Israel, en el banquillo

Como David contra Goliat, un médico palestino se enfrenta al Estado de Israel en un tribunal para exigirle una disculpa oficial por la muerte de tres de sus hijas durante un bombardeo en la Franja de Gaza. Aunque el ejército israelí se defiende argumentando que el ataque cometido hace ocho años, estaba justificado, Izzeldin Abuelaish, el padre de las jóvenes muertas, considera que con esa incursión se violaron las más elementales leyes humanitarias.

Jerusalén.- Bissan, Mayar y Ayah. Desde la noche del 16 de enero de 2009 Izzeldin Abuelaish teme que sus tres hijas muertas sean nombres escritos en la arena. Rostros que se desdibujan con el paso del tiempo, un número más en los desgastados balances de las guerras ya olvidadas.

“Si estoy aquí hoy es porque quiero que mis tres hijas no caigan en el olvido y sus nombres no se borren; quiero que queden de alguna manera inscritos en piedra. Estoy aquí además para ser la voz de miles de palestinos que no tienen voz. Todos ellos y mis hijas no son números, eran seres humanos con futuro y con sueños”, dijo el médico palestino ante un grupo de periodistas –entre ellos la corresponsal de Proceso– en esta ciudad.

Aquella noche de enero de 2009, la casa de Izzeldin Abuelaish, en el campo de refugiados de Yabalia, en la Franja de Gaza, fue alcanzada por un obús. Sus tres hijas y una sobrina, todas ellas de entre 14 y 20 años, murieron.

Desde entonces Abuelaish busca justicia y le exige al Estado de Israel una disculpa oficial. El miércoles 15, después de un desgastante proceso, su caso llegó hasta un tribunal israelí que deberá decidir si la familia palestina merece una compensación moral y financiera, como lo prevé la ley humanitaria internacional.

“Me prometí no ceder y ser fuerte. Mis hijas eran unas niñas y las mataron por nada. No había razón. Ellas merecen una disculpa. Es dolorosísimo estar aquí hoy probando que mis amadas hijas son víctimas. Es el mundo al revés, porque normalmente es el presunto autor de un crimen quien se defiende e intenta demostrar su inocencia, no las víctimas”, considera Abuelaish.

“En este caso los responsables son conocidos, queremos que reconozcan qué paso realmente aquella noche y tengan el valor de asumir su culpa”, agrega.

La voz recia de este hombre de 62 años, de figura imponente, se quiebra al revivir aquella noche y recordarse a sí mismo abrazando los cadáveres de sus hijas. Abuelaish acababa de perder a su esposa, víctima del cáncer, y tenía la responsabilidad de sacar adelante a sus ocho hijos.

Buscaba una oportunidad para salir de Gaza, pero todo se vio interrumpido por la ofensiva de Israel en la Franja entre finales de 2008 e inicios de 2009. Bautizada como Plomo Fundido, la operación militar iba dirigida contra el movimiento islamista Hamas y otros grupos armados, pero dejó un saldo final de más de mil 300 palestinos fallecidos, más de la mitad de ellos civiles, según datos de la ONU.

Tragedia en vivo

La casa de este médico se encontraba en una zona alejada de los enfrentamientos y era habitada exclusivamente por civiles. Según Abuelaish, no había ninguna razón para que se convirtiera en objetivo militar.

La tragedia sufrida por la familia traspasó en pocas horas las fronteras de Gaza. Abuelaish era un médico de prestigio, reconocido por sus posiciones en favor de la paz y el diálogo; trabajaba en un hospital de Tel Aviv y tenía amigos en Israel.

La noche del bombardeo tenía una entrevista pactada con la televisora israelí Channel 10. Un periodista llamó a Abuelaish a la hora prevista sin saber que la casa acababa de ser bombardeada; en directo, desgarrado por el dolor y conmocionado, el médico contó a decenas de miles de telespectadores israelíes, estupefactos, que sus hijas acababan de morir.

“En el momento del ataque todo estaba tranquilo en las inmediaciones de mi casa. En aquel tiempo, ningún lugar en Gaza era seguro pero yo sé que nadie en mi edificio estaba involucrado en actividades que justificaran este bombardeo que incumple la ley humanitaria internacional”, estima Abuelaish.

