Libro de toros de Carlos Landeros rechazado por el INBA

Nacido en tierra de gran tradición taurina, Aguascalientes, el periodista Carlos Landeros repasa en su libro Grandeza y decadencia de la fiesta brava la historia del espectáculo y lo ubica entre quienes siguen viéndolo como un arte y entre los que lo consideran ya como un asesinato. El volumen enfrentó al autor con la Coordinación de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, que se negó a presentarlo en la Sala Manuel M. Ponce por juzgarlo ajeno a la tradición cultural del recinto. El duro intercambio de cartas alcanzó niveles de enfrentamiento…

¿Es el toreo un arte espectacular y patrimonio cultural de la humanidad, a decir de los taurófilos de corazón? ¿O es un asesinato descarado de un ser vivo e indefenso, según sus detractores animalistas y ecologistas? Para el periodista cultural, aficionado taurino y cronista del redondel, Carlos Landeros Gallegos, la cuestión no tiene vuelta de hoja:

“Las corridas de toros son una fiesta en vías de extinción. Llanamente son una masacre que se ha venido repitiendo a lo largo de los siglos. Los aficionados están convencidos que el toreo es un arte; pero hay otros que piensan se trata de una muerte indigna para un ser vivo y noble, que sufre terriblemente cuando es herido con alevosía, premeditación y ventaja.”

Así lo expone en su reciente volumen de 189 páginas Grandeza y decadencia de la fiesta brava, publicado a finales de 2016 por la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA), con prólogo del rector Mario Andrade Cervantes, quien asienta:

“El aficionado novel y el conocedor tienen la oportunidad de deleitar su pasión por el toreo en las páginas de este libro, permitiéndonos encontrar momentos memorables y emotivos de la historia taurina, sin descuidar el lado opuesto de esta tradición, que también cuenta con reconocidos pensadores y artistas quienes opinan que el toreo no es ni fiesta ni cultura…”

En el capítulo “De cómo nació mi afición por la fiesta y cómo se fue esfumando”, Carlos Landeros, socio fundador del ya desaparecido periódico El Día, autor de Los narcisos (Oasis, 1983), Los que son y los que fueron (prólogo de Luis Mario Schneider. SEP/Gernika, 1986), Entre violetas y no me olvides (Gernika, 1991), la novela El desamor (prólogo de Elena Garro; Diana, 1986), y una antología de entrevistas, Protagonistas de su tiempo (Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2010), confiesa:

“El gusto por la fiesta brava de mi niñez, juventud y madurez, se ha ido diluyendo al punto de haber sido asaltado por la duda: ¿En verdad el toreo es un arte ‘Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad’, o es simplemente un engaño, una reminiscencia de un rito pagano que confirmaba el vínculo entre lo sagrado y el hombre?

“Dicen los aficionados que gracias a la fiesta brava el animal de lidia sigue existiendo, y por afirmaciones de ese tipo es que se cuestiona la pervivencia del toreo. Lo cierto es que el toro bravo es un animal hermoso que si no es atacado, no embiste. Frente al hombre, el burel se aleja mansamente, sin buscar pelea, salvo que se sienta amenazado o acorralado.”

Las primeras 32 páginas de Grandeza y decadencia de la fiesta brava son un repaso histórico, cultural y artístico de las corridas de toros, con el capítulo “Apuntes para un ensayo sobre el toreo” que culmina en comentarios éticos de cronistas taurinos y detractores de la tauromaquia.

“Ya queda poco para que desaparezca del mapa esta fiesta y las mulitillas de arrastre se las lleven al desolladero de la historia con (Ernest) Hemingway a la cabeza”, apunta el periodista Manuel Vincent (El País). Landeros suma:

“¿Estará esta tradición llegando a su final porque huele más a pasado que a presente? En Argentina, desde hace décadas se suspendieron las corridas, y el hecho no provoca tribulación alguna; también en plazas de España y en algunos estados de la República Mexicana. Quizá el futuro del toro de lidia termine siendo el de una especie protegida a fin de evitar su extinción.”

