Don Federico Munguía Cárdenas tenía 89 años y en Sayula todos lo apreciaban; era su cronista emérito. Su vida estuvo llena de historias y de sólidas amistades, como la del escritor Juan Rulfo, de quien incluso fue su biógrafo. Por eso les dolió su muerte, que llegó la madrugada del 30 de marzo pasado.
SAYULA.– Periodista e historiador autodidacta, don Federico Munguía Cárdenas dedicó su vida a su pueblo. Sus últimos años fueron difíciles a causa de la enfermedad que padecía, pero eso no le impedía conversar con lucidez con quienes lo visitaban, incluido este reportero, con quien conversó el 18 de febrero pasado.
El encuentro fue en la casa de su hija Lupita, justo 40 días antes de su partida. Don Federico posó para el fotógrafo y contestó a todas las preguntas, por el auricular de un viejo teléfono. Estaba contento y pidió a los invitados sentarse en unos equipales colocados junto a una mesa redonda, a un lado de un gran patio en el que perros y tortugas tomaban el sol.
–¿Cómo le gustaría que lo recordaran sus nietos o sus hijos” –le preguntó el reportero.
–Como buen abuelo, como buen padre…
–¿Quizá cómo escritor, como periodista o biógrafo (de Rulfo)?
–Bueno, eso es por encima, eso es una añadidura. Yo tengo siete hijos, muy buenos todos: Federico, Angélica, Lupita, María Elena, Leopoldo, Laura y Mauricio.
–¿Dónde va a dejar su acervo, sus archivos y sus libros?
–Ese es el problema que nos está pasando a todos los que tenemos libros y archivos históricos. Paco Rea González era muy buen amigo, era periodista, y me decía: “Quiero deshacerme de mis libros, pues ya me voy a morir y le hablé a un comprador de libros viejos, ¿Sabes a cómo me los pagaba; a peso cada uno”. No es opción.
–¿Usted a dónde llevaría el acervo?
–Pues ese es el problema. María Elena, mi hija, que vive en Guanajuato, dice: “Por ningún motivo los vayas a regalar”. Entonces, de ahí salió la idea (de que no salga nada de Sayula) que a mí no se me hace muy buena. Posiblemente deje todo en una casa que tengo a disposición…
–¿Qué cosa tiene pendiente usted por hacer en la vida?
–Nada, nada, nada más mi pequeño testamento para mis hijos. Me siento muy contento de haber hecho lo que hice, sacrificando mi negocio porque a mí nadie me dijo cómo hacer las cosas.
“Me decía una maestra: ‘Y quién lo becó a usted, don Federico’. Y yo le decía, ‘pues yo mismo, con mi trabajo’.”
Y contó cómo se formó:
“Yo salí de la escuela primaria y no tenía la menor posibilidad ni idea de ir a estudiar a Guadalajara, porque ni aquí ni en Ciudad Guzmán había secundaria.”
El autodidacta
Don Federico se salió de la escuela y comenzó a trabajar en una tienda grande en Sayula, donde estuvo de mandadero. Finalmente terminó la primaria. Su papá, que se llamaba igual que él, se fue a Guadalajara, donde murió. Allá le dijo a
un primo hermano de su espoza llamado Conrado que por qué no se venía aquí, a Sayula, ayudar a la familia. Y se vino a Sayula. “Él escribía muy bien y entonces tomó la corresponsalía de El Informador, que la había tenido mi papá desde que se fundó”.
Contó don Federico: “Desde el principio, mi papá fue el corresponsal, luego mi tío Conrado fue corresponsal de 1937 a 1945. Cuando se salió, me dijo: ‘Tú puedes agarrar la corresponsalía, ¡Agárrala!’. Y me dieron la corresponsalía. Él tenía 45 años; yo, como 16 o 17 años”. Ahí trabajó don Federico casi seis décadas, de 1945 a 2002, cuando el periódico corrió a todos sus corresponsales”.
A raíz de eso, los periódicos de Guadalajara se dedicaron a informar sobre lo que pasaba en la ciudad y se olvidaron de Sayula, comenta el entrevistado.
