No hay manera de escapar: la radio y la televisión, especialmente la pública, está saturada de publicidad política. Ahora que vienen las elecciones en el Estado de México, las emisoras del gobierno difunden spots que se escuchan en la ciudad capital.
Al final dicen: “este es un mensaje dirigido a los simpatizantes de este partido político”. Sólo quien lo hizo podría explicar el galimatías. ¿Cómo entenderlo? De distintas maneras: los que no sean simpatizantes no le hagan caso, no lo tomen en cuenta o de plano no es para ustedes así que ni lo oigan. ¿Entonces por qué transmitirlo en abierto?
Destacan también los anuncios de la Marina.Las imágenes son impecables. Marchan al unísono, sin salirse de ritmo. La escuela alberga las mejores instalaciones, los alumnos se ven interesados en sus estudios. Se entrenan para ser marinos al tiempo de prepararse en aeronáutica, medicina, ingeniería. El fin último es “servir a México”. El costo de la producción tiene que ser alto. Pese a su calidad de factura, las repeticiones van desgastando el interés hasta que la audiencia se fastidia.
Igualmente reiterados afloran los mensajes del ejército. No parecen elaborados por el mismo productor de la Marina, pues carecen de limpidez. Además dan miedo. Los soldados surgen portando armas de última generación, encima de camiones o tanques. Su actitud es de franca agresividad con sus uniformes de camuflaje. ¿Se preparan para la guerra, contra quién? Las palabras quieren desmentir a las figuras: el ejército está ahí para protegernos, ¿de nosotros mismos?, ¿de los huracanes?, ¿de los “peligros para México”?
La militarización del país se ve reflejada en los medios audiovisuales portadores de los símbolos castrenses que se vierten día a día en nuestras pantallas, para que no olvidemos de dónde viene el poder.
En la vida cotidiana cualquier acción es pretexto válido: el nuevo modelo educativo, la inauguración de vías de transporte, el alza de las gasolinas. Con propaganda quiere el gobierno remontar su descrédito. Con intimidaciones el ejército borrar las violaciones constantes a los derechos humanos. Con frases retóricas de supuesto nacionalismo, dejar de lado la realidad de las políticas de entrega y privatización de los recursos naturales del país.
Lejos de disminuir, el lucro de espacios en los medios aumentará conforme se acerque el 2018, en preparación para la compra de votos. Una avalancha de mentiras se nos vendrá encima como cortina de humo que distrae del desastre verdadero. Mientras tanto un río de dinero de las arcas públicas fluye hacia los medios privados, sin que la ciudadanía pueda conocer los contratos firmados con Televisa por las armas nacionales.








