El nombre mismo, periodismo, proviene de un perfil atrasado. Es denominación de cuando las páginas informativas se distribuían cada semana o cada quince días; eran publicaciones periódicas. La segunda mitad del siglo XIX prevaleció dicha rutina. Con la llegada del siglo XX las publicaciones importantes se volvieron diarias. También se conoce tal denominación: “diarios”. No influyó tanto. A los empleados de los medios se les sigue llamando “periodistas”. Son rutinas difíciles de modificar.
Esto de los bamboleos semánticos no es lo importante. Tras los diarios vino la explosión de vías informativas por las ondas hertzianas, por la televisión, por la infinidad de recursos que conocemos como redes sociales. Los medios masivos ampliaron su diapasón de oferta. Ahora ocupan un porcentaje muy alto de la atención de los habitantes del planeta Tierra. Por cobertura de denominaciones tendríamos para dar y prestar. Pero otra vez hay que decirlo: lo de los nombres, e incluso lo de sus adjetivos, no es lo que importa.
¿Qué es entonces lo que importa de este oficio? Que es tarea que realizan o realizamos seres humanos, seres vivos. Y por tal razón somos seres que nos merecemos todo el respeto. No puede estar en juego nuestra propia vida a partir del oficio desempeñado. Los mensajeros no pueden correr cada día por el filo de la navaja, con su humanidad a cuestas, esperando que al primer hijo de vecino se le ocurra ponerle punto final a su existencia.
Esto es lo que ha de discutirse de nuevo y estipularse con todas sus letras, pues parecería que lo hemos olvidado. En medios tradicionales, como son los informativos impresos, da lo mismo que quienes conformen el equipo sean reporteros o fotógrafos, analistas o burócratas a su servicio. Todos ellos son periodistas. Todos ellos, en equipo, hacen posible que se difundan notas de interés para la población. Por su trabajo se consigue darle a la información el sesgo considerado el más atinado. De otra manera, de no haber libertad de expresión, sólo habría una versión de los hechos, la oficial, la hegemónica, la que quieren los poderosos que sea difundida. De imponerse tal perspectiva, o cuando ocurre, los pueblos lo lamentan.
El juego informativo es plural. Se sostiene por todos y se mantiene para todos. El periodismo es pues un oficio colectivo. No es ocurrencia o frivolidad de particulares. Los que a él se dedican deben ser respetados. Hablamos de sus opiniones y posturas, ya no digamos de su propia vida. Podrá cualquiera confrontar con los periodistas sus opiniones. Podrán ambos confrontarse y debatir, si quieren hacerlo, hasta el cansancio. Pero el colofón de dichas polémicas no puede ser la eliminación de uno de ellos. Eso es condenable.
Por los días que corren estamos viviendo en el país un estado de cosas condenable. No basta con condenarlo. Hay que frenarlo. Es urgencia fundamental. Es uno de nuestros acuerdos mínimos. Puede haber segmentos de ocupación que reclamen la atención de manera también urgente, como esta del respeto al oficio periodístico. Pero por el momento nuestra atención se concentra en la integridad de los compañeros informadores, de los colegas de los medios. No podemos seguir deambulando por las distintas sendas del país en busca de notas de información pública y arriesgando la vida. Si lo que se busca es salvar la vida de todos, no puede ponerse en riesgo la propia.
La compañera Miroslava Breach Velducea, reportera del periódico La Jornada, fue asesinada la semana pasada en el estado de Chihuahua. Una semana antes había corrido la misma suerte fatal el colega veracruzano Ricardo Monlui Cabrera. A principios del mes de marzo, otro colega guerrerense, Cecilio Pineda Brito, reportero de la fuente policiaca, fue ultimado en circunstancias similares. El caso de Miroslava levantó ámpula de inmediato por tratarse de un reto abierto al gobierno panista de Chihuahua, el que encabeza Javier Corral.
Puede tornarse emblemático el hecho de que Miroslava sea mujer, como se volvió pendón Regina, la reportera de nuestra revista Proceso, al ser sacrificada en Veracruz. El caso de Regina pasó a ser referente omnipresente en la exigencia por la salvaguarda de la integridad de los periodistas en Veracruz, porque su caso no ha sido aclarado por la justicia de dicho estado y porque encabeza una larga lista de crímenes de este tipo. Una forma edulcorada de manejar estas duras situaciones, dolorosas para familiares y compañeros, es pintar tan deplorables hechos con la figura del martirio. Pero lo que menos necesita el periodismo son mártires.
Probablemente ningún oficio requiera de la cruenta cuota de los mártires. Oficios, no. Si se convoca a una cruzada, a una empresa religiosa de alto riesgo o a otro tipo de tarea descabellada donde sí se ponga como costo el de la vida, habría que analizarlo. El oficio de comunicador no tiene por qué pasar tan costosa aduana. Quienes atentan contra la vida de comunicadores y cercenan a los mensajeros transgreden nuestros acuerdos mínimos de convivencia. La autoridad constituida no puede seguir sirviendo de tapadera a estos excesos. Su respuesta no puede ser la impunidad, menos la indiferencia.
Toda vida humana es valiosa. La de ningún ser humano debe quedar al filo de la guillotina. Que los gajes del oficio de los comunicadores lleven en precio el costo de la difamación, de la persecución, del denuesto y finalmente el de la desaparición física, es señal de que nos falta mucho por recorrer todavía en esto de la convivencia civilizada.
Va a ser muy difícil que pongamos fin pronto a tantas agresiones dolosas y a sus daños irreversibles, como hoy ocurre. Hay toda una serie de fórmulas defectuosas y eslabones mal trabados con que nos topamos día a día. Nuestros políticos, puestos en la picota del reclamo, ni siquiera tienen palabras sensatas de respuesta; mucho menos tendrán propuestas atinadas o prefiguradas para ponerle ya un alto a tanta arbitrariedad y a tanto estropicio como padece la población a causa de la criminalidad desatada y la ley de la selva entre nosotros. Volvemos a ellos la cara por ser los responsables de las instituciones encargadas de imponer el orden y restablecer la paz entre todos nosotros. Pero como si les hablara la virgen.
No se entiende lo que se espera ya que ocurra para frenar el derramamiento de tanta sangre ciudadana inocente. El gobierno sacó hace diez años a los militares de los cuarteles y, con ello, lo único que vemos es que fue apaleado el avispero. Ahora corremos por las calles pensando en la fórmula desesperada del sálvese quien pueda.
¿Habrán claudicado los titulares del poder al ejercicio de la fuerza institucional y dejado, por debajo de la mesa, que los ciudadanos pasemos a tomar la defensa propia por nuestros propios medios? ¿Será un aviso subrepticio y subliminal ya de la claudicación definitiva de nuestro Estado fallido? De ser el caso, esta situación adolece de más gravedad de lo que por encima parece. De ser así, no quedará entonces otra salida que la que dicta aquello de que: ¡A grandes males, grandes remedios!