El cuerno de “la burocracia”

Cuando la mañana el 12 de diciembre del año pasado Carlos Landeros solicitó al INBA vía correo electrónico presentar Grandeza y decadencia de la fiesta brava en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, Mauricio Montiel Figueiras, director de la Coordinación Nacional de Literatura (CNL), lo rechazó por e-mail esa misma tarde:

Los libros que presentamos tanto en la Sala Manuel M. Ponce como en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes deben tener contenidos estrictamente literarios: este es el principal requisito para solicitar uno de estos recintos. El libro que propones, Grandeza y decadencia de la fiesta brava, queda fuera del perfil que cubrimos. Asimismo, nuestro calendario para los primeros meses de 2017 ya está muy comprometido. De cualquier modo, si así lo deseas, puedes enviarnos cinco ejemplares del libro en cuestión para que lo evaluemos para algún otro espacio…

Carlos Landeros muestra la correspondencia que sostuvo con Montiel a Proceso y relata que le extrañó la respuesta del funcionario, calificándola de “burocrática”, pues “había juzgado mi libro sin leerlo, independientemente de que le gustase o no el tema”. Le replicó el 15 de diciembre:

La literatura y la filosofía no sólo son discursos estéticos y de pensamiento. Son relatos que representan tanto las prácticas culturales como históricas, por ello no es de extrañar que un gran tema como la tauromaquia haya sido tratado por el célebre español José Ortega y Gasset. Es decir, la tauromaquia es leit motiv de un sinnúmero de artistas…

(El libro incluye versos de poetas como Federico García Lorca, José Bergamín y Rafael Alberti, quienes elogiaron los toros; alude a la amistad de Hemingway con toreros. Evoca los “feos” trajes de luces que Pablo Picasso diseñó para Luis Miguel Dominguín; “la serie de pinturas sobre las corridas” del artista colombiano Botero, y da como ejemplo “vivísimo” los grabados de Francisco de Goya.)

Si el Palacio de Bellas Artes, como institución encargada de difundir y divulgar el conocimiento, le da la espalda a temas que son parte de la historia de una sociedad, como la tauromaquia, está cerrando la posibilidad a que gran parte de la sociedad acceda al conocimiento. Me pregunto si los prejuicios pueden ser más fuertes para decirle no a la presentación de un texto cuyo tema es el de un sinfín de obras: la lucha entre Eros y Tánatos. Espero que otros autores en su buena voluntad de dar a conocer su obra en el Palacio de Bellas Artes, no se encuentren con actitudes obtusas que no ayudan en nada a fomentar las letras y por ende la cultura. Considero innecesario enviarte cinco tomos de mi libro, ya que la Santa Inquisición, de acuerdo a tu mandato, dictó sentencia sin haberlo leído.

Montiel reviró a su vez:

El tono aleccionador e insultante de tu mensaje no es el tono con que debes dirigirte a mí. Como te comenté, y al igual que cualquier autor o editorial que solicite un espacio del Palacio de Bellas Artes, sin excepción [sic], debes enviar cinco ejemplares del libro que pides presentar acompañando la solicitud de dicha presentación. Ninguna Santa Inquisición: son requisitos indispensables desde hace muchos años. No cerré ninguna puerta: te indiqué que el libro, por su tema, no me parecía adecuado para los espacios del Palacio de Bellas Artes…

Leyendas y villamelones

Nacido en Aguascalientes el 18 de agosto de 1935, Carlos Landeros Gallegos había ya presentado su libro en su ciudad natal a comienzos de noviembre; desde entonces no ha tenido éxito en convencer a instituciones que lo hagan en la Ciudad de México (https://www.youtube.com/watch?v=DTE8YwBbPXc).

El grueso del volumen abarca “Los toreros y su huella en la historia de la Fiesta” (con mayúscula) y “Semblanzas”, recopilación de textos suyos publicados en Siempre! o el periódico Excélsior desde los años sesenta, y la revista Casa & Gente en el nuevo siglo. Reproduce crónicas y entrevistas con afamadas figuras taurinas de ayer y hoy, entre otras Antonio Lomelín, quien mató a 2 mil 200 toros, fue cornado 41 veces y se suicidó (mismo fin de Juan Belmonte, El pasmo de Triana, de los renovadores del toreo del siglo XX).

Y además: Rafael Rodríguez, El Volcán de Aguascalientes (“me hice torero por amor”); Antonio Ordóñez (“como la pintura y la música, el toreo es una manera de materializar un sentimiento”); Paco Camino, El Niño Sabio de Camas (“desde niño nunca le he perdido la cara al toro”); Álvaro Domecq y Díez (“me gusta la clase del torero que combina el arte y el poder”); Enrique Ponce (“es un arte y no cabe duda que se trata de un espectáculo también”); Julián López El Juli (“me gusta el torero artista”); José Tomás (“vivir sin torear no es vivir”), y la rejoneadora Conchita Cintrón, La Diosa Rubia del Toreo, a la que Picasso dibujó montando un pegaso.

