A finales de los noventa y principios de este siglo, aparecieron un par de novelas: Sara y El corazón es mentiroso, a las que la crítica entusiasta llegó a comparar con el trabajo de Faulkner, Truman Capote, y el mismo Salinger; el ritmo sincopado de la prosa, de nota autobiográfica, contaba la epopeya de un joven cero positivo, hijo de una prostituta de traileros, adicto redimido por la gracia de la escritura, y por el derecho a cambiar de sexo.
Cuando la multitud de admiradores exigió conocer al autor, JT LeRoy, se presentó, un joven de apariencia andrógina, Warhol remasterizado, balbuceante en entrevistas que escapaba como conejo asustado en medio de sus lecturas públicas, y provocaba fragorosos aplausos. Celebridades de grueso calibre como Winona Ryder, Bono, Courtney Love o Marilyn Manson, entre muchos, cultivaban su amistad y llegaron a convertirlo en su confidente. Pero el tal “JT LeRoy” era una mera ficción fabricada por Laura Albert, ama de casa de 41 años, que utilizó a su cuñada Savannah Knoop para representarla.
Autor: JT LeRoy (Author: The JT LeRoy Story; E.U., 2016), documental dirigido por Jeff Feuerzeig, persigue a la elusiva identidad de esta truculenta autora acomplejada por su peso, experta en hacer voces para sexo por teléfono, y cuya vida resulta más interesante que sus personajes de ficción; pues según salió a relucir en los juicios kafkianos a la que fue sometida por el fraude de firmar contratos legales con su seudónimo, la autora sufrió abuso sexual e internamiento en un siquiátrico a los 14 años.
Se trata de un trabajo que fascina o decepciona a las buenas conciencias que piden que la verdad quede esclarecida, confrontando la opinión de afectados (como la actriz y directora italiana Asia Argento, que queda mal parada). Feuerzeig evita dar voz, punto de vista propio, a las voces de las celebridades que dejaron mensajes en la contestadora del teléfono del supuesto JT LeRoy; y mucho tiene este documental de collage con el manejo de elementos heteróclitos como cassettes, documentales de archivo de conciertos, lecturas dadas por actores, apariciones difusas de personalidades, videos caseros, y sobre todo, la narrativa de la Laura Albert decorada con fondo de una escritura agigantada.
Pero es un bello collage, especie de telaraña que se teje con animaciones que ilustran el supuesto acto de la escritura de un joven de 15 años que no existe, o con la original dramatización de los cassettes de la contestadora, piezas ya muy anticuadas que forman una instalación de museo; es obvio, además, que el director termina por sucumbir al arte de esta bruja de la ficción que manipula el discurso y la dirección misma. La impresión que queda es la de un trabajo manchado, sucio en términos expresionistas, especie de cuaderno para estudiar la arqueología de una escritura, de muchas ficciones, y de la imagen, manchada a propósito, del retrato de un autor imposible de conocer.
Lo que es innegable es el derecho a la literatura como quimera, y el rechazo visceral a la necedad de pensar la literatura como un acto confesional.








