No hay marcha atrás y sólo es cuestión de tiempo: Mosul, el último reducto del Estado Islámico en Irak, está a punto de caer en poder de la coalición que combate al “califato” de Abu Bakr al Baghdadi. Y esto, que podría ser una buena noticia, no lo es. Una vez que esa organización fundamentalista sea desalojada de la ciudad, el norte de Irak volverá a ser lo que era antes de la invasión estadunidense de 2003: un campo de batalla donde las potencias locales y globales seguirán tratando de imponer su hegemonía, donde sunitas y chiitas continuarán matándose entre ellos y donde los kurdos seguirán buscando su independencia.
“Díganme cómo termina esto”, pidió el general David Petraeus al principio de la invasión estadunidense a Irak, en 2003.
Catorce años más tarde, y después de cinco meses de batalla, los combatientes de Estado Islámico (EI) han sido rodeados y atrapados en una bolsa en la parte occidental de la ciudad de Mosul. Es el principal bastión de esa milicia en Irak, desde donde su líder, Abu Bakr al Baghdadi, proclamó el califato el 29 de junio de 2014. Y dar la vida defendiendo la plaza parece un compromiso que los militantes de esa organización están dispuestos a aceptar.
Las estrechas calles del casco viejo de la urbe dificultan el avance de los tanques enemigos e incrementan los costos en vidas civiles de sus ataques aéreos y terrestres.
Pero lo que retienen no es ni la sexta parte del área urbana. Los relatos desde la línea de combate refieren tácticas desesperadas, como el “blindaje” de buldóceres con láminas y parrillas para convertirlos en enormes carros-bomba que no logran avanzar lo suficiente para infligir gran daño. Desde los mandos de la coalición de 86 países formada para combatir al EI, difunden videos, como el del bombardero B-52H Stratofortress que atacó el gran hotel Ashur, una mole de seis pisos que solía dar servicio de cinco estrellas, y que ahora había sido convertida en posición fortificada de las fuerzas yihadistas, antes de su aparatosa destrucción.
Se impone la convicción de que Mosul está muy cerca de caer y el EI vive sus últimos días o semanas como fuerza ocupante de territorio en Irak. Sus tropas se refugian en las montañas o escapan a Siria, donde los suyos conservan la ciudad de Raqqa, a la cual se aproximan unidades del ejército sirio y milicias kurdas. Pero nadie cree que esto va a terminar, que abrirá el camino a la paz y la estabilidad prometidas por el entonces presidente George W. Bush.
El lunes 20 se cumplieron 14 años del inicio de la guerra en Irak, y la calma nunca llegó.
Hoy la cercana derrota del enemigo de todos es también la desaparición del factor de unión, pues las disputas y rivalidades que fueron hechas a un lado para combatir juntos vuelven a ser prioritarias: los crímenes de las milicias chiitas, los resentimientos de las tribus sunitas, las ambiciones independentistas de los kurdos, la pelea por el petróleo, la lucha hegemónica de las potencias regionales (Turquía, Irán, Catar y Arabia Saudí) y globales (Estados Unidos y Rusia), la guerra siria, el problema de las fronteras, el peligro de desmembramiento…
Como marco, una crisis humanitaria en la provincia de Nínive –que involucra a 260 mil desplazados–, grandes matanzas y otra ciudad milenaria reducida a escombros.
El califa autoproclamado
El 16 de octubre de 2016, para lanzar la ofensiva sobre Mosul, la ciudad más grande del norte iraquí, la coalición realizó el mayor despliegue de tropas desde 2003: 60 mil soldados de Irak, 40 mil peshmergas (milicianos) kurdos y 14 mil chiitas. Su objetivo: destruir a un contingente de entre 4 mil 500 y 12 mil militantes del EI.
Estos números marcan un claro contraste con la toma de Mosul, que los yihadistas ejecutaron en sólo seis días, entre el 4 y el 10 de junio de 2014, con una relación de fuerzas todavía más desventajosa: los suyos eran entre 800 y mil 500 combatientes, contra 30 mil soldados y 30 mil policías.