“Mi cliente era el único habitante de la Franja de Gaza que hablaba con periodistas israelíes y les decía qué pasaba en aquella guerra a la que los informadores de Israel no tenían acceso. Mi pregunta es si esto tuvo algo que ver en el bombardeo de su casa”, lanza su abogado, Hussein Abu Hussein, presente también en la reunión con periodistas.

Dos semanas después del bombardeo, el ejército israelí reconoció su responsabilidad y pidió disculpas por lo ocurrido, pero luego se desdijo. Durante la primera audiencia del juicio, el miércoles 15 en un tribunal de Beer Sheva (sur de Israel), responsables militares aseguraron que el objetivo del bombardeo eran milicianos de Hamas que estaban en el mismo edificio. Además, subrayaron que en el lugar se hallaron armas palestinas y que fue la munición usada por Hamas y no la artillería israelí la que provocó la muerte de las muchachas.

Un responsable militar israelí, el teniente coronel Eran Tuval, afirmó ante el juez que la metralla y esquirlas extraídas de los cuerpos de las jovencitas y hallado en la casa contenían un material químico que no es usado por el ejército israelí sino por Hamas.

“Basta de mentiras. La única arma que había en mi casa aquella noche era la educación con la que yo quise que mis hijas se convirtieran en mujeres fuertes”, se indigna el médico.

“Si había hombres armados en el tejado de la casa, ¿por qué uno de los ejércitos más capacitados y con más medios técnicos del mundo no disparó al tejado?”, se pregunta.

Abuelaish denuncia que en Israel se han publicado incluso fotografías que aseguraban mostrar las armas encontradas en la cocina de su casa. “Ni siquiera era una foto de mi cocina”, lamenta.

El médico recuerda que tras el fin de la ofensiva, organizaciones internacionales tuvieron acceso a su casa y determinaron que no había rastro de munición palestina. El médico insta además a que se analicen los restos de metralla que aún están dentro del cuerpo de su hija Shada, superviviente del ataque y testigo en el juicio. “Que autoridades internacionales competentes extraigan esos restos y digan realmente de dónde proceden”, exclama.

Acuerdos ignorados

Compensar a personas que han sufrido heridas y daños en sus posesiones o que han perdido a un ser querido en actos que constituyen una violación de los derechos humanos o de la ley internacional es una obligación determinada por diversos acuerdos, firmados incluso por Israel, a lo largo del siglo XX, como la IV Convención de Ginebra, de 1949, o la Convención Contra la Tortura.

“Toda persona cuyos derechos o libertades reconocidos en el presente Pacto hayan sido violados podrá interponer un recurso efectivo, aun cuando tal violación hubiera sido cometida por personas que actuaban en ejercicio de sus funciones oficiales”, dice claramente el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos aprobado por la ONU en 1966 y del cual Israel es firmante.

Pero un informe presentado el pasado miércoles 8 por la ONG israelí B’Tselem acusa a Israel de no respetar esta legislación internacional, de crear incontables obstáculos y enmendar repetidas veces las leyes internas con el fin de evitar el pago de compensaciones a los palestinos cuyos derechos humanos se han vulnerado de una forma u otra.

“Desde septiembre de 2000 hasta noviembre de 2016 las fuerzas de seguridad israelíes mataron a 4 mil 856 palestinos en circunstancias ajenas al combate o los enfrentamientos. Un tercio de ellos tenía menos de 18 años. Otros miles resultaron heridos, miles de casas fueron demolidas y centenares de hectáreas de cultivos fueron devastadas. Frente a esta realidad, Israel fabrica una serie de excepciones que lo libran de la obligación de indemnizar por todo el daño ocasionado”, explica la ONG.

En entrevista con Proceso, Yael Stein, autora de este informe de B’Tselem, estima que “Israel no ofrece en este momento a los palestinos una oportunidad real de presentar una denuncia y llevar a cabo un proceso en un tribunal israelí para recibir una compensación”.

La ley israelí exime al Estado de indemnizar a los palestinos que han sufrido daños en lo que se llama “actos de guerra”, es decir, en circunstancias directamente vinculadas con los enfrentamientos y el combate, y para Israel la inmensa mayoría de los casos entran en este supuesto.

