Una tarde de toros

A las cinco de la tarde, eran las cinco en punto de la tarde… Así comienza el poema “La cogida y la muerte” de Federico García Lorca, dedicado al matador Ignacio Sánchez Mejías.

Pero otra es hoy la hora de domingo, son las cuatro y media de la tarde en la Ciudad de México, el sol brilla incandescente en el cielo. El coso repleto espera ansioso que los toreros y sus cuadrillas partan plaza… El pasodoble “Cielo andaluz” se escucha por lo alto. Un “¡Oleeeeé…!”, largo y profundo, sale de las más de 45 mil gargantas que atiborran la Plaza México, considerada la más grande del mundo. Aficionados nacionales vienen a ver a José Tomás, el valiente y místico matador…

Suena el clarín y se abre la “puerta de los sustos” o chiqueros, de donde sale el toro encastado… El toro, desconcertado, da vueltas buscando escapar, en tanto el matador lo cita para medir su embestida y tratar de lucirse con el capote. En ocasiones lo logra con un quite o la verónica rematando con una hermosa media, o con ceñidas chicuelinas; estos dos, de los quites más populares.

Enseguida salen los picadores, los de a caballo, que lo azuzan con sus largas varas y le hunden en el lomo uno o más puyazos, según sea su fuerza, a fin de minarle poder. Destrozadas las articulaciones del lomo, la sangre le sale a borbotones. Después le clavan tres pares de banderillas, seis arpones, que lo hacen mugir de dolor, llegando en estado lastimoso al último tercio de la faena que anuncia la hora de “la verdad”… En raras ocasiones el matador se lanza a hacerlo a volapié, estocada inventada por el mítico Pedro Romero, y que de ser lograda le ganaría el cortar los apéndices del burel, según sea el caso, en reconocimiento a su triunfal faena.

Hubo una vez, en la Plaza de las Ventas de Madrid, donde en el cartel alternaron Lorenzo Garza El Ave de las Tempestades, y Luis Castro El Soldado; este último, a la hora de matar se deshizo de la muleta y con un pañuelo en la mano izquierda se lanzó a la estocada; en su turno, Garza, encastado, hizo lo mismo, pero sólo con el estoque. La multitud enloquecida lo sacó en hombros…

Si el toro reúne bravura y presencia, puede ser indultado a petición del público y orden del juez, para ser devuelto a la dehesa y que sirva de semental… Si el torero es corneado, el auditorio le aplaude cuando los monosabios lo cargan rumbo a la enfermería, pues al ser herido es digno de aplauso; quizás el público tenga razón. Según los aficionados, la Fiesta es el enfrentamiento entre el hombre y la bestia, entre la vida y la muerte, entre la inteligencia y el instinto animal. ¿Quién los obliga?