También recuerda a quienes le ayudaron en su formación como periodista e historiador. Uno de ellos fue don José Cornejo Franco: “Cuando me invitaron a la Sociedad de Geografía y Estadística tenía que presentar un tema y yo nunca había hecho una cosa así.
“Platicando con el profesor Cornejo Franco le dije: ‘Oiga, qué me aconseja. Intento presentar una conferencia en la Sociedad de Geografía’, Él me dijo: ‘Mire amigo, le voy a decir una cosa: ¿ha oído hablar de los Montenegro?, pues los Montenegro son de allá de su pueblo de Sayula. Roberto Montenegro, el pintor, es muy amigo mío. Cada que viene a Guadalajara, lo primero que hace es venir a visitarme’.
“Roberto anduvo por toda la República, me dijo. Coleccionaba documentos sobre su familia; anduvo por Sonora y consiguió muchos originales, todo con la ilusión de dejárselos a sus hijos para que descubrieran sus raíces. Pero resulta que cuando llegó con tantos documentos, a los hijos no les interesó nada y él se decepcionó.”
El profesor Cornejo le dijo “qué le parece que yo le preste todos estos documentos y usted hable sobre los Montenegro”. Y así lo hizo. Don Federico los leyó e hizo su conferencia, que gustó mucho, lo que le permitió ingresar a la Sociedad de Geografía.
Don Federico contó que también fue fundador del periódico regional El Tzaulan, donde conoció a Carlos Pizano Saucedo y Francisco Ayón –padre del actual secretario de Educación–, quien le ayudó a publicar su primer libro, La provincia de Ávalos.
Su familia, dice, tenía una ferretería en Sayula, donde ahora se venden tortas ahogadas.
Contó: “Toda mi vida me dediqué al negocio, pues era mi carrera, mi comida y la de mis hijos. Yo le robaba horas al día. A veces me levantaba muy temprano y escribía dos horas; a veces terminaba de escribir a máquina a las dos de la madrugada. Los miércoles me iba a Guadalajara, a la biblioteca, a conseguir datos históricos de la región. Ahí hice magníficos amigos, quienes me ayudaron mucho”.
Recuerdos de San Gabriel
“¿Cómo ve usted ahora a Sayula, y cómo ve a San Gabriel, con relación a lo que le tocó vivir junto a su amigo Rulfo?, le preguntó el reportero a don Federico.
“Mire usted. San Gabriel era una ciudad pequeña, un pueblo chico, bastante chico. Se acabaron las haciendas que marcaron su época de auge. A inicios del siglo pasado San Gabriel subió de categoría con gente de altos vuelos, la historia nos dice que las mujeres se vestían muy elegantes; había señoras que usaban vestidos hechos en París.
“Sayula fue un pueblo de hermoso empedrado por mucho tiempo, el municipio era una población progresista, la capital de la Provincia de Ávalos, su extensión llegó a abarcar la sexta parte de lo que es hoy Jalisco. Claro que ese esplendor se fue. Abarcaba la zona de Ciudad Guzmán, Tuxpan. Cuando vino el rey de España, lo partió y dijo: ‘Esto es para mí’, porque ahí estaban las minas de plata y las minas de oro.
“Sayula es un pueblo en donde nos conocemos todos; tenemos mucha estimación entre su gente. Y aunque no seamos amigos, cuando nos vemos en la calle nos saludamos o nos decimos adiós. Sayula es un pueblo para vivir a gusto, contentos.
“Hoy, Ciudad Guzmán es la plaza número uno de todo el sur de Jalisco. Sin embargo, Sayula ha venido avanzando a un ritmo más lento, pero muy seguro, eso nos ha servido mucho, porque no teniendo dinero, la gente no destruye las pocas cosas bonitas que tenemos, teniendo dinero como en Ciudad Guzmán acabaron con todo. En Ciudad Guzmán había fincas verdaderamente notables, todo tumbaron y aquí eso nos ha protegido un poquito.”
Esa fue la última entrevista con don Federico Munguía Cárdenas, el cronista emérito de Sayula, el amigo de Rulfo.