Consuelo Citrón Verrill (1922-2009) fue autora de ¿Por qué vuelven los toreros? y la autobiográfica Aprendiendo a vivir (Diana, 1979), siendo aclamada en el ruedo por Gerardo Diego, de la Generación del 27; el versátil artista Orson Welles, y el citado narrador Hemingway, cuyo libro Muerte en la tarde (1932) ella descalifica en la entrevista de Grandeza y decadencia…:   

Hay un Hemingway que llega a España y se dedica a escribir un libro de toros; pero no repara en los matadores porque sabe que no le van a decir nada. Va con los peones, con los picadores, les invita un chato de manzanilla y le cuentan la mar de cuentos que Hemingway toma como sacrosanta verdad. Nada de lo que escribe Hemingway tiene un ápice de verdad; pero una de las cosas que sí recuerdo es que utiliza un lenguaje muy cochino… para eso no se necesita palabras altisonantes, ni esos machismos.

(En torno al papel que asigna Enrique Ponce a escritores que han tratado la fiesta brava “como García Lorca, Ortega y Gasset o Hemingway”, contestó: “Lo que un genio escribe es importante, y a los toreros nos inspira conocer a estas personalidades. Hay poetas y escritores que son buenos aficionados.”)   

Su paisano, Rafael Rodríguez, reveló a Landeros que había visto llorar a los toros “y no le creí, pensé que tal vez se había fumado un churro”; años después, “comprobé que el burel, al sentirse acorralado y herido, suelta lagrimones de dolor e impotencia, y sus mugidos erizan la piel”. La inquietud lo llevó a consultar a un veterinario para saber si lo que había visto “era real o fruto de mi imaginación, a lo que me respondió que era verdad”. El Volcán de Aguascalientes le dio un poema que escribió para publicar:

Toro bravo, toro fiero

[…] Tus ojos fieros de antaño

se han vuelto tiernos y dulces,

y lágrimas van regando

como gotas de rocío

sobre la flor del engaño…

Y aunque Carlos Landeros dejó su ambición de ser buen espada cuando siendo adolescente una vaquilla le hirió el muslo (“como a Teseo al intentar matar al Minotauro”), se volvió “un ferviente aficionado”, llegando a ver torear a Manuel Rodríguez Manolete, Carlos Arruza y Silverio Pérez, El Faraón de Texcoco. Recuerda en su apartado El misterio de la fiesta brava que mientras García Lorca (cantaor de “Los cuatro muleros” y la elegía Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, su amigo torero y dramaturgo) expresó que “la fiesta más culta que existe en el mundo es la brava”, Luis Cernuda afirmó “que no puede aceptar la Historia de la España vivida y escrita por vicarios entusiastas de la muerte (época franquista) y juzga la vida española tan estúpida como su fiesta de los toros”. E incluye la frase del dibujante Vicente Rojo: “La cultura tiene que terminar con la barbarie de la fiesta brava.”

De los cientos de miles de astados que se han sacrificado en el redondel, apenas cuenta alrededor de 400 toreros muertos en la arena de una cornada (“son pocos y, no obstante, la memoria colectiva sólo recuerda unos cuantos”). Al fin, Landeros piensa que las glorias del toreo han quedado atrás y que la muerte de la tauromaquia está casi a la vuelta de la esquina:

“Los defensores de los derechos de los animales exigen que los toros sean respetados como lo que son: seres vivos… Lo cierto es que para acabar con la fiesta en México, no es necesaria su aprobación; son los propios ganaderos, en contubernio con los empresarios y los apoderados de los toreros, quienes están acabando con el espectáculo.

“Los verdaderos aficionados culpan a los matadores españoles… que vienen a México a divertirse toreando novillos y cobrando carretadas de dinero sin vergüenza alguna y, en ocasiones, sin pagar impuestos. Lo más increíble es que esto suceda frente a un público cada vez más villamelón, al que le importa un bledo que lo estafen, con tal de disfrutar una pachanga.”

De ahí que la intención del autor al escribir Grandeza y decadencia de la fiesta brava lleve dedicatoria a “una parte del público taurino actual, que asumiéndose como tal no conoce en realidad nada sobre el tema”.