Su arma más poderosa fue el terror: en su avance hacia Mosul, el EI ejecutó públicamente a cientos de personas y grabó –en videos que eran subidos a internet– ejercicios de creatividad con nuevas maneras de torturar y matar.
Las autoridades políticas y militares escaparon primero. Cuando los miembros de rangos medios y bajos del ejército y la policía se descubrieron sin mandos, se produjo una estampida de hombres que se quitaban los uniformes y abandonaban las armas y los vehículos para no ser reconocidos en la huida.
El 11 de junio de 2014 el EI tomó otra capital provincial, Tikrit, y después de publicar en Twitter las imágenes de la ejecución de mil 700 soldados que se habían rendido, siguió su avance hasta tomar el pueblo de Jurf al Nasr, a 60 kilómetros de Bagdad, la capital iraquí.
Según El Corán, el califato es el gobierno único ordenado por Dios para toda la humanidad. Cuando Al Baghdadi proclamó su creación, desde la mezquita al Nuri, de Mosul, lo hizo de forma unilateral. Con ello implicaba que todos los líderes del mundo, desde los reyes y presidentes musulmanes hasta los de otras religiones debían someterse a su autoridad. No hubo muchos que le dieran valor a sus palabras.
Pero su territorio abarcaba desde las cercanías de Alepo, en Siria, en las proximidades del Mediterráneo, hasta media Mesopotamia, casi a la vista del Golfo Pérsico: la idea de que el autodenominado califa había humillado a grandes poderes con un escaso número de hombres y de que se establecía con eficacia un régimen administrativo y judicial bajo las leyes sagradas de la sharia, provocó una conmoción en muchos musulmanes y conversos en varias regiones del mundo.
Miles de extranjeros llegaron como voluntarios. Grupos de yihadistas establecieron “provincias” del califato en zonas de Libia, Somalia, Nigeria, el Sáhara y la península del Sinaí. Jóvenes radicalizados cometieron atentados terroristas en países islámicos y en Occidente, de manera autónoma pero siempre en respuesta al llamado del califa.
Tragedia civil
El impacto psicológico también alcanzó a las facciones y potencias que compiten en la región. Los bombazos y ataques en Estambul y París, en Londres y Beirut, convencieron de que la urgencia de detener al EI era más importante que cualquier otro objetivo. Las fuerzas aéreas de países como Estados Unidos y Rusia, Catar e Irán, Australia y Siria, tuvieron que realizar operaciones coordinadas. Numerosas fuerzas terrestres –incluidos “asesores militares” de varias naciones– se aproximaron sobre el terreno en 2015.
En la primavera de ese año, el EI fue expulsado de Tikrit.
En octubre de 2016, para dar inicio a la ofensiva sobre Mosul, fue necesario llegar a acuerdos entre las fuerzas atacantes: dado que la ciudad es de mayoría sunita, las milicias chiitas se abstendrían de entrar a la plaza, para evitar los abusos que han cometido en otros lugares. Lo mismo les pidieron a los peshmergas del Gobierno Autónomo del Kurdistán: el gobierno iraquí no quería que se apoderaran de Mosul, como lo hicieron antes en la cercana Kirkuk.
Desde el aire, drones, helicópteros Apache y aviones destruyen las posiciones yihadistas, como parte del apoyo estadunidense que incluye también información de inteligencia y tropas de operaciones especiales. Pero el responsable de conquistar barrio por barrio es sólo el ejército iraquí, con su División Dorada como punta de lanza, que ha tomado ya la parte oriental y grandes zonas de la occidental.
Se ha dicho que el objetivo es reducir el costo para la población civil. Y por esto, también las organizaciones humanitarias se prepararon para recibir hasta 200 mil personas escapando de Mosul, para paliar en lo posible la catástrofe de una ciudad bajo sitio militar.
En su balance del domingo 19, la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU registraba ya 260 mil evacuados, de los cuales 45 mil salieron de la urbe sólo en los siete días anteriores: el número creció 22% de una semana a otra.