Además, y según Stein, el Estado multiplica las dificultades burocráticas, lo cual deja en el camino a otra parte de los potenciales denunciantes palestinos. La lentitud del proceso, la falta de información, la barrera lingüística y cultural, la obligación de que los denunciantes acudan en determinado momento al Ministerio de Defensa –lo cual es complicado, debido a las restricciones de movimiento para la mayoría de palestinos– y el hecho de que en un punto del proceso hay que pagar y contratar a un abogado, reduce drásticamente el volumen de denuncias.

“Todos estos factores juntos hacen que, en este momento, Israel goce de una total impunidad. Nadie es castigado, nadie tiene que pagar por nada. Estamos hablando de una ocupación ‘costo cero’ de los territorios palestinos. Si nos ceñimos al papel, se puede creer ilusamente que los palestinos pueden poner una denuncia para obtener una compensación, pero en la práctica sus posibilidades son prácticamente inexistentes”, explica Stein.

Y los números son más que reveladores. Hace 10 años se presentaban unas 300 denuncias palestinas al año exigiendo una indemnización a Israel y ahora la media anual es de 18. En 2001 Israel pagaba indemnizaciones anuales por un total de 5.7 millones de dólares y el año pasado apenas se llegó al millón.

“Las consecuencias son muy claras: si nadie paga un precio por nada, se instaura un clima en el que todos los derechos humanos son potencialmente no respetables y eso es muy peligroso”, lamenta Stein.

“No odiaré”

Izzeldin Abuelaish es uno de los pocos palestinos que ha conseguido sortear todos estos obstáculos y llegar, ocho años después de la muerte de sus hijas, ante un juez israelí. “Sé que el hecho de haber llegado hasta aquí constituye ya un triunfo”, admite.

Desde hace varios años Abuelaish vive con sus cinco hijos en Canadá, pues la Universidad de Toronto le había ofrecido una plaza de profesor antes de la tragedia que marcó su vida. En los últimos años escribió el libro No odiaré, donde dice estar convencido de que el conflicto palestino-israelí tiene una solución que pasa por el diálogo y un mayor conocimiento del “enemigo”; el nombre del médico palestino ya ha sonado como candidato al Premio Nobel de la Paz.

Su prioridad ahora es que el Estado de Israel reconozca lo ocurrido hace ocho años y pida oficialmente disculpas. Deberá esperar varios meses para conocer la decisión del tribunal, pero si obtiene una compensación financiera la destinará a la fundación Hijas por la Vida, creada en memoria de sus hijas, a fin de fomentar la educación de las jóvenes en Oriente Medio.

“Quiero que este juicio marque un punto y aparte en la historia de este tipo de procesos en Israel. Espero que la próxima vez que nos encontremos sea para celebrar la inauguración de varias escuelas de nuestra fundación creadas gracias a la indemnización recibida”, confía.

Tres de sus hijos lo acompañaron durante su comparecencia ante el juez: Shada, Rafá y Abdalá. “El mayor deseo de todos”, dice, “sería poder entrar a Gaza y rezar ante la tumba de su madre y hermanas. Me gustaría ir y que mis hijos fueran. Decirles que estamos aquí y estamos haciendo todo esto por ellas. Pero nadie puede garantizarme en este momento que si entro en Gaza pueda salir”, lamenta.

La Franja de Gaza, donde viven unos 2 millones de palestinos, está gobernada por Hamas y desde hace 10 años es objeto de un severo bloqueo por parte de Israel, que asfixia a esta paupérrima región y la aísla del resto de los territorios palestinos y del mundo.

Desde la operación Plomo Fundido Israel ha lanzado dos ofensivas más contra Hamas y movimientos armados de Gaza, en 2012 y 2014, que se saldaron con la muerte de centenares de palestinos, la mayoría de ellos civiles, según la ONU.

“Quiero ver este juicio como una oportunidad de transformar una tragedia en un motivo de esperanza. El mundo no debe olvidar que todos sin excepción somos víctimas potenciales. Sólo el valor de defender la verdad y la justicia nos puede salvar”, concluye.