“Toni Erdmann”

En medio de sus juegos y bromas grotescas, Winfried (Peter Simonischek) le hace una pregunta a Inés, su única hija, que bien podría equivaler a la búsqueda del Grial: ¿eres un ser humano?

Sucede que Inés (Sandra Hüller) se ha convertido en una tierra baldía donde nada florece, toda su fuerza la consume el apetito de destacar como coach en empresas alemanas trasnacionales; si hace bien su tarea, negocios y despidos masivos, Bucarest, donde llega a visitarla su padre, sería el trampolín para alcanzar Shanghai, la Meca del capitalismo más feroz de este mundo globalizado.

Sobre ese panorama de desaliento se juega Toni Erdmann (Alemania-Austria, 2016), una comedia de humor demasiado complicado para el Óscar; y se entiende por qué, en dirección opuesta a Hollywood, la realizadora Maren Ade no ofrece un mapa desde la primeras secuencias donde siempre queda claro quién es quién, cuál es el conflicto y la propuesta adecuada para resolverlo; aquí el público tendrá que ir deduciendo por su cuenta; a cambio de eso, hacia la última parte de las casi tres horas que dura la cinta, los personajes, siempre al límite de lo desagradable, se han hecho entrañables y el espectador no quisiera dejarlos ir.

Toni Erdmann es el alter ego, especie de Mr. Hyde con melena y dentadura postiza hacia afuera, que encarna los disparates de Winfried; es el hermano que acaba de salir de la cárcel, el falso coach del tenista más famoso de Rumania, el embajador alemán, o el que se sienta sobre el cojín pedorro; disfraces diseñados para romper códigos y quitar máscaras de los que sí se toman en serio su papel de hombres importantes de negocios. El propósito es claro, que Inés recupere espontaneidad y gusto por la vida, pero este maestro de música retirado no necesita de pretextos, él es así, la broma es su lenguaje.

Erdmann significa hombre tierra, la base de esta comedia es sólida, parte del encanto es que las guasas de este guasón ponen en evidencia las falsas apariencias de los magnates y sus corifeos, Toni Erdmann tiene la capacidad de aterrizar todo lo que quiera despegarse del suelo; lo único que se toma en serio es el amor por la hija, o por el perro moribundo al que acompaña hasta el final; la fidelidad de un perro lanudo es una metáfora con la que Maren Ade provoca situaciones surrealistas.

En tanto que comedia, Toni Erdmann recurre a todas las posibilidades que el género y sus subgéneros ofrecen; camina por el filo de la tragedia, como el regalo del rallador de queso que no impediría que Inés se suicidase, está constantemente a punto de la catástrofe, provoca pena y vergüenza ajenas, convierte a los más solemnes en cómicos de situación, y el fondo es siempre patético, como ocurre con los ejecutivos dispuestos al ridículo de encuerarse para ganar puntos en su trabajo. ¿Podrá el humor reverdecer la tierra devastada?