposa a la reunión familiar, y ya en el auto empiezan las discusiones, ya sobre el vestido de la niña, la versión de los cuentos entre los hermanos Grimm y el canon establecido por Disney.

Como sucede un tanto con Toni Erdmann, este tipo de cine europeo exige que el público se involucre y tome su tiempo para enterarse de quién es quién, y cuál es el motivo de la reunión; el premio al esfuerzo del espectador en tener que observar a los personajes, escudriñar sus reacciones y manera de relacionarse con los demás, será participar en la experiencia real de esta familia, metáfora de la sociedad, parodia de sí misma, tanto rumana como a nivel mundial, de instituciones tambaleantes y credos gastados que se sustituyen con teorías conspiratorias, prejuicios, opiniones dogmáticas, catastrofismo, o nostalgia por los mejores tiempos. La misma que rememora los mejores tiempos del dictador Ciaucescu, termina insultando a Marx y Lenin. La muerte del patriarca, que conmemora la familia, funciona como metáfora eje.

La familia de Lary ofrece una buena selección de conspiraciones, una de ellas la fábrica Bush de terrorismo que deviene en el 11 de septiembre, como si en la sociedad descoyuntada y a la deriva de hoy en día fuera necesaria la ilusión de que alguien, por nefasto que fuera, está en control de la situación.

En largas secuencias la cámara asiste a los enredos, a las discusiones, gritos, bromas de mal gusto, luego circula por los diferentes cuartos; la claustrofobia no proviene del lugar sino de la relaciones de unos con otros; en este purgatorio familiar, el suplicio es querer comer y que nadie se atreva hasta que aparezca el sacerdote ortodoxo con la ilusión de que éste sabrá qué decir, y de que un rito bien hecho traerá una forma de alivio; pero el insulso religioso sólo agita más la impaciencia, y entre conversaciones y alcohol el tono sube peligrosamente.