En un informe difundido el miércoles 22, la organización Médicos Sin Fronteras reportó falta de equipos para atender a miles de heridos graves y un creciente número de casos de desnutrición infantil en los campamentos de desplazados. El doctor Reginald, cirujano belga que opera en un hospital de campo de Médicos Sin Fronteras (MSF), establecido en una aldea al sur de Mosul, explicó: “He estado en muchas otras guerras: Siria, Liberia, Angola y Camboya, pero nunca he visto nada como esto. Cada caso que recibimos en el teatro de operaciones es severo y casi cada día tenemos que atender a heridos en cantidades masivas”.
Otro miembro de MSF, un cirujano iraquí identificado como Ahmed, reveló el caso de una familia que había sido alcanzada por una granada de mortero, el martes 21: “La madre y el padre llegaron muertos, así es que trabajamos intensamente sobre los dos hermanos. Pero la herida en la cabeza del niño más pequeño era tan severa que murió y sólo logramos salvar al de nueve años. Me preguntó cómo logró sobrevivir y cómo logrará sobrevivir. De toda su familia, sólo queda él”.
Conflictos durmientes
A 180 kilómetros de Mosul, al sureste, está Kirkuk. En los ochenta la dictadura de Sadam Husein aplicó políticas para promover la arabización de la urbe, desalojando a parte de la población kurda y reemplazándola con recién llegados del sur de Irak. Después atacó otras zonas kurdas, incluso con armas químicas.
En la época posterior a Husein el gobierno iraquí ha tenido que aceptar un régimen federal: en el noreste del país se constituyó la Región Autónoma del Kurdistán, pero sin Kirkuk: Bagdad se aseguró el control de la ciudad petrolera.
Hasta que sus tropas huyeron ante el avance del EI, en junio de 2014. Sólo la intervención veloz de los peshmergas kurdos impidió que los yihadistas se apoderaran de las riquezas de esa zona, abundante en crudo.
El lunes 20, en los edificios públicos de Kirkuk ondearon banderas kurdas. Las autoridades locales dijeron que la Constitución los autorizaba a ponerlas. Las federales dijeron que no y exigieron el retiro de las enseñas. La Misión de las Naciones Unidas en Irak emitió un comunicado pidiendo evitar “pasos unilaterales que pongan en peligro la armonía y la coexistencia”.
Por una vez, Turquía coincidió con Irak en su rechazo a la consolidación del estatus actual de Kirkuk: el crecimiento y eventual independencia de un estado kurdo actuaría como imán sobre los 25 millones de kurdos que viven en el sureste turco, y podría provocar otra secesión.
Hay tropas turcas estacionadas cerca de Mosul, como una señal de apoyo a la ofensiva contra el EI que a nadie le ha caído bien. Tampoco a Irán, que se considera el principal ganador de la invasión estadunidense a Irak, que derribó a Husein, su enemigo tradicional, para darle el poder a la mayoría chiita, sobre la cual tiene gran influencia.
De hecho, Teherán financia algunas de las 40 milicias chiitas que combaten en Irak y Siria. Y mediante ellas controla el territorio que le permite conectar con los chiitas sirios y libaneses, con lo que su influencia llega al Mediterráneo, para indignación de la monarquías sunitas de Arabia Saudita y Catar.
Y de las tribus sunitas: con Husein detentaron el poder absoluto, pero lo perdieron tras la invasión estadunidense y se alinearon con Al Qaeda. Washington logró comprarlas con dinero y armas para montar lo que se publicitó como “el despertar sunita” y convertirlas en aliadas. Pero después las abandonó a la opresión sangrienta del gobierno chiita de Bagdad. Por eso recibieron favorablemente al EI, hasta que las brutalidades de los yihadistas los forzaron a incorporarse a la coalición, atraídos además con promesas de respeto y de una cuota de poder en el gobierno federal.
Pero pocos creen que les vayan a cumplir. Y anticipan que pronto volverán a alzarse contra Bagdad. Que las milicias chiitas continuarán cometiendo tropelías. Que los kurdos no cejarán en su confrontación con el centro. Que los remanentes del EI continuarán atacando desde las montañas y con “células durmientes” en las ciudades. Y que las potencias extranjeras seguirán haciendo su juego a través de las fuerzas locales.
“Díganme cómo termina esto”, pidió Petraeus hace 14 años. Aún nadie responde.








